El dolor hecho pedazos

Alaíde Ventura Medina

Entre los rotos

Literatura Random House

México, 2019

176 pp.

…pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Rubén Darío

Las últimas páginas de Entre los rotos me descolocaron totalmente porque comprendí en plenitud lo terrible que es la violencia familiar, el silencio y la ruptura que ésta crea. La crudeza mordaz de la novela se sostiene a través del recuerdo y la memoria, para lograr un espacio íntimo, en el cual el lector podrá reconocerse en las distintas violencias en las que ha participado activa o pasivamente. Este quizá sea el punto más controversial de la obra, pues la mirada con que se narra no es una que vaya de negros a blancos, más bien se ubica en un punto ciego en el que cualquiera puede identificarse y hacerse consciente de los peligros que existen en, el que creemos, el lugar más seguro: la familia. La historia presenta a una protagonista que se reencuentra con su pasado gracias a las fotografías que guardaba su hermano Julián, el menor de la familia y quizá la persona más afectada por la violencia que su padre ejercía en contra de ellos. Se describe como un roto, porque todo lo roto está separado, es un trozo de algo que jamás será igual. Las fotografías sirven como guía para explicar lo que hay detrás de cada evocación, y este es uno de los aciertos de la novela, porque explora de una manera similar a la del pensamiento humano. La mirada se confronta con el pasado y expone qué hay detrás de esas sonrisas, de esas caras que pretenden que todo está bien.

        Los fragmentos construyen la novela a través de imágenes, recuerdos y listas que sirven para tener presente lo que no se quiere olvidar. Esta construcción aporta una visión interna y dura que se cuestiona constantemente el presente. La narradora no se reconoce en esas fotografías, más bien busca saber quién era aquella niña o adolescente desecha. El detonante de toda la historia es Julián, porque gracias a él pone en palabras el pasado. Este enfrentamiento es complejo, pues ella misma se reconoce como participe de la violencia, como una jugadora pasiva que pudo hacer más por su hermano y su madre; aunque también indaga en cómo esas experiencias la llevaron a repartir dolor a los demás, a dañar y romper, ya fuera al mismo Julián o a sus exparejas. La aceptación juega un papel muy importante en todo el discurso, esto ayuda comprender de una manera más humana y cercana a la protagonista y sus actos; del mismo modo, se observa una desmitificación de la víctima que sirve para mirar de una manera más profunda.

        La violencia está presente en casi todas las familias de una u otra manera; su raíz, se podría decir, se debe a un juego de poder en el que la integridad y los valores se corrompen para demostrar quién es el que manda más. El padre de la protagonista es un ser camaleónico que se miente a sí mismo, y se describe simpático y amable, pero esconde una verdad no dicha. Su relación se basa justamente en lo que ella pretende que no existió, pero está en su memoria. La novela indaga en el cambio de esta relación, en cómo del odio paso a un cariño con distancias y miedo latente para no dejar la corrompa de nuevo. El cambio se ve reflejado en el padre y en la hija, pues de alguna manera existe una relación con el perdón y la redención que los hace seres humanos pensantes y verosímiles. Con ello, la protagonista se enfrenta a sí misma, se reconoce como una rota, pero también como una persona que destruye. No niega su naturaleza, la reflexiona.

        Todas las historias, intentan reconstruir algo, darle forma al tiempo. Esta novela emprende la misión de observar ese espacio vacío que queda en la mente y el corazón cuando se es víctima, pero también analiza la visión de quienes callan y quienes comparten esa violencia con los demás sin ser conscientes. La crudeza con que la protagonista se ubica, la vuelve un ser tangible y consciente, porque desde ahí puede comprender la dureza con que se ha desarrollado y lo difícil que es ser responsable de muchas situaciones. Específicamente, este es el fuerte de la narradora: no se ve como una culpable, más bien introspecta para entender la responsabilidad que tuvo. La historia no se basa en victimizar, sino en ser consciente y analizar el comportamiento de sus distintos actores. Ella comprende que todo eso llevó a su hermano a ser la persona que era, y por ende interioriza esa visión tan distante que tenía con su madre y su abuela.

        Entre los rotos demuestra la habilidad narrativa de Alaíde Ventura Medina, quien recibió el premio Premio Mauricio Achar 2019 con esta novela. Su capacidad de experimentación con el texto y su forma, vuelve a la narración fluida y constante, como un cascabel que suena en la cabeza de un gato. Al mismo tiempo, impacta el rigor y la humanidad con que presenta a la violencia familiar de una manera sensible y subjetiva que la vuelve tangible. Porque al final, este punto es en el cual la novela acierta: las agresiones se retratan desde una mirada consciente.


Guillermo Vargas (Ciudad de México, 1995). Narrador. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en FFYL, UNAM. Ha publicado en medios impresos y digitales. Participó en el 9° Curso de Creación Literaria para Jóvenes de la Fundación para las Letras Mexicanas. Twitter: memoo_mx

Editorial

2 comentarios sobre “El dolor hecho pedazos

  1. Muy interesante su análisis. Ciertamente el final de la novela es tan desconcertante que me arrancó las lágrimas….Me gustó mucho tanto la novela como lo que aquí escribe y comparte Guillermo Vargas.

  2. Reseña que incita a la lectura de lo que parece ser la historia que de alguna forma todos llevamos dentro; ya sea como rotos o como eslabones que preservan la agresión. Excelente, gracias Guillermo Vargas.

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