En mi libretilla

Los sábados en el verano de la Ciudad de México son muy áridos. Puedes pararte en cualquier calle del Centro Histórico y mirar hacia un punto no mayor a cinco metros y verás a las personas como si estuvieran detrás de espejismos o simples ilusiones personales bajo los intensos y secos rayos del sol. A las orillas, donde apenas la sombra da un poco de tregua, los espacios ya se encuentran abarrotados hasta por los pobres perros. Uno, entre no queriendo, busca de manera discreta una apertura aunque sea tantito para que se refresque el coco que parece que es el comal después de un rato en la estufa, más por el cabello de uno: harto, negro y seboso; pero como sea, aquí anda uno: chambeando.

Este sábado me tocó hacer colecta de mercado ¿o era entrevista de mercado? Sepa la bola: el chiste es que aquí ando yo y otro bruto; digo, otro bruto y yo, ya saben que primero los burros. Pues sí, aquí andamos intentando ganarnos el pan de cada día, dependiendo de una bola de culeros, porque pinches chilangos somos bien ojetes: cuando nos toca andar de sábado paseador ni pelamos a los que chambean ¡ah pero! cuando nos toca estar de este lado ahí parecemos perros sin dueño buscando tantita atención para acabar y ya ganarse los centavos.

Espérenme tantito: ese de allá se ve en la pendeja, así todo asoleado y con harto cansancio, voy a aprovechar:

—Buenas tardes ¿me regala diez minutitos? no me tardo: estoy haciendo un cuestionario sobre preferencias en los refrescos— El señor de unos cuarenta o cuarenta y cinco me mira con cara de «hijo de tu…», entonces yo le pongo cara de perro faldero, carita de gato mojado; pa’ que me hago, le puse cara de pobre chacho mendigo sin dinero, mi cara normal, la de todos los días pues.

—Tengo cinco minutos, apúrese y lo ayudo.

—Sale, a ver ¿qué refresco consume más frecuen… frecuen…

—…temente: No consumo refresco, no me gusta.

—Uhmmm— qué se me hace que el viejo mamón me agarró de bajada— Eso no viene en las opciones.

—Ni modo joven, será a la vuelta.

—No, espérese: me prometió cinco minutos y no van ni dos.

—Pero ¿qué me vas a preguntar? a todo le voy a decir que no. Mira, eso que tú estás haciendo se llama estudio de mercado, los grandes empresarios lo hacen para saber qué mercadotecnia les serviría más para llevar a la alza sus ventas, y dado que el capitalismo…

Ahí le paro de escribir porque la neta se tardó un chorro; qué cinco minutos ni que mi pobre abuela, ese vato se apasionó y luego ya no me lo quitaba de encima: quesque los cerdos capitalistas, quesque las trans, trans, bueno unas empresotas… N’ombre ¿ya ven como sí somos bien mamones los chilangos?

Después de 4 horas al fin encontré, al filo de un OTSO un espacio en la medio sobra para sentarme; se sintió bien rico porque el OTSO tiene una cosa que echa aire frío, tons mi espalda lo recibía como gloria. Me senté y levanté tantito mis pies; ya bien hinchados sólo sentí cómo se me desprendían los callos remojados de mis zapatos hediondos y me puse a escribir esto que estoy escribiendo. Estando aquí sentado y viendo a las personas espejismo, me acordé del libro de Camus: El extranjero. Pobre vato, así debió de haberse sentido cuando mató al Árabe: Hasta la madre. Claro, sí leo: Si no leyera ¿cómo escribo? sí me da flojera; pero cuando una historia me atrapa me quedó ahí, así me tarde un año, de pedacito en pedacito; pero la acabo. Por ejemplo, el otro día estaba leyendo una historia de una pobre persona que quería escribir y se puso a escribir, luego empezó bien raro el desenlace porque narró la vida de un vato bien baboso y la neta hasta ahí me quedé, ese sí me dió hueva.

Ya conté las encuestas, ahí están sus chivatas 100 hojas de pura madre, ni sé pa’ qué nos dejan esa chamba si ya saben que a la gente le gusta el choro y siempre me preguntan ¿de qué empresa vienes? y cuando les digo me dicen: «Ponle que todo me gusta de esa» y ya he hecho el experimento que a unos les digo de una y a otros de otra y siempre me contestan lo mismo: «Ponle que todo me gusta de esa»; esa pinche gente, nomás les gusta pura pantalla, puro parapeto.

