¿Qué es una casa?

(Fragmentos)

Puerta

La primera pregunta que hace uno, es quién permanece afuera.  Irremediablemente, hay separación de nosotros. Pero el cisma no es con violencia, como cuando el cuchillo y quien lo porta llevan hambre, y es más bien un corte impreciso que expone las hebras entre un pedazo y otro. El nervio.

Ya quisiéramos que el cuerpo se donará a la segmentación sin resistencia, para constituirse, ahora, como dos mitades inocentes. Recordemos al ojo que nunca ha mirado con certeza a su vecino, pero que intuye algo de él en él. Y en vez de eso, nos hemos quedado sin procurar qué de nosotros sigue con nosotros. Sería conveniente advertir que la escisión es más bien una pérdida de memoria. Y entonces, un nombre ya puede significar plata, pero a la vez herrumbre. Y pensaríamos que la suciedad que se junta en el azulejo, nada tiene que ver con la suciedad que se junta en los sepulcros no visitados. Es válido pensar así, aunque inútil, ya que es el mismo polvo, pero a una proporción diferente.

Adentro de las casas continuamos el vicio de las ciudades. Establecemos fronteras entre tu habitación y la mía, y somos burócratas al repartir los utensilios, para que nadie use la taza que litúrgicamente han puesto sobre la madera. Y volvemos aún más privado lo privado, para recuperar eso de nosotros que nunca se atreve a girar la perilla. Pero todavía existe algo más penoso, y es que ya quisiéramos ir a la calle sin usar un nombre impostado, y así dar el saludo sin esconder la angustia sólida que hospedamos en el cristal todas las noches. O que, a pesar del lastre, erigiéramos una sonrisa asimétrica pero luminosa, por verdadera.

Desear, entonces, un gesto tan legítimo como el que miramos una sola vez en nuestros padres. Una sola vez, en el minuto anterior a que salieran de casa, cuando supieron que ya no llevarían más el oro asfixiando sus dedos. Y, por lo tanto, después de toda carencia y apetito, la siguiente pregunta que hace uno, es

qué permanece.

Ventana

La ventana es, esencialmente, la variación irresoluta de una puerta. Tibia, nunca está segura de si debe o no conceder al mundo la entrada, y a la vez, insatisfecha, como cualquiera que está en continua discusión con el lenguaje. Porque en una ventana, aunque el exterior se acote a su figura, las imágenes son más de lo que enuncian. Así como unna palabra nunca es solo saliva o movimiento de la carne, o de lo contrario, para qué la escritura. Dime. Jamás nos hemos conformado con mirar lo que esta enfrente, sin pensar en lo que habita más allá de los muros. Esta es la verdadera penitencia del preso. Jamás ver en el muro solo el muro. Y aunque haya un edificio que nos cierra, surge en nosotros una pulsión ineludible, que nos arroja directamente a un lugar muy anterior al lugar desde el que miramos. Y, en ocasiones, acercamos la cabeza hacia sus límites, como un niño al que lo han llevado a reconocer el agua. Digo reconocer, porque previo a eclipsar la lámpara en los brazos de un médico, los niños flotan en ese espacio mucho más antiguo que la muerte, hasta que las contracciones inauguran el naufragio o la conquista, según sea el lenguaje que las madres usen al marcar el pecho y la espalda de sus hijos. ¿Alguien sabe a dónde van los padres? El mío, mientras esperaba mi nombre, veía la fisura hecha por un pájaro al estrellarse contra la ventana de julio.


Alan Valdez. Ha publicado su trabajo en revistas como Tierra Adentro, Punto de Partida y Punto en Línea. Ganador del Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2020 por su libro La pérdida de la voluntad en el agua. Actualmente es becario del estímulo Jóvenes Creadores 2020/2021 del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes.

Editorial

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