El umbral de la ausencia

Una palabra que puedas pronunciar

en silencio y vencido

y su eco sea tu nombre.

Óscar Paúl Castro

*

¿Será mientras voy caminando por la calle? O quizá de regreso de la escuela, tomando la mano de mi hija, ella comenzará a gritar, confundida. Hay claro, opciones con resultados más espectaculares, por ejemplo, que me suceda mientras bajo unas escaleras pronunciadas, como aquella vez, pero sin nadie que me ayude; o mientras espero el vagón del metro justo en la línea amarilla. Pensarán que exagero, pero no. Lo cierto es que de un tiempo acá mi umbral se va empequeñeciendo. 

Voy a decirlo varias veces, umbral, umbral, umbral. Es como un mantra. Algo que cobija. Una palabra bella en esa forma de juntarse los labios. Palabras bellas que se asocian con el dolor. En mi caso con la convulsión.

Yo soy de esas epilépticas que siempre, hasta hace no mucho, había podido prever una convulsión y de alguna manera guarecerse para sobrellevarla de la mejor manera. Me tomaba la molestia de avisar a quien tuviera a un lado: Disculpa, pero me voy a desmayar. Jamás decía: disculpa, pero me va a dar un ataque, estoy que convulsiono. Desmayar me gusta más. Aunque sea falso. 

Y si tenía la delicadeza de avisar era, precisamente, gracias al umbral. 

Iniciaba con algo sencillo: un cosquilleo de pies que iba subiendo de a poco hasta llegar a mis manos a la vez que en mi cabeza estallaba una migraña, una sensibilidad a las luces, sobre todo a la roja. Luces como rayos incandescentes.

El cosquilleo en las manos hacía que dedos pulgares buscaran pegarse a las palmas con firmeza y uniformidad. Mis brazos tomaban la ridícula posición de vampiro en sarcófago, sí, ridícula pero lacerante, y es así como la rigidez me deshace el cuerpo. Ese saludo casi militar de brazos, como si delante de mí una bandera caleidoscópica, la del dolor, se blandiera y ordenara a mis neuronas a confundirse haciéndolas mandar impulsos eléctricos igual que si tragaran una estrellita de Mario Bross. Mil impulsos que lastiman en su confusión, moliendo el cuerpo, astillando. Dejando las vísceras sueltas, lágrimas vaciándose de unos ojos que no ven. 

Cuando viví en Acapulco solía visitar un anfiteatro construido frente al mar en la zona centro del puerto. Se llama Sinfonía, es una mezcla de orines, cerveza y mota. Ahí solíamos ir a fumar en lo más alto de las escaleras, mirando hacia el mar, con la ilusión de descubrir o alucinar una ballena. 

Una noche, tras fumar, el cosquilleo rápido, de arroz filoso que trepa y se confunde en la sangre. Oye, ven, que me voy a desmayar. Él llegó justo para tomarme y evitar que rodara escaleras abajo. Lo siguiente que recuerdo son sonidos, voces, y dolor, por supuesto. Él me aseguró que mantuve los ojos bien abiertos. No vi nada. No es la primera persona que me dice que al convulsionar tengo los ojos abiertos. Pero nada, no hay imágenes, no veo o no recuerdo ver.

Existen varios factores que ocasionan ceguera temporal: lupus, diabetes, esclerosis, lesiones cerebrales, desprendimiento de retina, falta de irrigación sanguínea. No hay información respecto a ceguera por epilepsia. 

Recuerdo una de mis películas favoritas de mi muy favorito Ricardo Darín. El Aura (2005), en la que interpreta a un taxidermista solitario, con gran imaginación y además epiléptico. Se llama Esteban. El umbral aquí es llamado como la cinta, Aura. Nombre hermoso para nombrar un espacio límbico de malestar que antecede al infierno. El caso es que esa aura le advierte a Esteban de la inminente venida de un episodio convulsivo ¿cómo? Bueno, una sensación de extrañeza, las articulaciones y su volverse piedra en derrumbe, estrechez de campo visual hasta que termina por desplomarse, arquear la columna que no quiere, que se niega a recibir esa información de energía excesiva, se consume a sí misma. Nada más parecido al universo y su violencia. El cuerpo cae, ciego. Dentro de sí. Somos por un instante un agujero negro.