Chale, ya me chilla la tripa: Tripa, qué rico, unos taquitos de tripa así bien sebocita con su limoncito, cebolla, cilandro y salcita roja: chale, ya tengo harta hambre.

Cerré mi libreta y la puse arriba de mi morralito, me zafé tantito las agujetas para darle cabida a mis pies hinchados y empecé a caminar hacia el metro. Cuando entré me llegó el hornazo, calorón que hacía, hombre; seguí bajando las escaleras sintiendo que el aire se volvía más denso que debajo del agua y más porque un ruido fastidioso, me desconcentraba eso de la respirada: era la máquina de pizzas, el local ese que ya todos sabemos de qué marca son, que son bien ruidosas, más ahí en la estación Zócalo; pero qué ricas se veían, n’ombre y qué ricas olían, si les diré yo: ahí nomás haciendo saliva para engañar al estómago, de todas formas ahorita comía, ya merito llegaba a mi casa y ahí mi madrecita seguro me tendría aunque sea un taco de tortilla, sí dije un taco de tortilla, que con hambre es como balde de agua fresca en sábado de gloria.

Me subí a los vagones y ¡aleluya! había asientos vacíos; me senté en el reservado: total, había hartos. El metro empezó a jalar y ya cuando iba a suspirar que al fin la jornada había terminado, abrí los ojotes como zopilote asustado, como búho de noche: En la madre¿y mi libreta? Me llevé mi mano toda puerca a la boca, ni me acordé que mi jefa siempre me trajo a raya con eso de los microobvios. Ya valió madre, dije en un susurro casi indetectable (más que por una vieja chismosa que se me quedó viendo): N’ombre y yo que quería que cuando

me muriera a esa libreta la hicieran libro y le pusieran Las memorias del baboso y con eso pagaran mi entierro; pero deja eso, eso era un sueño guajiro, ahí traía todos los detalles de mi único viaje al mar allá en Veracruz, ahí traía el cómo fue la emoción desde que me dijeron en la noche que iríamos, tanto que me dormí con el salvavidas puesto, hasta cuando volvíamos al Distrito en el autobús y vi desde la ventana la última puesta de sol de mi último —y probablemente único— día en el mar.

Qué va… ese viaje a Veracruz, como sea estaba morro; no le hace, ahorro un montón y me vuelvo a ir; pero ahí estaba la carta de una novia que quise mucho, chale, me decía que me quería un montón y que siempre estaría conmigo; méndiga, de todas formas me dejó a los tres días: llorando y con su carta en la mano. Entonces igual y eso me vale madres… ¿qué otra cosa tenía? ¡ah, no! me lleva: ahí también tenía un dibujo de una madre y su hijo que me había dado mi jefa, hecho por ella misma; como sea ese día me dio una santa madrina y por eso toda arrepentida me dio su dibujo todo mal coloreado, va a ver ahorita que llegue a la casa se lo voy a recordar, N’ombre, hasta el hambre se me quitó. ¿Ves cómo sí estás bien tarugo? pura tarugada que traías es esa libretita, hasta favor te has de haber hecho: chale.

De pronto ya no aguanté la mirada de la ruca que me veía toda intrigosa como si supiera que se me había perdido la chivata libreta y que aún así me importaba poco; sin embargo, menos mal que se me quedó viendo porque cuando levanté la cara para verla de nuevo, me dí cuenta que ya había llegado al fin de mi recorrido, a sal: salí disparado del asiento, como perro que se escapa de su casa, porque ya sonaba el pitidodel cierre de puertas. Ya recuperado y con más calma cuando revisé mi morralito ahí venía la libreta —tanto drama para nada— renegué mientras me agarraba del cuello, ya se me estaba pasando el coraje cuando siento la mano húmeda y me la veo y estaba toda roja: en la madre, dije, ora’ qué chingados me pas… era pintura, ‘inche vieja me senté en donde había pintura fresca y por eso se me estaba quedando viendo todo el rato: ‘inche vieja, ‘inche vieja ¿ya ven cómo sí somos bien culeros los chilangos?

Jocelyn Oliva. Universitaria de la UNAM, fan de vivir crónicas de barrio y compartirlas tomando café con amigos; después en Spotify, bajo el seudónimo de «Becaria», grabo podcast con los mismos para compartir las charlas. 

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