Los más tiernos clientes o de cómo se contrae el coronavirus

Llegamos a la Central de Autobuses de Puebla a las 3 de la madrugada del lunes. Habíamos optado por ese día y hora para minimizar el riesgo de toparnos con grandes grupos de viajantes en la terminal, así como para tener la certeza de que el número de pasajeros que vendrían con nosotros en el autobús desde León sería el mínimo: pandemia o no, la gente prefiere que el inicio de semana lo pille en su casa durmiendo.

Desde que habíamos tomado nuestro primer autobus en Guanajuato hasta el taxi final que nos depositó en lo que sería nuestra nueva casa a casi 170 kilómetros de distancia, Mariana y yo observamos un estricto protocolo de seguridad para minimizar el riesgo de contagio: cubrebocas, caretas, guantes, desinfectante, etcétera. Habíamos apostado por la asepsia más puntillosa y nos mantuvimos deliberadamente alejados de cualesquiera lugares mal ventilados, reuniones donde alguno de los asistentes se negara a seguir las medidas de higiene, y aun con aquellas personas con las que fue necesario encontrarse incidentalmente para entregar llaves y otros menesteres todo pareció marchar sobre ruedas. Si bien la consigna federal para evitar los contagios era quedarse en casa, el tener que abandonar esta para cumplir con otra obligación legal era algo que íbamos a hacer con los más altos estándares de seguridad e higiene.

Sin embargo, no bien acabábamos de llegar a Puebla cuando Mariana comenzó con síntomas sospechosos de coronavirus y mi salud comenzó a deteriorarse dos días después. Algo habíamos hecho mal y la pregunta era ¿qué?

Desafortunadamente el cuadro de la enfermedad se presta mal al espíritu detectivesco: en mi caso inició con fiebre, dolor de ojos y cuerpo cortado. Una verdadera tragedia que me imposibilitó no solo seguir con los cotejos propios de mis obligaciones editoriales, sino leer por gusto. ¡Claro!, cualquier prohibición me parecía poca ante la amenaza de los síntomas más severos: tos e insuficiencia respiratoria. A partir de aquí el oxímetro se volvió confidente. «La fatiga crónica que los relatos de las pacientes han asociado con este mal tiene su origen ―me decía circunspecto el médico que nos atendía, enfermo también él de Covid-19― en problemas de oxigenación». De este modo, monitorear ésta con frecuencia se volvió uno más de nuestros deberes maritales, tal vez el más importante hasta ahora.

―Oiga doctor, ¿y podemos tener actividad sexual o de plano no nos lo recomienda? ―No olvidemos que todo este cuadro nos había sorprendido a media luna de miel.

―Ambos están muy deshidratados y su frecuencia respiratoria acelerada contribuye a esto. Necesitarían hidratarse muy bien antes de enfrascarse en cualquier actividad física fuera de lo común ―dijo con un tono paternalista y circunspecto―. Yo les recomendaría esperar.

La espera, aconsejada por prescripción médica o no, es lo peor ante cualquier enfermedad. Más aún cuando en esta sintomatología de posible coronavirus esta podía ser la antesala de la insuficiencia respiratoria en pacientes con comorbilidades como nosotros.

Esperar a que la saturación de oxígeno disminuyera por debajo de 94 o a que la tos seca apareciera para arrebatarme el sueño era no saber si uno tenía el boleto premiado en la rifa del tigre. Finalmente en el día 5 de los 15 que estaríamos bajo observación ocurrieron cambios significativos: Mariana perdió el olfato y, por consiguiente, el sentido del gusto, y yo empecé con diarrea. Mi cuadro de deshidratación se agravó.

Imposibilitado de leer recordaba a Antoine de Saint-Exupéry y sus sufrimientos en medio del desierto. Noche tras noche despertaba a las 2 de la madrugada con la boca y la garganta secas como si me hubiera comido un puñado de aserrín. Tenía ganas de estrangular al primero que se me apareciera pidiéndome que le dibujara un cordero.

Afortunadamente en los días siguientes los medicamentos controlaron la diarrea y la fiebre, sin embargo aún no éramos candidatos a hacernos la prueba en el sector salud por «no presentar síntomas graves» (?). Nuestro médico estaba seguro del diagnóstico y aquellas personas que en Guanajuato habían estado en contacto con nosotros (y que habían salido «positivos» al realizarse algún tipo de prueba) nos señalaban como vértice de su red de contagio. La pregunta seguía siendo: si todo lo que había estado bajo nuestro control no había fallado, entonces ¿qué había salido mal?

