Continuar el legado familiar

Cuando llegaba el fin de año o el primer viernes de marzo, yo siendo muy niño, escuchaba a las mujeres de mi familia, principalmente a mi abuela, hablar sobre ir a la playa y al río a hacer lo de los baños. Yo no sabía muy bien qué era, pero sospechaba que tenía que ver con todo eso con lo que mi abuela practicaba en un cuartucho blanco al fondo del patio, en el que yo hacía todas las tardes dominadas con el balón, y al que los mayores de la familia llamaban El Cuarto de la Brujería.

Recuerdo que cuando hablaban de ir a lo de los baños, yo les pedía ir. Por supuesto que siempre me respondían con negativas. Estás muy chico, a lo mejor cuando crezcas porque puedes recoger algo malo.

El tiempo pasó y crecí. Las mujeres mayores de mi familia ya murieron. Y debí tener, casi treinta años, para ir por primera vez.

Foto por: Moisés Blanco

Los baños es un ritual —según dice mi familia traídos por mi bisabuela desde Cuba— que se realiza muy temprano, justo cuando las energías positivas de la naturaleza están en lo más alto. El ritual tiene la finalidad de limpiar las malas energías que caen sobre nuestro cuerpo por el natural contacto con otras personas en la tierra.

El ritual comienza en la playa. Ahí me limpié el cuerpo con azúcar y un huevo —que terminé estrellando en el suelo—. También me zambullí con un grano enorme de sal en la mano izquierda que momentos antes, también, froté en mi piel, para, al final, aventarlo hacia el mar ubicado detrás de mi espalda.

Continúa en el río. Allí mi madre me talló con un ramito de manzanilla mientras me conjuró oraciones de protección y sanación. Siempre con un limón en la mano izquierda que terminé aventando de la misma forma que el grano de sal. Siempre pidiendo en voz baja deseos conjurados en el silencio del pensamiento a ojos cerrados.

Momentos después me enjuagué con agua de pozo mezclada con agua de rosa y otro mejunje verde, un secreto familiar para la abundancia que mi abuela solía preparar en unos tambos enormes.

El final del ritual es sahumarse. Usar el humo mezclado del almizcle, el carbón y la piedra lumbre para soltar los últimos residuos de las malas energías.  Todo con la intención de que los cuatro elementos —agua, tierra, aire y fuego—entren en contacto contigo y te revitalicen.  

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Foto por: Larissa Karenina

Mi abuela Maru murió hace más de quince años.  Los mismos años que en casa nos privamos de sus grandes fiestas en el patio con marimba, grupo de salsa y mariachi. Fiestas a las que llegaban decenas de sus amigos empresarios y obreros que solía conocer en las cantinas y que llenaban la pista y gozaban al ritmo de salsa y cumbia.

Los mismos años en que Lágrimas Negras y El Manicero, sus dos canciones favoritas, se volvieron para nosotros un himno familiar. Canciones que, en muchas ocasiones de la rumba o nuestras pláticas familiares, nos hacían recordar su gran temple y sabiduría.

Mi abuela Maru no sólo fue una mujer muy sabia que podía anticipar cosas que iban a suceder, fue una mujer que rompió estereotipos en su tiempo. Sin importarle haberse criado en buena cuna forjada por un padre Almirante de la naval, ella gozó la vida siendo rumbera y usual asistente de las cantinas a la hora del baile y la botana, en un tiempo que era mal visto que las mujeres fueran allí; además la palabra poliamor no se había popularizado y ella lo practicaba teniendo un montonal de novios a los que les informaba, para que no hubiera malentendidos, que ella no era de nadie. Uno para el gusto. Uno para el gasto. Otro para el baile, decía. También era bruja. Espirita para ser exactos como se le conoce en ese mundo místico de trabajitos y creencias. Era de las mejores y lo digo no porque sea mi abuela: fui testigo de sus largas temporadas fuera del puerto, en lugares donde la mandaban a traer con avión y hospedaje pagado, lugares como Salina Cruz, Oaxaca o Gómez, Palacio Durango, en los que una gran cantidad de gente se formaba en largas hileras, expectante por su lectura muy atinada de baraja española o sus trabajos de magia blanca.

Cuando hablo de mi abuela, además de contar el gran honor que fue ser su nieto, siempre cuento la siguiente anécdota. Yo de niño solía ser muy obediente. Pero un día desobedecí a mis mayores y me acerqué a su cuarto al que me tenían prohibido siquiera rozar la puerta con las manos.

Ese día aproveché un ligero descuido de los adultos para escabullirme y enfrentarme al hecho de entrar al Cuarto de la Brujería y enfrentarme a lo prohibido y desconocido.

