Dani y el león

Dani había recibido su piñata una semana antes de su fiesta de cumpleaños. Su abuelo se la había ido a comprar a un mercado por el centro de la ciudad. Era una piñata en forma de león. El amarillo canario armonizaba con los marrones de la enorme melena de papel crepé, y los ojos de cartulina blanca parecían tener vida propia por el resplandor que les daba la diamantina transparente. Esa definitivamente era la piñata más bonita que había visto Dani. 

   Un día Dani se despertó en la noche al baño y notó que una sombra recorría la sala, sintió un escalofrío, volteó a todos lados pero no encontró nada, nada más que un pedazo de papel china amarillo canario sobre la duela del piso. Pensó que seguramente el viento habría transportado ese cacho de papel hasta ahí. Pero algo dentro de sus ojos verde miel le decía que no era el viento, que había algo más viviendo con él en ese departamento, algo que no estaba ayer y que seguramente no se iría. 

   Dani vivía en un departamento de la colonia Narvarte, pero su edificio no era como los otros, o al menos él pensaba eso. Al abrirse las puertas de herrería pintada y cristales antirreflejantes uno se encontraba con unos murales de temas espaciales. En ese largo corredor hasta el plafón estaba pintado. Era una especie de paisaje marciano con planetas amarillos y lunas multicolores flotando en la pared. Los habitantes del edificio también eran un poco extraños, a Dani le gustaba pensar que cada departamento era habitado por criaturas espaciales, estaba la señora que no podía vivir bajo la luz del sol, los que lograban aventar muebles con el pensamiento, los seres diminutos de los cuartos de servicio, y él. No era raro que algo se hubiera colado dentro de la piñata para vivir en el departamento más bonito del edificio. 

   Aún faltaban algunos días para el cumpleaños de Dani, el león amarillo brillaba bajo el rayo del sol que entraba por la ventana frontal de la sala. Los papás de Dani comenzaban a apilar todos los requerimientos de la fiesta al lado de la piñata, los dulces, los juguetes que se le iban a regalar a los invitados, los conos de helado, y los vasitos horribles de gelatina que no pueden faltar en ninguna fiesta infantil mexicana. Todo ese montón de colores dibujaban una ofrenda al león de cartón, algo que sin querer le daba aún más poder sobre el espacio. Todo parecía acomodado para que la fiera se alimentara como un Ganesh, como un Buda; como un Cristo la piñata tomaba fuerza de lo que yacía a sus pies. Y mientras, Dani lo veía desde el largo sillón rosado de la sala. Lo observaba a ver si se movía, sus pupilas rodeadas del ojo miel verde se dilataban al pasar de las horas. 

La piñata nunca se movió, pero el recuerdo de esa sensación persiguió a Dani hasta el día de la fiesta. 

    Cuando llegó el momento de trasladar todo al salón de fiestas ocurrió algo extraño. El papá de Dani bajó todo a su auto y se fue a dejarlo al recinto donde esperaban a los invitados. Se llevó todo menos al león. Karla, la mamá de Dani era la encargada de llevarse la piñata, el cuchillo para pastel, y a Dani ya bien arregladito con su traje de conejo. Cuando el niño salió de su cuarto todo envuelto en felpa gris y con sus bigotitos pintados Karla le dijo algo que le pareció inquietante, tanto que por un momento dudó si seguir con su día de fiesta o regresar a su habitación y encerrarse ahí todo el día. 

—Mi amor, ven a ayudarme con la piñata, pensé que tu papá la había dejado vacía pero ya le metió todas las cosas, no puedo yo sola, está muy pesada, ven mi amor ayúdame por favor.

    Dani se acercó temeroso, agarró al león por las patas y pareció escuchar una especie de gruñido. En efecto, la piñata estaba muy pesada, tanto que sólo pudieron mover unos centímetros a la bestia de cartón y papel. Karla y Daniel decidieron pedirle prestado un diablito de carga a los encargados del café que está en la planta baja del edificio. Afortunadamente uno de los baristas subió a ayudar a Karla. Dani sólo veía con miedo cómo arrastraban al león por la duela del departamento y luego ya en el diablito por el mosaico del piso del edificio. Por un momento Karla pensó en aventar la piñata y dejarla ahí en las escaleras de lo mucho que les costaba bajar el diablito por los escalones. 

    Para cuando llegaron al auto de Karla, el barista ya le había ido a pedir ayuda a su otro compañero para subir la piñata a la cajuela. Lo inesperado ocurrió frente al edificio, con las puertas de herrería abiertas y con los murales espaciales de fondo. La piñata se le resbaló de las manos a Karla y a los dos baristas. Cuando el león cayó al suelo se escuchó un golpe hueco y seco sobre el asfalto de Avenida Universidad. Un silencio paralizó los corazones de todos los presentes mientras Dani se agarraba su pancita afelpada con ganas de vomitar. El amarillo brillante de la piñata comenzó a tornarse naranja y luego rojo hasta humedecer el papel y crear un pequeño charco de espesa sangre maloliente. Todos permanecían estupefactos antes tal escena. Nadie podía hablar. Karla sacó el cuchillo para pastel que traía en su bolsa y lo encajó en la piñata, sintió el corte del cartón y luego de la carne, hasta que algo tocó con algo duro, un hueso quizá. La posible presencia de un enano encerrado en la piñata, de un animal, o de un niño recorrió el pensamiento de Karla toda su vida. El cuchillo permaneció encajado en el león mitad amarillo mitad rojo mientras la madre de Dani le tapaba los ojos al pequeño niño de ojos miel vestido de conejo. La policía nunca atendió el llamado de auxilio de los baristas y de Karla. 

Luis Olaf del Lago. Estudió la carrera de Letras Modernas Francesas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde también cursó una maestría en la misma especialidad. Actualmente se desempeña como docente y cursa el Doctorado en Letras dentro de la institución antes mencionada. Es autor del libro de cuentos «Cal Viva» de editorial Mastodonte, y cuenta con algunas publicaciones de poesía. 

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