El camino de la pérdida

Margo Glantz

El rastro

Almadía

México, 2019

176 pp.

‘Tis not that Dying hurts us so –

‘Tis Living – hurts us more –

Emily Dickinson

Recordar la muerte es hacerla nuestra con el pensamiento. La muerte no duele, más bien lo que lastima es lo que se deja atrás: lo que desaparece. El pensamiento da la oportunidad de recrear, por algunos segundos, minutos u horas, el pasado, las personas y los lugares. Esta capacidad humana transforma y sintetiza los valores seleccionados por la memoria para ordenar y clasificar los recuerdos que se tienen, entonces la mente muestra esa selección que el sujeto en cuestión vuelve propios. En la novela El rastro de Margo Glantz, Nora García, la protagonista, explora las memorias que tiene de Juan, su exmarido. Se reconoce el tratamiento narrativo que se realizó para mostrar un flujo de pensamiento constante y firme que evoca a novelas icónicas como El ruido y la furia de William Faulkner y Pedro Páramo de Juan Rulfo. Conocer la psique de la protagonista ayuda en gran medida a que los pensamientos repentinos y desesperados se relacionen con la inquietud de mantener un recuerdo vivo.

A diferencia de obras como Las genealogías y Yo también me acuerdo, El rastro es un punto de inflexión en la obra de Glantz, que deja a un lado esa visión personal –de tintes autobiográficos–, dando paso a una mirada ficcional; sin embargo, la autora remarca valores fijos en sus obras como la repetición y la reflexión de ideas personales que funcionan como motores para generar una consciencia que mira, reconoce y juzga al mundo. Nora se cuestiona constantemente mientras relata lo que sucede en el presente. Utiliza el entierro como puente para contar lo que sucedió con su exesposo y esto la lleva realizar un escrutinio sobre los momentos que compartieron. La narradora responde incógnitas que le surgen al recordar su pasado y al vivir el dolor de la muerte.

El rastro es la huella que deja un acontecimiento, traza el camino de una reacción a una acción. Nora reflexiona la pérdida y lo que conlleva partiendo del presente al pasado. Sus meditaciones la trasladan en todo momento al corazón, pues para ella es el receptáculo de la vida, de una realidad aparte en la cual ese órgano piensa y siente como cerebro humano, porque, más allá de cualquier metáfora, para ella el corazón realmente tiene vida, siente y recuerda. Estos pensamientos están relacionados con una concepción de lo ritual que hace repensar al corazón, la muerte y los funerales.

En varias ocasiones la narradora se cuestiona quién esa través de lo que ha vivido y las preocupaciones que ha generado a partir de ello; en este caso el tema focal para responder la incógnita es el fracaso de su matrimonio, que en diversos planos habla de la fragilidad de la vida y de la dificultad de hacer que las cosas perduren. ¿Puede permanecer lo que ha muerto? Al parecer la memoria, aunque frágil, es casi siempre duradera. Los constantes recuerdos de Juan, entrecortados y mezclados, la llevan a contar y escribir aquello que, en otro tiempo, la hizo sufrir y que ahora, al ser enunciados, parecen perder esa capacidad de hacer doler su corazón. Porque existen cosas que sobreviven a la muerte, cosas que se quedan.

La narración se somete al entorno de la narradora en un supuesto presente en el que mira, de manera casi omnipresente, la cotidianidad de un funeral de pueblo, en donde amigos y desconocidos habitan un ambiente hostil y falso que se vuelve incómodo. Nora se mira en los demás y compara su actitud, de manera que ella se vuelve un punto de partida para comprender el ritual mortuorio. Desde la formalidad más vana, hasta los comentarios sobre el difunto, ella parece mirar y analizar cada comportamiento para presentar un ensayo sobre los funerales y, pareciera, una teoría en torno a la visión de la muerte.

La narradora reconoce al mundo al metaforizarlo, con ello muestra su conocimiento y embellece todo lo que dice; puede hablar desde cómo se sostiene un chelo hasta de la primera cirugía a corazón abierto, pero en todo momento con un lenguaje fluido y cotidiano que genera empatía, así como una relación profunda entre el conocimiento y la realidad existente. Sus hipótesis sobre los últimos días de Juan permiten conocer lo que opinaba de él, lo que vivió y lo honda que puede ser una pérdida. Porque la muerte es tan solo una herida que se abre, un corazón que no se detiene; sin embargo, las despedidas, crueles y meramente hipotéticas, son una rectitud insulsa, cuya finalidad es llorar por la ocasión y no por el difunto, porque Nora observa y retrata con un agudo oído.

Margo Glantz, en El rastro,no deja a un lado esa visión interna y perspicaz que la caracteriza, incluso en algunos momentos es irónica y sarcástica, pero guardando respeto ante el duelo y la muerte. Los pensamientos y las memorias pueden ir desde lo más divertido e interesante, hasta los más tristes y reflexivos. Y es que cabe destacar el ritmo perpetuo e inamovible de la novela, este hace que los diversos temas que presenta sean vistos de manera cotidiana; la narración lleva al lector de manera continua de una reflexión a otra, como si lo meciera, como si midiera el compás de una melodía que en algún momento debe terminar.

Guillermo Vargas (Ciudad de México, 1995). Narrador. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en ffyl, unam. Ha publicado en medios impresos y digitales. Participó en el 9° Curso de Creación Literaria para Jóvenes de la Fundación para las Letras Mexicanas. Twitter: memoo_mx

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