CRIMEN

Quesque estaba cometiendo un crimen. Así nos lo dijeron, bueno, así le dijeron a mi abuela mientras yo la acompañaba ahí al seguro del pueblo. “¡Lo que está haciendo es un crimen y si sigue así la van a llevar a la cárcel!” le gritaban las enfermeras agitando el dedo por encima de nuestras cabezas. Nosotras solas ahí, en ese lugar tan blanco y tan ajeno, de gente yendo y viniendo pa’ todos lados y que yo no había pisado nunca.

En el rancho la gente no estaba impuesta a ver doctores. Nunca hubo. El hospital más cercano era el seguro del pueblo grande, la cabecera municipal, y quedaba como a unas dos horas yendo en carro por el camino de terracería. Por eso nosotros crecimos curándonos con las gentes que sabían de yerbas, con tés o con ungüentos, y así estuvimos bien. Cuando era otra cosa más grave, que no se podía aliviar con eso, era porque ya estaba de Dios.

Las mujeres del pueblo o se casaban y tenían hartos hijos, o se quedaban a vestir santos. Solas o casadas pero siempre trabajando parejito con el sol, porque pa’ eso venimos con o sin chamacos. La mayoría tenía hijos pronto y todas alumbraban con parteras. Había pocas, pero se daban abasto. Yo fui testigo de muchos partos porque mi abuela era una de ellas y desde chiquilla me llevaba a que le ayudara a mojar las toallas, limpiar bebés o a pasarle lo que ella me fuera diciendo para que todo saliera como es debido.

La primera vez que la acompañé a asistir un parto tenía yo 6 años. Bien chiquilla. A mí me daba curiosidad saber todo lo que hacía mi abuela porque veía cómo le agradecían y la saludaban por la calle, como con mucho respeto. La gente decía que dar a luz era lo más bonito que le podía pasar a una mujer y que ser partera era un don, algo que Dios mandaba nomás a unas cuantas para que le ayudaran a traer la vida. “Dios me dio esta encomienda y yo no puedo cobrar por eso”, decía mi abuela cuando la gente le quería pagar, así que todos se contentaban con darle comida, tejidos, gallinas o cualquier cosa que tuvieran a la mano. Había mujeres que no tenían nada, y a esas mi abuela las asistía con más razón. Pero ese parto lo recuerdo bien, el último en que la asistí. La muchacha que estaba pariendo tendría unos 15 años y tuvo gemelos.

Me acuerdo bien clarito que ya estaba todo apagado en la casa cuando fueron a despertar a mi abuela para que la asistiera. Por esos días ya había ido muchas veces al rancho la gente del gobierno y de los hospitales para anunciar que teníamos que ir al seguro y que ya nada de eso que puras yerbas.

De entonces adelante, para todo había que ir al hospital, pero más cuando las mujeres estaban embarazadas. A todas las parteras las buscaron y las apuntaron en unas listas. Tocaron a sus puertas y las hicieron ir con ellos quesque pa’ registrarse, así cada mes, pa’ revisar que todas entendieran “los riesgos de la partería”, la necesidad de la medicina y los hospitales, que eso era lo mejor. «La partería ya está prohibida porque es riesgosa», decían en español, que mi abuela ni entendía muy bien, pero que aprendió a señas, porque yo le fui enseñando.

Con todo eso las cosas ya no fueron lo mismo. No podíamos ir ya cuando las gentes nos pedían ayuda. Según decían los doctores, las parteras ahora sólo podrían dar masajes a las embarazadas y decirles que fueran a revisarse al seguro, que todo lo demás sería allá y que tenían que hacer cita cada mes. Eso decían los papeles que mi abuela y las demás «firmaron» como pudieron. Yo le había enseñado algunas cosas, mis papás ya hablaban bien el español y casi no usaban la lengua de los abuelos, pero ella igual se resistía. Algunas veces bien que lo entendía, pero no nos hacía mucho caso, y de todos modos, aunque quisiera, no lo podía leer. Lo que hicieron, pa’ acabar pronto, fue llenarles un dedo de tinta a todas y embarrarlo en sus hojas blancas. Que con eso era suficiente y ya estaban “reguladas”.

