Todo estará bien

Recibí la llamada de Esperanza. Llegó con treinta días de retraso, sabía que eran malas  noticias. Las malas noticias a diferencia de lo que se cree siempre tardan en llegar. Debía  tomar un vuelo de doce horas y encontrarme con ella. Su voz era distinta, cargaba lágrimas  que en esta ocasión abandonaban a un cuerpo hueco, sin luz y con la frente baja.  

Eliminé todo obstáculo para viajar esa misma noche. No tenía que dar una sola explicación.  Air France cobró lo que quiso, maldije en voz baja mientras aplastaba el nip de la tarjeta de servicio. No documenté. Mi equipaje se reducía a una mochila con la tablet, los cargadores y un ejemplar de “El obsceno pájaro de la noche” en una primera edición que conseguí en una subasta clandestina. La cabina estaba medio llena, suelo ser positivo en casi todo. Me acomodé en el pasillo después que desarmaron los toboganes. Leí dos horas, dormí seis y me hice pendejo el resto del trayecto, no se puede hacer otra cosa en las tripas de un airbus después de ocho largas horas.  

El frío en París quemaba, iba con buen abrigo pero sin guantes y gorro. Tomé un taxi para  llegar al Quartier latin. Una manifestación contra el alza de impuestos retrasó el trayecto y  mi chofer no hablaba inglés. Telefoneé a Esperanza, su voz seguía apagada y decidimos  vernos en su apartamento. Bajé del taxi en un café a unas cuadras cercanas de mi destino,  compré un capuchino. Recordé que años atrás bebíamos en ese mismo lugar cervezas en  medio de un calor apabullante, entre carcajadas y recuerdos de la Sorbona. La beca que  Esperanza y yo obtuvimos para el máster en Literatura Europea fue más una especie de  espejo que ayudó a reflejar nuestro verdadero ser. Los años de noviazgo con Esperanza  realmente eran sueños cumplidos, estábamos ungidos por la buena suerte. 

Toqué su puerta con insistencia infantil. Un departamento por de más conocido, años atrás era la guarida perfecta para los inviernos parisinos y el cubil para un par de jóvenes  enamorados y con planes de tragarse el mundo. Nos atragantamos. Del otro lado de la  puerta luchaban contra la cerradura oxidada. Di un pequeño empujón y apareció el rostro  que tanto amé. Nos dimos la bienvenida con un abrazo largo y cálido. Se apagó el frío que  meses antes sucumbía en mi ser. 

—Pasa, flaco— fueron sus primeras palabras. 

—Hay chocolate caliente— habló mientras secaba sus ojos. 

—Sigue todo en su lugar— mentí mientras la seguía. 

Esperanza vestía de negro. Nos sentamos a beber chocolate en la recamara que en el  pasado utilizamos como estudio, ahora era una especie de sala de meditación.  

—¿Cómo pasó?— pregunté mientras la veía a los ojos. 

—Flaco, todo fue tan rápido, hoy me doy cuenta lo deteriorados que estábamos. Hoy todo  comienza. 

La muerte de Begoña se veía venir, era un tipo extraño y depresivo, amante de las drogas  duras y con guiños suicidas. Esperanza se enamoró de él al poco tiempo de que nuestra relación terminara. Lo conoció en la Sorbona. Me contó sobre los primeros golpes que  recibió de Begoña. Ojos morados, brazos dislocados, patadas, puñetazos, siguió diciendo  que visitaba el hospital cada que el “intelectualoide” no lograba superar su ansiedad. Una  rabia inútil se deslizaba por mi piel. Tomé de la mano a Esperanza, solo escuchaba, no podía  hacer nada más. De sus palabras se notaba que era temor lo que la mantuvo atada estos años.

Me dio detalles del sufrimiento carnal que le provocó Begoña. Mostró sus cicatrices como  dando fe de que sus palabras eran ciertas. Le dije que no era necesario probar nada, que le  creía, siempre le he creído. Su cuerpo se había convertido en una barrera contra la  abstinencia a las drogas, contra la enfermedad mental y la depresión que soportó. De los cuatro intentos de suicidio de Begoña, tres fueron frustrados por Esperanza. De manera estúpida hice preguntas. Las preguntas son inútiles cuando las respuestas lo son también. ¿Por qué soportaste tanto? ¿Por qué no pediste ayuda? ¿Por qué no me buscaste antes de llegar a esto? En tiempo pasado todo se desvanece. 

—¿Cómo fue que murió? Se suicidó ¿cierto?— pregunté, seguro de la respuesta, porque un mes atrás me llamó después de dos años del silencio pactado, para decirme que ella y Begoña estaban mal, que él había intentado morir y que ya no podía detenerlo más. Colgó esa noche y me quedé esperando su llamada… hasta ayer.  

Más tranquila, me dijo que el día que murió habían discutido. Esa noche llegó golpeado del  bar de Iñaki. Estaba drogado y alcoholizado, algo muy común en él. Comenzó a arrojarle cosas e insultarla mientras le desgarraba la pijama. La violó. Aún tenía laceradas sus piernas y moretones por el cuerpo. Su única reacción fue tragar el llanto y comer algo. Él despertó en la madrugada, gritaba como loco, se acercó a la ventana, vomitó y arrancaba sus cabellos. Esperanza se acercó a él para tratar de calmarlo. Lo llevó al baño, lo metió en la tina y lo dejó recostado con agua baja y fría. Al día siguiente la tina era una escena roja, teñida por la sangre escandalosa de las venas abiertas.  

—Llévame contigo, comencemos de nuevo— sus palabras hicieron eco en mí. Esperanza se levantó y fue por un par de aspirinas a la cocina. Tomó un cuchillo enorme, mientras lo empuñaba me dijo:

—Yo lo maté, tenía que hacerlo— dijo y comenzó a reír. Un escalofrío se apoderó de mi cuerpo, la abracé. Nos besamos como cuando todo empezó entre nosotros.  

Camino al aeropuerto hicimos una parada en el bar de Iñaki a las orillas del Sena. Bebimos  cerveza como en los viejos tiempos. Me confesó que aquella noche estando Begoña  inconsciente en la tina, recordó lo que nos alejó, mientras cercenaba las venas de su  némesis. Esta ocasión todo sería distinto. Antes de pedir la cuenta me dijo al oído en voz  baja:

—Ahora todo será diferente, flaco, los muertos no hacen daño y tú tampoco. 

Mario Arturo Corona Guillén. Escritor de tiempo incompleto nacido en el pacífico mexicano. Escribo para no implosionar. La poesía y la narrativa son una obsesión controlada. He publicado de forma desordenada en un blog personal. Desde hace un par de años tengo una cuenta en Instagram donde comparto algunas lecturas. Me exilié en la CDMX desde el 2010.

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