Noctámbulos: Un sueño en tres tiempos.

Siempre que nos traen el menú, en todas las ocasiones menciona lo mismo. “Quisiera  pedir algo distinto, esto se ve rico (señalando una imagen), pero no sé… ¿tú, qué pedirás?”  Sabe perfectamente que será un frappé, una crepa y, estoy completamente segura, de que ella tomará dos o tres cafés americanos, sin azúcar y una rebanada de pastel de  chocolate. No falla.

En efecto, acerté una vez más. La escucho, tiene la particularidad de  hablar de mil cosas a la vez, para finalmente preguntarme “¿por qué te estoy diciendo esto, a qué quería llegar?” Habla como si las palabras la apresuraran para que no se desvanezcan, lo hace de manera desorganizada, como si las buscara en el aire, en las paredes. Ya me he acostumbrado. Ella no se da cuenta, pero el café la hace hablar más rápido de lo normal, la sigo, hace pausas para tomar más café, más rápido, más café, una broma, más café, pregunta de nuevo, “¿qué te decía?, ¡Ah ya!” Llegando a sus conclusiones confusas y perdidas. ¡Me divierte! Yo estoy atenta a cada detalle. Somos tan distintas, pero somos las mejores amigas, aunque los cafés nunca nos alcancen para que podamos platicar todas nuestras aventuras.

Conozco —por sus pláticas— a cada persona que es importante en su vida, sus  sentimientos hacia ellas, qué piensa sobre todas esas personas. Ella… ella es un libro  abierto para mí. Yo soy más reservada, me agrada que no me presione a externarle nada  que yo no desee, sabe que me cuesta trabajo, así que, cuando le platico algo, así haya ocurrido hace tiempo, es entonces cuando se calla, me escucha, y en un tono de voz  suave, comprensivo, me dice, “no pasa nada, no te preocupes, no necesito explicaciones”.

Desde que llegamos no ha parado de hablar. El frío tremendo que hace la obliga a hacer  pausas forzadas mientras tirita. De vez en cuando, volteamos al vidrio que da hacia la  calle, vemos a los transeúntes y continuamos la plática; hay tanto por contar y aún no  hemos ni empezado. Pasan las horas y seguimos en la charla: de su vida, de mi vida, de  sus libros, de mis planes, de nuestras mascotas.

—¿Qué vas a hacer?

—Nada realmente —respondo.

—Cambiemos de escenario, salgamos a caminar—. Acepto. Pedimos la cuenta, la pelea de  siempre. 

—¡Yo pago y te callas! —discuto con ella. 

—¡Cállate! Tú pagaste la vez pasada. 

—¡Mentira, déjame, yo pago! —Y así seguimos largo rato, hasta que, el mesero, cansado, observa la escena y no sabe a quién tomarle el dinero.  

—¡Está bien, yo pago más tarde la comida! —me dice furiosa.

Al salir a la avenida principal, iniciamos la marcha, seguimos platicando lo que quedó  pendiente en el café. Nos rebasa una persona que se acerca corriendo, enmudezco, me  limito a decir monosílabos. 

Grité, pero el viento se llevó el sonido de mis palabras, si no apresuraba mis pasos lo  suficiente, las mujeres se perderían en el tumulto.

—¡Hola! —jadeé, hice una pausa para hablar. Ella, divertida, rio. Se dirigió a su amiga, “te  presento a…”, pero  interrumpió sus palabras, asintiendo con la cabeza como si supiera  quién era yo. Siguió riendo al ver que yo apenas y podía respirar.

—Mucho gusto. ¿Cómo están?

—Bien, ¿Y tú? —Ella hablaba por las dos.

—Me dirijo al museo. Hay una exposición de un pintor que, estoy completamente seguro te  gustará, perdón, les gustará, ¿Vamos?

—Es que no sé.

—¿No sabes qué? Solo di sí o no —le dijo a su amiga.

—No sé —contestó de nueva cuenta. Su rostro reflejaba confusión y angustia.

Finalmente se excusó diciendo que tenía cosas por hacer, quizá en otra ocasión nos  acompañaría, nos dijo. Se despidieron en un largo abrazo. “Cuídate, te llamo más tarde,  no, espera, avisa cuando llegues a tu casa, por favor”. Su amiga asintió nuevamente con  la cabeza ante su petición e hizo un gesto de despedida hacia mí y se alejó de nuestra  vista. 

Caminamos un par de cuadras, insistía en que le dijera a qué exposición nos dirigíamos. “¿Por qué no espera?” Pensé. Hablamos de algunas ideas inconexas sobre filosofía y, de repente, estábamos en nuestro destino. Ni siquiera volteó a verme, entró, entramos. Si los  cuadros se comieran, pues ella se habría comido unos cuantos ese día. En algún punto, creí que había ido solo, yo le hablaba, pero ella no tenía oídos ni ojos para nada ni nadie, salvo para esas pinturas. “¡Ajá!, perdón, ¿me decías?”, respondía automáticamente, tratando  de ser amable, pero estaba absorta ante esas imágenes. Decidí mejor no interrumpir.