Aquella noche fue distinta a todas las que habíamos pasado, ni tiempo hubo de pensar en papeles ni lugares blancos. Yo luego luego oí cuando se arrimó una camioneta y me paré atrás de mi abuela para abrir, porque ella siempre me había dicho que estuviéramos al pendiente, que de pronto había urgencias. Y sí, ésta era una urgencia, la futura mamá estaba bien chiquilla y ya sabían que eran dos criaturas las que venían. A veces esos partos eran peligrosos para las madres, que cargaban con el peso de dos vidas aparte de la suya con la que apenas y podían. Pero mi abuela tenía experiencia, había atendido gemelos antes. Además, el seguro estaba re lejos y esto se veía grave. Ni de chiste llegaban. «Por lo que más quiera Doña Chuy, venga a asistir a mi chamaca que ya no puede», le decía desesperado el señor que tocó la puerta.

Mi abuela agarró las cosas sin pensarlo mucho y me habló para que fuera con ella, que pa’ pronto la seguí, llevando también lo que se me había hecho indispensable en esos años: velas, cerillos, toallas limpias, alcohol.

Esa madrugada fui y le ayudé a mi abuela a recibir bebés como tantas otras veces lo habíamos hecho. La muchacha, que apenitas me sacaría unos años, estaba re nerviosa, pobre. Se fue calmando cuando mi abuela le enseñaba a respirar así como deben respirar las embarazadas a la hora de la hora. Normalmente, era muy bonito ver cómo todo iba cambiando. En un parto el ambiente se transforma y pasa del miedo a la tranquilidad cuando mi abuela las toma de las manos o les seca el sudor de la frente, eso es lo que más me gustaba de ser partera.

Pero esta vez, algo había que me daba mucha tristeza, en un ratito, cuando mi abuela le dijo a la muchacha que todo iba a estar bien, ella soltó unas lágrimas que hicieron ver sus ojos aún más grandes, más negros y tristes, pero aun así, con el semblante bien firme.

Y es que el miedo es muy canijo, se te pega al cuerpo y a las entrañas para que no te muevas, pero algunas veces, te hace reaccionar para mantenerte viva. Sus ojos resplandecían en medio del cuarto penumbroso que se iluminó nomás con las velas que yo misma encendí. Nunca se me va a olvidar su cara. Esa noche conocí un miedo diferente; ella estaba en calma para dejar que sus hijos nacieran, pero su mirada hacía pensar que algo más adentro estaba muerto desde hace mucho. Algo más hondo que sus ojos dolorosamente niños.

Cuando mi abuela logró que el primer niño saliera con bien, rápido me lo pasó a mí al cortar el cordón. Enseguida vendría el otro y a repetir lo mismo. Pero el segundo bebé se tardaba. En vez de querer nacer parecía que se aferraba a su madre, como si en lugar de salir al mundo su deseo fuera quedarse ahí, nadando en esas entrañas que lo habían formado, escuchando esos latidos.

La madre gritaba desde muy adentro, con alaridos que dolían en los oídos y en el pecho; pero, poco a poco fueron menguando, como cuando después de una tormenta, comienza a escampar. La pobre muchacha desfallecía, verla así me dejó notar lo pequeña que era, un cuerpecito más resistiendo todo aquello. Tratamos de mantenerla despierta. Su mamá, entre lágrimas, le apretaba la mano y le hablaba para que no fuera a cerrar los ojos. Mientras, mi abuela reaccionó rápido, con esa agilidad y ese instinto que siempre me sorprendía. De un tirón ya estaba a la cabeza de la muchacha, apoyándose encima de su panza con sus manos bien firmes, empujaba con fuerza al bebé desde ahí, como aventándolo al mundo con la brusquedad que el canijo nos trata a todos.

Después de unos intentos, de sus manos clavadas en ese vientre aferrado a seguir siendo casa, por fin, el segundo niño nació. Anunció su llegada con un berrido furioso, que reclamaba al mundo todas sus injusticias incluso antes de vivirlas en carne propia.

