Tsunami

Vivian Abenshushan, Yásnaya Elena A. Gil, Verónica Gerber Bicecci, Margo Glantz, Jimena González, Gabriela Jauregui, Brenda Lozano, Daniela Rea, Cristina Rivera Garza, Yolanda Segura, Diana J. Torres, Sara Uribe

Tsunami

Sexto Piso

México, 2018

212 pp.

Quizá uno de los libros sobre feminismos con más eco y visibilidad en los últimos años. La antología reúne a autoras destacadas tanto del ensayo creativo y político como de la poesía, la narrativa, el arte y la edición, esto es, mujeres diversas, de diferentes orígenes y edades. Creo que su gran valor, ya se editó un segundo volúmen que por supuesto leeré, radica precisamente en el ejercicio de establecer entre sus páginas un espacio de diálogo entre las creadores y sus lectorxs para reflexionar en colectivo, específicamente sobre la feminidad, las herencias culturales y el lugar de la mujer en las sociedades, la maternidad, las violencias cotidianas contra las mujeres, los espacios simbólicos de poder, las «obligaciones» e imposiciones morales, materiales y culturales que se les imponen injustamente y que construyen dinámicas, espacios y relaciones opresivas, los espacios de resistencia, esperanza y combate.

Sin duda hay textos necesarios, precisos y valiosos como el de Vivian Abenshushan sobre las violencias dentro de los talleres literarios, violencias que dibuja de manera contundente y cuya toxicidad detalla con claridad. Me reconozco en sus reflexiones por haber pasado también por muchos de estos espacios, no sólo en el ámbito de la literatura, puedo afirmar que esas dinámicas de control y la construcción de una figura de autoridad que se legitima a través de la crueldad como pedagogía se manifiestan de maneras idénticas en muchos otros espacios de creación.

Por otro lado, Yásnaya Elena A. Gil muestra una cara de las problemáticas femeninas ajena las de la mayor parte de las autoras de la antología, acercándonos a problemáticas propias de espacios lejanos a las tradiciones occidentales urbanas y mestizadas, prestando atención a las estirpes culturales, a la pertenencia a etnias y comunidades que no por poco occidentalizadas dejan de ostentar la invisibilización de las mujeres en los espacios de toma de decisiones y su constante silenciamiento como, en algunos casos, parte integral de la construcción de la vida cotidiana. Las preguntas que arroja competen en primera instancia a quienes las viven, por supuesto, pero también invita a reflexionar sobre las relaciones de poder vertical entre los espacios y poblaciones urbanas y rurales, mestizas, occidentales e indígenas, un texto que inspira a seguir prestando atención a esta escritora e investigadora que ha ganado muchísima relevancia, lo que es más que celebrable dada la desconexión que el mundo editorial ha tenido hasta ahora con autorxs bi o trilingües.

Más adelante, Verónica Gerber Bicecci nos muestra una intervención inspirada en las polillas a uno de los poemas más misóginos que se hayan escrito jamás. El sentido de justicia poética me agrada aunque por momentos se siente como una asociación demasiado inmediata intervenida de manera simple, aunque, dicho sea también, eso contribuye a la claridad de su mensaje. Está bien sin ser grandioso.

Los otros textos que en mi opinión destacan por su calidad, honestidad, valentía y profundidad son los de Daniela Rea, que reflexiona vívidamente sobre su propia maternidad y La Maternidad a partir de un conmovedor diario; Cristina Rivera Garza, que nos conduce de manera madura y realista por el anhelo de construir un Nosotrxs real en el que podamos gozar de autonomía y amar y acompañarnos de maneras no controladoras, enfermizas, opresivas o dominantes; Margo Glantz, que hace un excelente recuento de los espacios judeocristianos y grecolatinos que han fundamentado la normalización de la violación y la violencia en las sociedades occidentales, además de apuntalar ciertas observaciones específicas para el contexto mexicano y desenvocarlo hacia el metoo; El poema de «Las Otras» de Jimena González que repasa las violencias familiares, la normalización de estas, las historias y posibilidades no desarrolladas, las que no pudieron contarse. Está bien en el sentido de abordar una problemática sensible, no es tan potente como creo que pudo haber sido, pero qué se yo, la poesía siempre nos pega de manera distinta y sin duda hay cosas que como hombre no he vivido tan de cerca que quizá me hacen sentir menos impacto al leerlas y, por último, el de Sara Uribe, un ejericio de autoreconocimiento terapéutico, demoledor, fuerte y sin duda, el más valiente de todo el libro. Ha sido una delicia leer a autoras habilidosas compartiendo reflexiones constructivas y aportando desde sus experiencias puntos fundamentales para reimaginarnos.