Lo que yo me imaginé como un cuarto lleno de cosas exóticas —malditas caricaturas gringas— no fue más que la decepción de encontrarme con una silla, una mesa, una baraja española en el centro, un pequeño altar con unas veladoras y, detrás de la puerta, unos ajos entrelazados con un listón justo como los que ya había visto colgados detrás de la de mi casa.

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Foto por: Larissa Karenina

En algunas familias de Veracruz, estoy seguro de que, los días primeros de cada mes, hay gente como nosotros que come entre el olor del sahumerio, el almizcle y la piedra lumbre. Días en que las personas se limpian de las malas energías con veladoras que acarician nuestro cuerpo. Días en que el olor de los inciensos se mezcla con el humo que limpia circularmente todo aquello que en el terreno espiritual nos quiere herir o dañar. Lo creo porque siempre me ha parecido increíble la cantidad de puestos sobre brujería que uno puede encontrar en el mercado. Lo creo porque un día construyendo un perfilito sobre Fernanda Melchor, Alaíde Ventura me contó que ella le confesó en un taller que suele llevar a sus presentaciones un limón en el bolsillo izquierdo para la buena suerte.

Desde que tengo memoria, desde que he sido un niño, mi madre nos ha limpiado casi siempre cuando inicia el mes. Recuerdo llegar de la escuela todo sudado y encontrar la casa inundada de humo por el sahumerio y el almizcle. Recuerdo llegar de alguna práctica de futbol sólo para que mamá me jalara hacia el altar y me limpiara con una veladora mientras recita sus oraciones protectoras.

Por alguna razón, esas cosas jamás las cuestioné. Ni siquiera en mi temporada de férreo ateo irredento en la universidad. De hecho, de niño hasta llegué a pensar que ese ritual era algo normal que pasaba en todas las familias. Quizás, el que no dudara, tiene que ver con la gran admiración y confianza que las mujeres de mi familia me proporcionaban. Todas ellas siempre me parecieron personas muy sabias, libres, querendonas, alegres y muy trabajadoras, y para mis ojos de ese entonces, con el mundo siempre bajo su control.

Si hablo de ellas, de las mujeres de mi familia, —de los hombres sólo mi tío Pancho— las que se encargaron de perpetuar el conocimiento familiar con el que mi abuela, después de la muerte de mi abuelo, se ganó la vida. Todo ese legado, todo ese conocimiento que siempre me pareció fascinante y que sentía que, de alguna manera u otra, me hacía conversar con nuestro pasado ancestral.

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Foto por: Larissa Karenina

A lo mejor ustedes se podrían preguntar, qué hace un joven que ha hecho periodismo hablando de brujería. Pero además qué hace un periodista hablando en primera persona. Pero sobre todo qué hace hablando de sus sentimientos y su familia. Qué hace, además, alguien que pasó por la universidad —como si pasar por ahí resolviera con una varita mágica prejuicios y creencias— hablando de algo que no tiene que ver con la realidad urgente del país, las pendejadas del presidente o las muertes por el COVID-19. ¿Qué pretenderá? ¿Convencernos de que hay que creer que existen energías positivas que se liberan cada primer viernes de marzo? Lo cierto es que no. Hace tiempo que no me interesa convencer a nadie de que crea lo que yo creo, siento que esa etapa en mi vida en la que era un odioso estudiante de esos que a la de a huevo quería tener un debate todo el tiempo sólo para mostrar que sabía citar autores y teoría, quedó en el basurero de mi historia personal. Sin embargo, estoy convencido que la crónica es un género que también debe hablar de los sentimientos personales, sobre todo aquello que, mediante las experiencias con lo que convivimos y habitamos, le da forma y sentido a nuestra existencia. Dice mi jefa en la librería, una persona a la que yo respeto mucho, que todos tenemos una imperiosa necesidad de creer. Y así como hay gente que cree en el psicoanálisis o gente amante del rock que cree que el reggaetón inventó la misoginia, yo elijo creer en mis costumbres familiares. Yo le tengo mucho respeto a todos estos conocimientos porque he visto el poder que tienen muchos de sus conjuros. Hasta mi padre, que era una persona muy incrédula con todo lo místico, le tenía respeto. Con decirles que por mucho tiempo jamás se dejó retratar con alguna cámara estando con nosotros porque creía que mi mamá o mi abuela usarían esas fotos para hacerle brujería. De hecho, el último encuentro con todo esto me sucedió hace poco. Hay una crónica que yo escribí sobre la desaparición de una familia. El texto, aunque ha ganado un par de reconocimientos importantes, lamentablemente, no agradó a varios familiares de las víctimas. Me llamaron mentiroso, de escribir sobre cosas que nunca pasaron, vaya, hasta me tildaron, además, de hablar mal del barrio donde había sucedido dicha desaparición. Nada extraordinario. Todas esas cosas a las que cualquier reportero en México se enfrenta diariamente, pues, nada del otro mundo. Y todo eso muy bien, es decir, si uno escribe desde sus límites personales e intelectuales, evidentemente hay quien lidiará, desde esos límites, con sus dolores de la mejor forma en la que puede hacerlo. Todo bien, por supuesto, hasta que la situación subió de tono y comenzaron amenazas físicas. Cuando esas amenazas llegaron a los oídos familiares, por supuesto que se prendieron las alertas. Para ser honestos, cuando me dijeron que pondrían manos a la obra, pensé que contrataríamos un abogado o algo así, pero no. Las mujeres de mi familia se limitaron a hacer un hechizo de protección en una especie de cazuela donde metieron los nombres de los familiares que me habían augurado daño. Lo que diré a continuación puede que los haga sospechar que lo escribo para darle cierto efecto tremendista al texto, o que lo saqué de una mala novela sobre magia.