 A diferencia de mí, Esteban se recupera a los pocos minutos, aunque no los suficientes para evitar alguna que otra desgracia, confundido, aturdido también pero intacto. Yo en cambio necesito un par de días como mínimo para recuperar mi motricidad normal, para que mis entrañas se restablezcan, y las miclonías, paroxismos de peces, vayan desapareciendo. 

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Espasmos, spasmus, es una contracción involuntaria. Miclonías. Convulsión, contracción. Reducirse. Empequeñecerse. Encogerse. Contractio. Dejar de ser al comprimirse. Desaparecer, dejar de ver, de verse. Adolecer.

Comencé a tomar Valproato de Magnesio hace más de diez años. Antes de eso, estuve sin tratamiento. Solo dejaba que pasaran. Soportaba el desaparecer, el perder la vista. Después leí que la epilepsia puede provocar daños cognitivos, pérdida de memoria, sin contar los daños físicos sufridos por alguna caída. Entonces tuve miedo. No quería romperme la nariz, tener problemas de lenguaje, no recordar algo. 

El Valproato se compra sin receta, es un anti convulsionante muy popular. También ayuda a regular el estado de ánimo. No sé bien qué significa esto, yo suelo mezclarlo con fluoxetina. Aunque nadie me haya dicho que debía hacerlo. Cuando me embaracé suspendí el tratamiento. 

*

Una epiléptica no debía embarazarse. 

Eso era lo que sentía cuando le decía a cada enfermera, matrona o médico sobre mi enfermedad. Alzaban la vista, me miraban con reprobación. La gestación de una epiléptica es cosa compleja. Puedes convulsionar más a menudo, puedes tener hemorragias, el bebé corre riesgo de tener daños neuronales, nacer muerto, cómo se te ocurre, desarrollar algún trastorno neuronal. Qué insensatez la de esta mujer. Nacerá muerto. Otro loco más. 

Cuando ingresé al hospital dejaron en mi velador una especie de protector bucal. Supongo que pensaron que podía morderme la lengua. Me resultaba humillante. No, jamás me he mordido nada. Tampoco he tirado espuma por la boca como me han preguntado algunos. Pero sí he perdido el control del esfínter, por lo que se considera que tengo crisis tonicoclónicas, dentro del espectro epiléptico, las más agresivas. 

El 5 de julio del 2012 nació mi hija, por cesárea. Pesó 2400 gr midió 51 cm. Perfectamente sana. Yo la llamé Siari, él la llamó Nikita.

Mi hija nació con hiperlaxitud infantil. Es decir, era muy elástica. Tanto que podía llevar el dedo pulgar del pie hasta los inicios de la tibia. Algo honestamente poco atractivo de ver. Sobre todo, porque lo hacía cuando montaba en cólera. Una y otra vez, como un pie ala. Asustados, algunos familiares sugirieron ver a un especialista, podía ser pie bot. Se equivocaban. El pie bot es una deformidad que obliga a los pies a ir hacia dentro, curveándolos, impidiendo una posición normal. Mi hija llevaba sus pies hacia delante, hacía encima de su tibia y los volvía a regresar. Aleteaba con ellos. 

Entendiendo que sea perturbador imaginarlo. Lo común es llevar el pie al otro extremo, en punta, hacia afuera. No, no lo común: lo estético, lo virtuoso. A mí no me sorprendía del todo que mi hija tuviera esa condición. Cuando convulsiono mis pies toman la forma de una bailarina de ballet. Mi madre detestaba verlos, pensaba que me dolía, que no era posible estar acostada y tocar con los dedos el piso arqueando todo el empeine. Fracturas, esguinces, piel reventada, eso era lo que pasaba por su cabeza. Yo por el contrario siempre me he sentido una bailarina desperdiciada. Mi arco es muy pronunciado, mi flexibilidad es alta, mi talón de Aquiles es fuerte. Las convulsiones se encargaron de generar resistencia y elongación en esa posición poco natural. Incluso cuando me siento cansada suelo flectar de esa manera los pies, me relaja.

