Experiencia mística

El techo de mi celda estalló.

Vi la cabeza de Dios en el cielo estrellado.

Me sorprendió descubrir que el Señor tiene astas.

Me pareció lógico que si el diablo tiene cuernos de carnero 

(una bestia maligna),

Dios tuviera una cornamenta de ciervo 

(un animal piadoso).

Las astas del Señor llegaban hasta el cosmos.

Había pecadores empalados 

en cada uno de los cientos de miles de filosas puntas.

Las astas divinas también estaban adornadas

por millares de individuos que habían sido colgados del cuello,

y se mecían de un lado a otro,

como Judas del aire,

como Iscariotes siderales.

Los ojos de Dios tenían decenas de colmillos brutales alrededor,

porque los ojos del Señor también son fauces.

En el fondo de los ojos de Dios

había miles de ancianos, mujeres y niños hechos pedazos,

porque los ojos del Señor también son abismos.

En las pupilas de los ojos de Dios

cabalgaban cientos de hombres con armaduras

que se iban sacando las tripas unos a otros,

porque los ojos del Señor también son guerra.

Cuando Dios decía la palabra lumbre,

su boca se convertía en un incendio.

Cuando Dios decía la palabra loco,

su boca se convertía en un manicomio.

Cuando Dios dijo mi nombre,

su boca se trasformó en el infierno.

Entonces supe que era yo un pecador terrible.

Desde entonces no he parado de rezar

y azotarme las manos con un Cristo de plata.

Las costras de sangre han formado un par de guantes

que me hacen sentir cada vez más cerca de la redención.



Alejandro Paniagua Anguiano. Narrador y poeta. Fue becario del FONCA, en el género de cuento (2007). Obtuvo el Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano (2009), el Concurso Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés (2015) y el primer lugar en el Concurso Universitario de Poesía Cuautepec (2016). En 2016 fue Mención Honorífica del Premio Lipp de Novela. Ha publicado los libros “E” sin acento (2010), Los Demonios de la sangre(Paraíso Perdido, 2019) y el poemario: Tatuajes de un mexicano herido (Fá Editorial, 2018).

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