Pero así fue como sucedió.

Después del hechizo, las amenazas cesaron inmediatamente. Desde entonces, no he sido molestado. Incluso uno de esos familiares, semanas después, fue a sentarse a conversar, tranquilamente, con mi mamá.

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Foto por: Larissa Karenina

Recuerdo que hubo un tiempo que mi mamá dejó de limpiarnos con la veladora. Como enfermó del hígado por una enfermedad inmune que se resolvió con un trasplante, se sintió muy débil para hacerlo. Trabajar con energías tiene sus pros y contras, y uno de esos contras pasa la factura tarde o temprano según me decía mi mamá por aquellos años. Y mi mamá quería, me imagino, evitárselo.

Sin embargo, justo hace un año, un primer viernes de marzo, en el que yo ni siquiera me había dado cuenta de que era esa fecha, justo al terminar Nuestra Parte de Noche de Mariana Enriquez, le escribí por whatsapp y le dije que quería aprender a leer las cartas. Pensé que se negaría como lo había hecho otras veces antes pero no fue así. El que haya sido precisamente ese día, un primer viernes de marzo, le hizo decirme: Te llamaron, sí te enseñaré.

Por alguna extraña razón, por trabajo, por mi rutina diaria, por lo que ustedes quieran, todavía no aprendo, pero desde entonces mi mamá ha tenido apertura para explicarme ciertos conjuros y hechizos. Y yo por supuesto que cada día me pongo más atento a todo ello. Cada vez que aprendo algo nuevo siento que se revela ante mi un nuevo conocimiento ancestral. Un conocimiento el cual mi hermana menor domina mucho mejor que yo sobre todo porque desde muy chica presiente muchas cosas que yo no puedo percibir. Para esto un ejemplo. Fue la única que supo antes de tiempo que cierto familiar paterno no era de fiar. Ella lo rechazaba porque decía que había algo en él con lo que no más no conectaba. No fue hasta que vivimos en carne propia su habilidad para la sevicia y la traición que pudimos ver eso que mi hermana vio desde el primer momento en el que ella lo conoció.

—Se los dije siempre, ¿sí o no?—nos recuerda desde entonces.

Hay algo de lo que estoy seguro. Que todas las familias tienen sus propios códigos muy íntimos para relacionarse. Parte de los nuestros tiene que ver con todo esto que acabo de contar líneas arriba. Siento que cuando mi mamá falte, y se una al poder del recuerdo desde donde las mujeres de mi familia nos cuidan a los que todavía estamos en este plano terrenal, estará muy orgullosa de que cada tanto, mi hermana y yo vayamos cada primer viernes de marzo a lo de los baños, que continuemos estos rituales ancestrales que mantienen viva la llama de nuestra tradición familiar.

Foto por: Larissa Karenina

Juan Eduardo Mateos Flores (Puerto de Veracruz, 1991). Es egresado de la Facultad de Ciencias de la Comunicación por parte de la UV. En 2015 recibió la beca Prensa y Democracia (PRENDE) que otorga la Universidad Iberoamericana. Sus crónicas han aparecido en medios locales y nacionales. Algunas de ellas han merecido algunos reconocimientos, como un par de menciones honoríficas en el premio Nacional de Periodismo Gonzo. Actualmente es librero en la librería Mar Adentro.

Editorial

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