*

Conocí la danza butoh en el año 2006. Varios aspectos de ella me sedujeron. Uno: no era necesario tener una formación dancística desde la infancia. Tampoco parecer bello y encantador en el escenario. Nada de tules, zapatillas especiales. Los movimientos eran más bien incómodos en todos los sentidos, atrevidos, grotescos, dislocados. Me obsesioné un poco. Investigué sobre Hijikata y Onho. Tomé talleres con Ko Murobushi. La practiqué. La memoria corporal de mi enfermedad me ayudaba a comprenderme. De alguna manera podía controlarla. El padre de mi hija en ese entonces era butohka y en una de sus obras recreaba un episodio cataléptico. Para mí una mezcla de fascinación y repulsión. 

*

De haber vivido en la antigüedad es probable que me considerarán poseída por algún demonio o víctima de un castigo divino. Mujer y epiléptica. La fórmula insuperable para haber terminado en un sanatorio, exorcizada o con lobotomía. En la antigua Babilonia y aún en la edad media la epilepsia era considerada, al igual que la lepra, una enfermedad vergonzosa. Leprosos, dementes, suicidas, epilépticos y otros indeseables no eran lavados al morir y solían ser enterrados boca abajo. Francisco Hernández escribió “Más vale incinerar al epiléptico. Su esqueleto podría poner a temblar a los gusanos”. Epilepsia, enfermedad detestable. Yo prefiero el término antashube, enfermedad de las caídas. O volviendo al poeta: enfermedad de las breves ausencias. 

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Una de las prácticas primitivas más terribles que se utilizaron para tratar la epilepsia es la trepanación. Consiste en hacer un agujero en el cráneo. Correcto, perforar el cráneo. Volvernos cíclopes sin ojo. Horadar el hueso para liberar de esa prisión al cerebro. Para que quizá algunos demonios tuvieran libertad. Vamos destapando la caja de pandora. 

“En 1970, Amanda Feilding, una inglesa de 27 años, se hizo a sí misma un agujero en la zona frontal de la cabeza con la ayuda de un torno eléctrico de dentista. El orificio craneal le permitiría alcanzar un nivel de conciencia superior”. Así inicia un artículo El misterio de la trepanación publicado en la revista Muy interesante (sí, a veces la leo y no me avergüenza). Más adelante explica cómo algunas personas practican la trepanación como medio de alcanzar el nirvana, expandir la conciencia. Y cómo la señorita Feilding se convirtió en una activista que lucha para que esta operación se realice en el sector público y de manera gratuita. En lo personal prefiero mis demonios conmigo, liberarlos cuando deseo. 

*

Voy a volver al umbral, mejor dicho, a desvanecerse. A esa manera que de a poco voy perdiendo los segundos de resguardo, el irse algo inexplicable dejándome doblemente huérfana.  El desandar.  Mi amigo, el poeta Paúl Castro escribió:

No es la sangre sino el tiempo
lo que calla aquí y termina.

Entonces, solos, frente a un muro
―que es un espejo y una sombra-
desandar el camino.

Nada nos queda, salvo una palabra.

Una palabra como un hilo para volver
cuando el amor convierte la noche
en laberinto.


No, él no sabía de mi epilepsia, pero encontraba en mí- y yo en él- ese no lugar de incertidumbre en el que continuamente hacemos equilibrio. Hilo del cual caigo de tanto en tanto. Suelo duro. Tierra al fin. Convocar los rostros del olvido. ¿Será eso, una ceguera por los rostros? ¿Un olvido premeditado? ¿Un caerse cuando no queda nada? Es probable que siga buscando esa palabra, aquella salga cuando el umbral, cuando el aura, se acorta, me contrae, una palabra que detenga todo y que, vencida, me permita ver.

Viridiana Carrillo. Estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad Autónoma de Sinaloa. Ha colaborado en las antologías Álbum Negro y La espina es la flor de la nada. Es autora de Antes del juego.

Editorial

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