Mi abuela tomó al bebé, cortó el cordón y me lo dio para seguir el proceso. Lo limpié, esta vez, cuidadosa al doble, maravillada de ver esas dos gotitas de la misma agua, pequeñas, fuertes de entraña para gritar que estaban vivos, resistiendo, como si ya naciendo supieran que esa era la única forma de mantenerse aquí.

“Muy bien, lo hicieron muy bien», les dijo. Puso una mano en la frente de la muchacha, que estaba ya flojita como un trapo, sollozando a medias. Rápido le dijo mi abuela a la señora que había que alistar la camioneta para irnos de volada al hospital.

La muchacha medio reaccionaba con el algodón empapado en alcohol que su mamá le ponía en la nariz, pero estaba pálida, sin fuerza.

 Así fue que llegamos ahí al lugar blanco, con los bebés, la muchacha y sus papás. Ese que era el «correcto», como decían, para atender a los niños y su madre. Ese que era lo contrario a nosotras «inconscientes y riesgosas».

Nos tuvieron ahí por muchas horas, yo dormida en las bancas mientras gente con papeles iba con mi abuela a preguntarle hartas cosas, a decirle que todo eso que hacía estaba ya prohibido, que esa maniobra era un riesgo grandísimo, que si no entendía. Yo mientras pensaba en ella, en la niña que ahora era madre, en su vida que ya estaba rota para poderse repartir. Me la imaginé como yo, jugando a las muñecas pero ahora con bebés de verdad, fuertes y furiosos.

La muchacha y sus niños estaban bien. Cansados, pero bien vivitos, nos lo dijo una enfermera que, más amable, le explicó a mi abuela lo mejor que pudo para hacerse entender. Lo que había hecho sí estaba prohibido, pero ella había reaccionado rápido para salvarlos a todos.

A la muchacha le pusieron suero, ese líquido que le meten a uno con agujas entre las venas. Les checaron sus latidos, les revisaron sus corazones ajetreados. Los tres estaban sanos, pero necesitaban descanso.

Al saber esto, tranquila mi abuela de que todo estaba bien y olvidada la gente de ella porque no había mucho más de qué acusarla, nos dejaron ir, no sin antes prohibirle atender partos o hacer esas cosas de nuevo.

Los nuevos abuelos dormitaban en las bancas verdes de esa sala blanca y llena de gente, nos vieron venir y se pararon para agarrarle sus manos a mi abuela. Se sonrieron.

Nos regresamos al rancho amaneciendo. La muchacha, sus bebés y sus papás, esperarían un poco más a que les dieran de alta. Nos dio ‘raid’ una gente que pasaba, en la caja de una camioneta que llevaba un perro lanudo y pacas de alfalfa.

En el camino, mientras dormitaba en su hombro, mi abuela me tomó fuerte la mano, y cuando le pregunté que qué era eso del crimen que había hecho, me dijo «es nuestra encomienda, se ayuda pase lo que pase”. Me pregunté más bien si el crimen  no era eso, una niña con los ojos muertos y bebés bien vivos comiendo de ella.

El camino de vuelta me pareció más rápido, el sol iba naciendo poco a poco, como escurriendo por el cielo sus colores rojizos, su luz. Como la sangre, el llanto, lo vivo y también lo muerto que conocí esa noche.


Lorena Rojas (San Luis Potosí, 1992). Es escritora de cuentos y monólogos, feminista y repostera empírica. Representa a su estado en la INAC, Fundación Internacional de Arte y Cultura. Cuentos suyos han aparecido en sitios web como Neotraba y Punto en Línea, así como en la antología Ni una sola palabra (UANL, 2021). La Compañía Nacional de Teatro incluyó su monólogo «Arañas en el té» en la puesta en escena Historias del té, estrenada en 2020. Con La sangre de las plantas obtuvo Mención honorífica en la categoría de cuento de los Juegos Florales de Lagos de Moreno 2020. Actualmente es co-propietaria de Cafebrería Ítaca, espacio de cafetería, librería y biblioteca en Cerritos, SLP.

Editorial

Un comentario sobre “CRIMEN

  1. Me gusta la voz de la narradora. La historia es sencilla pero emotiva. Hay, sobre todo, dos imágenes, que resultan dolorosas, ambas que tienen que ver con la niña-madre y sus ojos.

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