Ariadna

Llegué a esta ciudad huyendo del hastío y del pasado, pero este último me ha seguido como si tuviera un ovillo que lo guiara a través de mi vida. Me mudé al centro de la ciudad, porque yo quería algo diferente al pequeño suburbio en el que había vivido mi infancia.

De niño me imaginaba que vivía en una zona devastada por un accidente nuclear, porque las calles siempre las encontraba vacías y el sonido del viento era lo único que rompía con el silencio. Con muy pocos niños me llegué a topar en aquel huraño hábitat y mis padres apenas me dejaban salir. Entonces yo, resignado, subía a mi habitación para observar la calle principal con la esperanza de encontrar lo que en mi mundo no existía.

En mis días de confinamiento esa calle era mi única esperanza. Día con día se transformaba frente a mis ojos y sustituía mi necesidad de juego. Había días en los que la calle se transformaba en un pueblo abandonado, y días en los que emergía de ella el enorme cuartel general de una organización secreta. Todo quedaba minuciosamente registrado en mi cuaderno de dibujos, y todos los días, sin excepción, había en él un dibujo nuevo. Una vez que finalizaba la historia y quedaba completamente plasmada en el papel, escondía mi libreta y continuaba mis actividades cotidianas.

Ahora me parece gracioso recordar estos escenarios que se habían ido desvaneciendo de mi mente. De no ser por la visita que hice la semana pasada a la que solía ser la casa de mis padres, jamás habría encontrado mi cuaderno de dibujos. Mi madre lo guardó con mucho cariño. Al volver a revisar los dibujos, no pude evitar percatarme de que en la mayoría de ellos los escenarios estaban vacíos. En el cuartel general no había espías ni investigadores, ni en la guerra había soldados, ni en el cementerio fantasmas; de la misma manera que la calle estaba lejos de albergar transeúnte alguno.

Ahora bien, si mis primeras obras carecían de habitantes, se veían compensadas por la gran riqueza de detalles que incluía con respecto al paisaje. En algunos de los escenarios incluso dibujaba la persiana en mi ventana que obstruía parcialmente mi visión y a través de la cual me veía obligado a vislumbrar el mundo. Como no sabía mover la persiana y temía que mis padres se dieran cuenta, bajaba con el dedo una de las tiritas horizontales y asomaba un ojo. 

En contadas ocasiones veía a alguna persona pasar, y casi siempre se trataba de algún vecino que caminaba cabizbajo hasta topar con su destino e introducir la llave en la cerradura. Otras veces encontraba cajas apiladas en una entrada, pista que solía indicar la llegada de un nuevo inquilino al edificio. Por lo general, la gente no se quedaba mucho en el vecindario; pues, aunque era seguro, no había mucho que hacer en él. Mi familia, por supuesto, era la excepción.

Una tarde, en que imaginaba la calle como el escenario de una gran catástrofe, hice un descubrimiento que cambió mi perspectiva. Ese día, al observar las casas del edificio de enfrente, se me apareció un ojo en una de las ventanas. El ojo veía, como yo, detrás de una persiana. Me espanté tanto que di un gran salto y me alejé de inmediato. Al asomarme de nuevo, ya no estaba.

Después de eso pasé semanas sin acercarme a la ventana. Entonces recuerdo que estaba de vacaciones y me aburría demasiado. Por suerte mis padres (probablemente al notar mi aburrimiento) organizaron un viaje a nuestra casa en la playa. En ese momento olvidé todo lo anterior. El resto de las vacaciones fueron perfectas, me la pasé nadando y jugando en la arena. A ciertas horas del día me gustaba salir a dibujar a las aves, el sol o las olas del mar. 

Ese también fue el verano en que mis padres descubrieron mi afición al tropezar con el cuaderno de dibujos, porque en un descuido lo dejé sobre el sillón. Cuando ellos mencionaron su descubrimiento me sentí expuesto y un tanto avergonzado, pero estas sensaciones se esfumaron cuando comenzaron a elogiarme y prometieron inscribirme en una escuela de arte. Aquello me hizo esperar con ansias el regreso a la ciudad.