La decoración extraña del lugar, parecía la de una película de Lynch; el tiempo se detuvo  en ese sitio, me perdí también, quedé abstraído ante cada lienzo, cada uno me  transportaba al sitio que evocaban. Salí de mi embelesamiento, volteé hacia varias  direcciones, me encontraba solo. “¿A dónde se fue?” Me dije un poco irritado, no me agrada la idea de buscar a nadie, sin embargo la busqué. Recorrí las salas de paredes escarlata, las cortinas de terciopelo negro hacían que fuera muy chocante estar en ese lugar. Comencé a preocuparme, no veía a ninguna persona alrededor. “¿Sería capaz de marcharse?”, dije quedamente para mí. Me sentía más irritado que cuando inicié la búsqueda. Finalmente, la encontré, estaba sola en esa sala, en la que había un solo cuadro, parecía que iba a  meterse en él, cinco centímetros separaban su nariz del mismo, escaneaba cada milímetro, cada detalle, cada textura. Me dijo que quería recordarlo del todo.  

—¿Cuál persona serías?

—¿No te parece obvio? —me respondió arrogantemente sin mirarme.

—No, por eso te pregunto.

—¡Lo sé! Sólo quería fastidiarte. —Se giró hacia mí e hizo una mueca parecida a una sonrisa—. No sé, quizá sería ella, pero no me desagradaría ser el individuo solitario que los observa mientras toma su café, no sé realmente. ¿Y tú?

Le respondí lo mismo, reímos. Seguimos observando el cuadro, a una distancia que se podía apreciar en su totalidad. Permanecimos uno al lado del otro, frente a la belleza inusual de la obra. Desconozco cuánto tiempo transcurrió en ese silencio para nada incómodo. Reaccionamos al escuchar lejanamente una canción, ella la reconoció enseguida, “words disappear, words weren´t  so clear, only echoes passing through the night…” cantó tímidamente, era apenas perceptible lo que decía. Al salir, estaba oscureciendo.

—¡Vamos por un café! Conozco uno muy bueno —me dijo. Sin pensarlo, accedí.  Continuamos nuestra plática de filosofía, la que habíamos pausado por la visita al museo. Al  llegar a la esquina y ver el letrero del café, Phillies, quedé asombrada. —¿Qué clase de broma absurda es esta? —le pregunté. En mi cabeza aún resonaba la  melodía.

—Una muy buena, pero absurdo sería no entrar, ¿no crees?

No podía dejar de reír, él me observaba expectante, yo sentía mucha hilaridad y, al  ingresar a la cafetería, mi risa se volvió aún más jocosa, al percatarme de que había una sola persona en la barra, frente a nosotros, además del camarero.

—Creo que ya sabemos quiénes seríamos, si deseas, puedes ser el hombre —me dijo con  una sonrisa, pero no accedí a serlo. Así que ocupamos los lugares que recrearían  finalmente el cuadro en una realidad alterna, absurda y surrealista.

—¿Cómo sé que es real? —pregunté con curiosidad. 

Él estuvo en silencio por unos instantes, pensando la respuesta que me daría. “Es real porque decidimos creerlo como algo real, la percepción de la realidad es  subjetiva; si tú y yo estamos hablando en este momento, es una realidad que estamos compartiendo, supongo, mas no es la “realidad”. Pero si logramos recordarlo después  de algunos años, podríamos tener una de dos certezas: que habitamos un espacio sincrónicamente y vivimos una misma experiencia (aunque cada uno la recuerde a su  modo) o que, al menos, los dos nos soñamos a la vez en esa misma “realidad”. Cualquiera de las dos explicaciones me parecen sublimes”. Sonreí, me gustó, así que quedé satisfecha con lo que me había dicho.

Fue una noche larga de cafés y confidencias. El amanecer amenazaba con llegar y,  quería atesorar ese instante, de esa noche, de ese absurdo, el cual, deseaba recordar en  cualquier realidad que existiera. Lo miré a los ojos, mientras le decía con lenta y suave  voz:

Somos halcones en la noche

vagando

el crepúsculo nos llama

a contar historias y a soñar con la nada.

Como halcones en la noche

cazamos en silencio

en soledad

obligados al exilio

habitando en las tinieblas

y en la confusión de la existencia.

En el olvido de todos los mundos posibles

buscaremos en la noche

espacios y significados

para desvanecernos finalmente al vacío

al alba 

a la nada. 

Words disappear, words weren´t so clear, only echoes passing through the night…

Mariana Gutiérrez Velázquez es una silaoense nacida en el 84. Con su particular sentido del humor se describe como, “Una hartista de segunda del tercer mundo”. Aunque no se dedica a las letras profesionalmente (por ahora), escribe poemas, reseñas, ensayos, cuentos y algunos expedientes clínicos. Es amante de los libros, el cine, los perros, el café y de un vago.

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