Alas para llorar

1

Una mujer de ojos áridos se posa en una banca

como un árbol viejo, ignora el tiempo

mira al cielo

se pierde en las grietas celestes

movediza cárcel de ramas 

implora alas

esbelta bandada corona la jacaranda

la mujer se yergue sobre su rama

el rostro y los brazos abiertos

un vendaval azora las nubes prietas

el aguacero preña su dorso arqueado

sus ojos se tornan un chubasco de junio

llora el cielo

juntas, las aves vuelan

2

Eras un puñado de plumas diminutas.

Tus llamados de polluelo, gestos invisibles.

Tus alas, tiernas e inútiles en el pavimento.

El crudo destino aguardaba.

Te llevé a mi casa de gatos.

Saltabas feliz de mi mano a mi cabeza,

te agradé hasta entonces.

Pero la jaula terminó nuestro breve idilio.

Me lanzabas tu pequeño odio

en cada picotazo al pan que te ofrecía.

Creciste un poco,

no lo suficiente como para lanzarte

al reino cruel de una libertad sin parvada.

El sol, moribundo anaranjado,

entraba cada tarde con el trinar de los tuyos;

nos cubría el manto negro de tu melancolía.

Un día picaste un par de veces el palillo,

decidiste no más.

Te hundiste en el fondo de tu casa de rejas,

decidiste no más.

Descolgué la jaula,

subí a la azotea,

desgarré los barrotes,

con furia, volaste hacia el destino.

3

Hay días en los que la vida duele tanto como la muerte.

Una indiferencia llana cubre el pasar de los ocasos

y no hay lágrima que llore esos fulgores,

perdidos para siempre.

Aún el instinto se aferra a la ventana.

En plena algarabía, los pájaros trinan con vehemencia el descenso

y buscan, como ayer, su lugar para oscurecer.

Pronto todo se apaga.

Como un pájaro, te entregas a la noche.


Gabriela Delgadillo Guevara. Licenciada en Sociología y maestra en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México. Actualmente es docente en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la misma institución. Escribe cuento y poesía.

Editorial

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