La parte del libro que no me ha gustado tanto corresponde a los textos de Gábriela Jáuregui, una autora y editora más que admirable por su trabajo incansable con Sur+ pero a quien se le siente forzada, llena de lugares comúnes, posturas y frases largamente repetidas que terminan por cansar, honestamente, ella sin duda se lleva el mérito por la iniciativa de reunir estas voces, ¿no bastaba eso? ¿Para qué forzar su participación en una antología que ella misma coordina?; por otra parte, el ensayo de Brenda Lozano, además de presumir una lectura muy empobrecida de Hamlet, busca hacer una reflexión que termina por demostrar más un prejuicio que el resultado de un análisis más interesante, esgrime referencias a autores, historias, estudios y estadísticas que soporten su postura pero el texto es apresurado y no concluye nada que no haya afirmado desde un primer momento; el texto de Yolanda Segura es muy discutible. Sin duda es una autora con muy buena técnica y pluma, su texto busca emular el proceso de fabricación de cacao al que se dedicó su abuela, cosa que es por demás estimulante y atractiva, al igual que ella, cuando pienso en los feminismos, «quiero creer que con esas herramientas es posible configurar un presente que asuma que todas las vidas importan y que antes que las diferencias, es la vulnerabilidad lo que nos puede conectar con las demás personas.» Hasta aquí todo bien, luego cita el manifiesto SCRUM, redactado por una de las misándricas más célebres del siglo XX, y todo se va por la borda pues celebra abiertamente la discriminación contra hombres concretos en nombre de El Hombre como categoría. Porque claro, cuando alguien dice que su postura busca el bienestar de todxs, hay que prestar atención al lugar donde pinta la línea al momento de englobar quien forma parte y quien no forma parte, quien es digno o no de consideración, quien es el otro, o más aún, lo otro. Es lamentable y paradójico porque al plantear a los hombres como antagonistas necesarios, al negarnos diversidad y vulnerabilidad, logra replicar las condiciones de las que busca liberarse, es decir, desea convertirse en el mismo opresor contra el que lucha. Y si bien sus otros planteamientos son muy acogedores y lindos, deja claro desde el principio que sólo las mujeres pueden participar de ellos. Sin duda hay cosas rescatables en ese último texto a diferencia, claro, del de Diana J. Torres, a quien tengo ganas de seguir leyendo dado que había escuchado cosas muy buenas sobre su obra pero que en esta ocasión, sin lugar a dudas, defrauda por lo simplista y superficial de sus reflexiones, incluso ante una situación grave que ella misma vivió. Cruza varios de las asunciones sexistas que tristemente se han ido volviendo más y más frecuentes entre varias mujeres de un tiempo a esta parte. Joyas como: «muchos amigos hombres han tenido percances violentos en sus vidas pero casi todo ha sido siempre ha mano de las fuerzas del orden o en peleas con otros machos por cualquier pendejada como una chica o ese tipo de cosas por las que se pelean los machos y cuyas consecuencias jamás son algo que se preferiría no haber vivido sino de lo que andan orgullosos por la vida porque esos sucesos son parte de la construcción de su masculinidad y de sus triunfos vitales. De hecho, haber sido parte de enfrentamientos físicos con otros hombres es algo de lo que suelen alardear y presumir.» Ese nivel de apreciación sobre la experiencia masculina, creer que hay una sola y única, demuestra con bastante claridad que, si es cierto que tiene amigos hombres, no suele entablar conversaciones demasiado profundas con ellos sobre sus experiencias. El texto se siente como una mala entrada de blog que haría alguien dormida en sus laureles con la desfachatez de entregar tarde y mal un trabajo de una materia que sabe que terminará pasando porque la maestra le simpatiza.  

En fin, afortunadamente la experiencia general del libro me deja con un buen sabor de boca. Por supuesto reconozco y veo como más que necesaria la resolución de los diversos problemas que se exploran en el libro aunque la mayoría son de una complejidad inmensa y, en mi opinión, requerirán no sólo el empoderamiento de las mujeres que los piensen si no la participación activa de otros grupos: las infancias, los hombres, las personas de la tercera edad. Una antología excelente.


Kin Navarro (Puebla, 1988). Estudió Letras Hispánicas en la UNAM. Exdirector de la revista Síncope. Textos suyos han sido publicados en LenguarazCuadrivioBicaal’u y Gaceta literal.

Editorial

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