Grietas en la casa

Ave Barrera

Restauración

Paraíso Perdido

México, 2019

248 pp.

Aunque no siempre da tiempo o lugar, trato de digerir un poco la experiencia de ciertos libros antes de atreverme a hablar de ellos. Me he equivocado bastante al juzgarlos por su final o por concluir con prisa lo que son o lo que ha significado realmente su lectura. Por otro lado es fácil caer en interpretaciones superficiales cuando subestimamos lo que leemos o buscar profundidad con desesperación en obras en las que hemos puesto demasiada fe. 

A esta novela, Restauración, publicada por la editorial Paraíso Perdido, llegué con un horizonte de expectativas algo peculiar dado que no recuerdo en qué lugar escuché o dónde leí que era una especie de reescritura de Farabeuf de Salvador Elizondo. Quedé sorprendido y con la curiosidad a tope. ¿Cómo alguien se iba a empeñar en la tarea de reescribir una novela así? Definitoria, tremendamente sensacional, escritura críptica, milimétrica y macabra. ¿Qué más había que decir al respecto realmente? ¿Cómo alguien iba a corregirle las planas a un prosista del tamaño de Elizondo?

Además de esto, a su autora también la conocía porque compartimos espacio en la antología de LADOS B de Nitro/Press del 2015, había leído los cuentos que aparecían ahí, uno de ellos me llamó muchísimo la atención, contaba la historia de una camarera cuya imaginación se desbordaba a partir de las cosas que dejaban los huéspedes en sus cuartos. Con ello, me quedó claro que Ave es una escritora capaz de encontrar, en el relato realista, rincones donde la imaginación y el mundo interior de sus personajes complementa el curso de la acción reconociendo como igualmente reales ambas esferas, el interior y el exterior que empujan y avanzan sus historias, algo común a toda poética pero en este caso, logrando un equilibrio entre ambos aspectos de “lo real”.

Creo que no es ningún secreto que a esta novela le ha ido bastante bien, ganó el premio Lipp 2018 y ha sido bien recibida tanto por sus lectorxs como por la crítica. Y no es para menos, se trata de una novela realmente memorable y que cuestiona directamente a quien la lee pues hunde el dedo en una de las llagas más heridas de nuestra cultura: el amor romántico, machista, abusivo, unilateral o descuidado.

El relato me agarró desprevenido. La anécdota va sobre una restauradora que estudia en el Instituto Mora que está enamorada de un fotógrafo (único y detergente, sin duda). Desde el comienzo busqué indicios de su relación con la obra de Elizondo y no tardé en encontrarlos. Prefiero no decirlos por acá, sirva a quien lee para despertar su curiosidad, que es el propósito de las reseñas. 

Al principio parecía que no había nada destacable pero las cosas buenas llevan su tiempo sin duda. La sutileza con que va entretejiendo el relato es notable, no sólo logra presentar adecuadamente a nuestras protagonistas a través de una interioridad rica, contradictoria, quieren pero no quieren, quisieran no querer pero deben, sobre todo, dolorosa. La estructura de la historia es impecable y, aunque en cierto punto uno puede aventurar deducciones no tan erradas sobre lo que está por suceder, no veo manera en que su desenlace pueda resultar indiferente. Para mí, el gran acierto, lo sorpresivo e inesperado de mi lectura, radicó en la progresión sutil y consciente de un lenguaje que suele repeler a los lectores más mentales, categorías que refieren a experiencias sensoriales, emocionales, de gran introspección, la manifestación explícita de las expectativas sobre el amor romántico y su asociación a elementos y universos estereotípicamente femeninos como el diseño de interiores, la jardinería, la cocina o la restauración. 

Buena parte de la historia ocurre en un viejo caserón del centro-sur de la ciudad de México. Un espacio cargado de olvido y tristeza, de pesadumbre, como todos los espacios que han sido abandonados. Quizá también por eso me identifiqué tanto con la novela. No soy ajeno a los esfuerzos que implica tratar de reordenar, desempolvar, desenmarañar, reunir, tirar, limpiar y comenzar de nuevo el proceso, de tratar de restaurar un espacio olvidado a su suerte. Del gran peso del polvo y el tiempo, de la huella del olvido, sí, pero también de la justa y posible restauración.

Ahí se encuentra uno de los vínculos con la novela mexicana sobre tortura y mística más famosa de México, hay un secreto terrible que ha quedado impregnado en las paredes de esa casa. La historia sucede en ese mismo universo o quizá no, quizá sólo sea algo similar pero funciona a la perfección como un contraste, un relato que completa las partes no vistas del otro, las implicaciones no exploradas de lo otro, el soporte emocional, relacional que permite, concede, sacrifica.

No se dejen engañar. Esta no es una novela sencilla, quizá tenga esa apariencia, para mí la tuvo antes de asomarme a comprobarlo, pero sabe asomar los dientes en el momento justo. Confieso que en mitad de sus páginas no pude más que llorar con algo de rabia. Las letras se desbordaron de este lado del libro, la historia que retrata, en un mundo menos terrible, sería tan solo ficción. Además es bastante corta, tiene momentos amenos, alegres, dulces, agridulces y oscuros.


Kin Navarro (Puebla, 1988). Estudió Letras Hispánicas en la UNAM. Exdirector de la revista Síncope. Cursa el diplomado en guionismo en el CCC. Textos suyos han sido publicados en LenguarazCuadrivioBicaal’u y Gaceta literal.

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