Para el día 7 mi condición era muy mala: tenía dolores de cabeza constantes, anorexia, deshidratación generalizada, cuerpo cortado y ataques de fiebre. Durante los próximos días estuve a punto de dormir con suero ante mi marcada incapacidad por hidratarme. Bajé mucho de peso y Mariana, para animarme, me aseguraba que me parecía «a Roberto Bolaño antes de morir».

―No sé cómo eso podría animarme, carajo.

―Velo por el lado de todos los que odian a los infrarrealistas ―me dijo―. Siempre que muere un miembro de la contracultura venida a más en la siguiente generación, un miembro de la nueva contracultura se alegra.

Seguía sin entender y temí que mi laxitud para tomarle la temperatura periódicamente empezara a manifestar sus efectos adversos. Sin embargo, nada se parecía a los efectos que la anorexia empezaba a revelar sobre mi persona y que era capaz de atestiguar cada que me veía al espejo en el baño. Como si esto no fuera suficiente, mi voz se había adelgazado hasta convertirse en un todo pastoso que se fatigaba después de unas cuantas palabras y seguramente ahora ―pensaba con las pocas ganas que me quedaban― me veía ¡y oía…! como un muerto fresco. Únicamente tenía fuerzas para desayunar e iba perdiéndolas conforme se acercaba la noche. Cuando ésta caía no tenía antojo de nada: acaso un atole o medio sándwich de aguacate. Los tacos era mejor ni mencionarlos. Fue cuando llegué a este estadio que ratifiqué mi condición absolutamente miserable.

Mientras nuestro doctor nos explicaba que me encontraba en la ventana crítica de los síntomas (días 8-12) y Mariana estaba a punto de ser dada de alta, ella hiló quién la había contagiado: la única persona a la que había abrazado sin cubrebocas en su periplo por las oficinas donde debía dejar todo en orden para poder mudarnos juntos a Puebla. Una de las hijas de una compañera de trabajo que había tenido la enfermedad a principios de abril del 2020 y cuyos críos se manifestarían como completamente asintomáticos en los meses posteriores.

«Alicia en el País de las Pesadillas» ―pensé―. ¿Cómo es posible que una criatura de 9 años que espera inocentemente a que te quites el cubrebocas para preguntarte si puede darte un abrazo haya causado todo esto? ―le dije al médico―. Es diabólico.

―No lo sé, pero todo esto me ha dado una idea para que no dejes de comer: empieza a alimentarte con comida para bebé de tercera etapa. Carne y pollo con vegetales y pasta deberán ayudarte. Hidrátate con juguitos infantiles y si no te revuelve el estómago, suero oral.

Después de empezar la última parte de mi recuperación de mano de las papillas ―y anodado por las consecuencias que un abrazo (¿inocente?) había tenido en mi vida―, solo podía preguntarme por qué no había alimento de segunda etapa sabor tamal de rajas. ¿Qué les costaba a los grandes consorcios de comida infantil hacer un puré de chilaquiles rojos con aguacate, crema y queso? ¿O empezar a acostumbrar sus inocentes paladares al sabor del pollo estilo Sinaloa? Si sus más tiernos clientes estaban contribuyendo a que se extendiera esta enfermedad de esta manera, al menos ellos podrían paliar la situación con los grandes remedios ¿no?


Francisco Barrios. Cursó estudios de filosofía y matemáticas antes de dedicarse de lleno a la edición, la docencia y a la escritura. Como editor trabajó en el F.C.E. bajo la tutela de Alí Chumacero, y en la Dirección General de Publicaciones de la UNAM tuvo por tutor a Tomás Segovia. En su labor como poeta formó parte del grupo «Flor de polvo» alrededor de Porfirio García Trejo, y como cronista fue colaborador de la sección cultural de El Universal bajo la dirección de Paco Ignacio Taibo I. Su trabajo autoral ha aparecido en diversas antologías, así como varias publicaciones físicas y electrónicas de México y el extranjero. Le gustan los perros, la novela negra y las sopas instantáneas.

Editorial

Un comentario sobre “Los más tiernos clientes o de cómo se contrae el coronavirus

Deja un comentario