Llegamos a casa por la tarde y yo aguardaba impaciente a que terminaran de bajar las cosas del auto. Estaba tan cansado que sólo quería llegar a dormir. Entonces, al bajar del auto miré el edificio de enfrente y noté que el ojo había vuelto. Yo estaba al descubierto y el ojo me observaba. Jamás me había sentido tan vulnerable como en ese momento. Un enorme escalofrío recorrió mi cuerpo, y en cuanto papá abrió la puerta corrí a mi habitación para ocultarme debajo de la sábana, imaginando los horrores que podían congregarse detrás de la ventana.

Estas ideas me mantuvieron despierto toda la noche sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo. Pensar en eso me aterraba, pero incluso en mis momentos de mayor aflicción podía confesarme a mí mismo que me resultaba atractiva la idea de descubrir aquel fenómeno detrás de la persiana. La curiosidad no me permitía alejarme salvo por pequeños lapsos. 

Al día siguiente di un vistazo de nuevo, pero el ojo no estaba ahí. El fenómeno me interesaba tanto, que la siguiente semana me la pasé trabajando en un mismo dibujo: el ojo detrás de la persiana. Me di cuenta de que mientras yo observaba el mundo desde la ventana, aquello me observaba a mí. Se me ocurrió que quizá aquel ojo no era el único.

Podría decirse que era víctima de una extraña obsesión. El primer lienzo que pinté fue un edificio enorme lleno de ventanas desde las cuales se asomaban unos ojos enormes. Alrededor del edificio no había más que sombras. Las técnicas dejaban mucho que desear, pero mis profesores quedaron encantados. Hoy conservo este trabajo en mi sala, y sigue despertando la curiosidad de mis colegas cada vez que me visitan. Poco después me olvidé de este episodio. Continué con la elaboración de escenas y mis creaciones fueron muy diversas.

Transcurrió así más o menos un mes hasta el día de la mudanza. Desde mi habitación vi una camioneta llena de cajas, y escuché la voz de una de las vecinas gritando desde el exterior al interior de la casa – ¡Ariadna! ¡Te estoy diciendo que ya te salgas! – . Entonces me percaté de que era esa la casa desde la que había sido observado.

 – ¡Rapidito!–. Una niña de cabello castaño y muy largo salió apresurada de la casa y subió a la camioneta. Reconocí aquella mirada tan familiar, y ella reconoció la mía. Me di cuenta porque cuando la camioneta arrancó ella miró hacia mí y se despidió con la mano, esbozando una sonrisa llena de nostalgia. Ya era demasiado tarde, nunca nos volveríamos a ver. El mundo estaba fuera de mí, y aquella sonrisita estaba ahí para demostrarlo.

Seguí con mis estudios, y trabajando en mis lienzos, hasta que un día me ofrecieron un trabajo como asesor de un importante comprador. Las obras adquiridas se exhibían en una galería. Varios de mis colegas se aglutinaban alrededor del camarero que como un benefactor acababa poco a poco con la sobriedad de los asistentes. Mientras tanto, yo estudiaba minuciosamente los cuadros expuestos, hasta que uno de mis colegas llegó hasta mí para que observara la pintura al final del pasillo, alegando que tenía cierto parecido conmigo. Entonces, debo confesar, yo pensé que el vino le comenzaba a hacer efecto y accedí a ir solo para satisfacer su capricho, pero acabé bastante sorprendido.

Mientras caminaba hacia ella alcancé a vislumbrarla un poco. El escenario me recordaba mucho al de mis pinturas de la infancia. La pintura era de una casa en una calle abandonada. En la casa se mostraba una ventana desde la que un muchacho miraba hacia el frente. En efecto, el muchacho del dibujo tenía cierto parecido conmigo. Y esa era sin lugar a dudas la casa en la que viví en mi infancia. Aquel lugar en el que descubrí mi afinidad por el arte y que ahora parecía retornar a mí de golpe. A un costado de la pintura se impostaba una ficha blanca. Pintura al óleo. Entonces, su nombre.

Katia Ramos. Egresada de la Licenciatura en Letras Hispánicas de la Universidad de Guadalajara. Colaboradora de Otras Poéticas. 

Editorial

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