Una noche en Cuba

Si no puedo bailar, tu revolución no me interesa.
Frase atribuida a Emma Goldman.

A Odette Alonso.

Hay muchos detalles que no recuerdo. No recuerdo, por ejemplo, el nombre de la casera que habíamos contactado desde la Ciudad de México, Distrito Federal en aquel entonces, para que nos hospedara legalmente en una pieza de su piso en El Vedado durante todo el tiempo que mi pareja, expareja ahora, estaría realizando trabajo de archivo en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba. Recuerdo, eso sí, el nombre del marido, William, un mulato delgado, casi enclenque, del que me sorprendió enterarme una noche que trabajaba como estibador en los muelles de La Habana y que, a la menor provocación, te soltaba la sonrisa más grande y honesta que he conocido en mi vida. El matrimonio tenía, o eso intuimos porque tampoco hubo muchas ceremonias de por medio, un hijo y una hija adolescentes que casi nunca vimos en casa, si bien sus padres hablaban de ellos todo el tiempo. En aquellos días nosotros nos levántabamos muy temprano, nos aseábamos, desayunábamos con la casera, ¿se llamaba Diana?, y dejábamos el departamento, usualmente hasta la hora de cenar.

            Hay muchas cosas que no recuerdo, pero lo que sí recuerdo es que aquella noche me despertó el calor veraniego de La Habana. En aquel dormitorio de techo altísimo y contraventanas venecianas teníamos un ventilador que había dejado de funcionar. “Parece que no hay luz” me dijo mi pareja que había sentido mi inquietud transmitiéndose por la cama y estaba atente a todo lo que ocurría. Estábamos cubiertos únicamente por una sábana de algodón tan delgada que amenazaba con disolverse entre tus dedos, así que antes de incorporarme, y sentir como una bendición en mi pies el piso frío de la pieza, busqué mis lentes en la mesita de noche y mis calzoncillos debajo de la almohada.

            “Voy al baño” avisé. Mientras me incorporaba pude asomarme por la ventana que dominaba la cabecera y observar la oscuridad del Vedado. Ninguna de las calles que hacían esquina abajo a la derecha tenían luz. Lo mismo ocurría con el resto de los edificios. Supe que eran cerca de las tres de la madrugada por mi reloj de pulsera, pero por cualquier otra referencia hubiera jurado que era la hora más cerrada de la noche. No se distinguía ningún rastro de actividad humana.

            Me fui acercando a tientas a la puerta de la habitación. Abrí con cuidado y, como un buzo de aguas profundas, me sumí en aquella oscuridad espesa como tinta que inundaba la sala. Apenas pude distinguir la frescura de los cientos de plantas que cubrían las esquinas y colgaban a diferentes alturas en aquel departamento. Recordaba que había unos pesados sillones de madera con cojines rectangulares tapizados de color mostaza. Atrás de uno de ellos se abría otra pieza que nunca supimos de quien era y, al lado de ésta, la puerta del baño.

            Avanzando con los brazos extendidos di con el viejo y pesado picaporte, sin duda el más gastado de todos los que resguardaban los distintos secretos de los habitantes del piso. El mobiliario consistía de piezas de museo: el lavamanos no estaba empotrado en la pared y carecía de llave mezcladora, el excusado era de depósito elevado y funcionaba con cadena, la ducha delataba, por sus dimensiones, que allí había reposado a sus anchas una tina. Ya dentro y sin electricidad, me percaté de que la única iluminación provenía de una minúscula rendija a la misma altura que el depósito del excusado.

            Después de una serie de incidentes desagradables con el agua de la isla me sentía seguro bebiendo del grifo y comiendo pan con perro en los restaurantes donde le echaban agua a la mostaza y al kétchup. Por esta razón no me preocupé en absoluto de la solidez de mis deposiciones ni mucho menos: mi única preocupación era limpiarme la cola a oscuras.

            No recuerdo muchas cosas, pero sí que estuve como 20 minutos dándole vueltas al asunto y barajando todas las posibilidades que se me ofrecían en el momento: ¿volver a la cama y esperar la luz del día en medio del bochorno? ¿Despertar a nuestros huéspedes y pedirles una lámpara, una vela? ¿Buscar fósforos en la cocina y solicitar la ayuda de mi acompañante? Un par de golpecitos en la puerta del servicio vinieron a sacarme de mis cavilaciones.

            No recuerdo con detalle el diálogo, pero sé que debió transitar por líneas similares a las siguientes:

            —¿Sí? —dije con el tono más burocrático que conozco, como si quisiera ahorrarle todas las preguntas a mi interlocutor y acabar recomendándole que mejor pase a otra ventanilla.

            —¿Todo bien, corazón? —me dijo la misma voz adormilada que hacía media hora me había advertido del problema con la luz—. Estoy aquí con la casera —¿acaso se llamaba Leydi?—, y me dice que tenemos un problema…

            —Sí, lo sé —dije con el fastidio que a algunos nos produce alguien más diciéndonos lo obvio— no hay luz.

            —No, mi vida. Ese no es el problema…

            —¿No?

            —No, el problema —murmuró tímidamente como si quisiera evitarle al mundo una noticia en verdad embarazosa— es que no hay papel.

            —¿Cómo que no hay papel!

            —No.

            Abrí de golpe la puerta del sanitario y pude ver directamente a las dos mujeres preocupadas por mi higiene anal. Nuestra casera sostenía con ambas manos una vela dentro de un cenicero y mi pareja traía en la mano una porción generosa de papel periódico, sí, el Granma, órgano del Comité Central del Partido, cortado minuciosamente en cuadros y sujetados en la esquina por un círculo de alambre.

            No recuerdo, o tal vez no quiero recordar, muchas cosas, pero sí sé de cierto porque yo lo viví en carne propia a partir de aquella noche de apagón en La Habana que hay ocasiones en que el papel higiénico, al igual que muchos otros enseres domésticos, desaparece por completo de la vida de los cubanos en la isla. No hay papel en ninguna parte como no sea en ciertos espacios que cabría tildar de “privilegiados”.

            Y mientras cagaba aquella noche a la luz de las velas y me frotaba los dedos llenos de tinta, preparándome para entintarme el rabo, pensaba en cómo hemos romantizado acríticamente y siempre desde el exterior, un estilo de vida que, por decir lo menos, despoja cotidianamente de cosas tan insignificantes a varios de sus ciudadanos con la actitud de quien sabe, desde la cúpula de la administración y siempre de manera infalible, qué es mejor para estos.

            Por eso, y hablo solamente por mí, si no hay papel para limpiarse el culo no me incluyas en tu revolución.


Francisco Barrios. Cursó estudios de filosofía y matemáticas antes de dedicarse de lleno a la edición, la docencia y a la escritura. Como editor trabajó en el F.C.E. bajo la tutela de Alí Chumacero, y en la Dirección General de Publicaciones de la UNAM tuvo por tutor a Tomás Segovia. En su labor como poeta formó parte del grupo «Flor de polvo» alrededor de Porfirio García Trejo, y como cronista fue colaborador de la sección cultural de El Universal bajo la dirección de Paco Ignacio Taibo I. Su trabajo autoral ha aparecido en diversas antologías, así como varias publicaciones físicas y electrónicas de México y el extranjero. Le gustan los perros, la novela negra y las sopas instantáneas.

Editorial

Un comentario sobre “Una noche en Cuba

  1. Mi querido Frank, gracias por la dedicatoria. Me encantó la crónica, solté la carcajada más de dos veces. Nunca he podido explicarme por qué en los países socialistas el papel de baño desaparece, aunque tengo mis teorías, que luego te platicaré…

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