WTC Memorial

Ese día llegué a la escuela y solo se hablaba de eso. Tenía ocho años, estaba en tercero de primaria, y todavía era muy pequeño para darme cuenta de lo que acababa de pasar. Mis amigos decían: ¿vieron las noticias? 

            No recuerdo qué sentimiento mostraba el rostro de la maestra Gaby. ¿Era miedo, terror? No lo sé. Acababa de suceder algo que cambiaría al mundo para siempre.

            Días después, cuando se hablaba de la inminente guerra, una amiga preguntó si se trataba del Apocalipsis y si el fin del mundo había llegado. Días o meses más tarde, no recuerdo con precisión, el maestro de teatro, Julio Nava, nos convocaba para protestar contra la próxima invasión de Estados Unidos a un país del que solo sabíamos su existencia porque había sido vinculado a esa mañana en el que las noticias mostraban a la gente saltando desde cientos de metros al vacío. El mundo se volvía loco y nosotros éramos unos niños actuando en la realidad de los adultos.

            Muchos habremos visto las imágenes en la tele, desayunando o vistiéndonos para ir. Otros las habremos escuchado en la radio, camino a la escuela. No me acuerdo cómo me enteré, solo supe que había sucedido: dos aviones se habían estrellado contra las Torres Gemelas en Nueva York.

            El Memorial al World Trade Center son dos piscinas que llevan al inframundo. Aquí estaban las Torres Gemelas, desde 1973 hasta el 11 de septiembre de 2001.

            La sensación que me da este monumento es que las Torres Gemelas fueron tragadas por la tierra y ahora están invertidas, rascando el subsuelo con sus antenas caídas. 

            El 11 de septiembre marcó al mundo moderno. Un día en el que Occidente maduró de su dulce adolescencia grunge, pop y skater que fueron los noventas, tras el triunfo del capitalismo sobre el comunismo. Solo la caída del Muro de Berlín y de la Unión Soviética habían sido tan importantes para esa generación, ni siquiera la Guerra de los Balcanes en un país de lenguas extrañas que antes era comunista, aun con su televisación que la convirtió en un Reality Show para Occidente, tuvo tanto impacto para el mundo como el 9-11.

            Lo más cercano que había vivido Estados Unidos al 9-11 fue 60 años antes, cuando los japoneses bombardearon Pearl Harbor en la Segunda Guerra Mundial.

            Ese día de septiembre los terroristas de Al-Queda se rebelaban contra las intervenciones de Estados Unidos en todo el mundo y, específicamente, el Medio Oriente. Durante los ochentas, los actos de guerra en Afganistán, en plena Guerra Fría, con la Unión Soviética y Estados Unidos desgarrando esa región, surgieron los grupos islámicos insurgentes y extremistas. La ironía de eso: Osama Bin-Laden, su líder, se formó en la CIA.

            Tras ello, una guerra para derrocar a un dictador, Sadam Hussein, que al final resultó que no escondía armas químicas; más ataques terroristas a los aliados, en Londres y Madrid, y muchos años después el autodenominado Estado Islámico aterrorizando ciudades europeas y americanas; y la justificación patriótica para cometer delitos como tortura, usar drones bombarderos y espiar a sus propios ciudadanos, que resultaría en un neofascismo con líderes y sociedades renovando su xenofobia. El ascenso del mal en este siglo XXI comenzó aquella mañana cercana al otoño en Nueva York. 

            Esta mañana, a poco más de tres meses de que se cumpla el aniversario 18, decenas de personas caminan por la explanada del antiguo World Trade Center, con los dos memoriales –las piscinas que conectan al inframundo–, el museo del 9-11 y el One World Trade Center.

            Las personas, reflejadas en el cristal del museo que dentro contiene un pedazo de fierro de las torres, parecen fantasmas.

            Un par de puestos de souvenirs venden camisetas en honor a los bomberos y policías héroes en el rescate de quienes estaban atrapados entre los escombros de las dos torres caídas, libros con fotografías del día maldito y con las historias de los supervivientes, llaveros, cualquier clase de artículo que pueda comerciarse con los turistas que recorren este lugar trágico. 

            Para no perder las llaves, los turistas cargan en sus bolsillos recuerdos del odio más puro del ser humano. 

            En uno de los memoriales hay, entre tantísimas personas, dos que resaltan. Ambos hombres usan Kufis, el gorro típico de oración de la religión musulmana. Un ataque terrorista perpetrado por creyentes del Islam, que sirvió como excusa para justificar la discriminación contra los practicantes de esa religión en el mundo occidental. 

            Sobre la cicatriz que permanecerá por el resto de la existencia de Nueva York, dos musulmanes reflexionan lo que ocurrió hace 18 años. Son la muestra de que otro mundo, una utopía, es posible.


Paul Antoine Matos: Periodista del sur de México. En 2019 viajó por una decena de ciudades en Estados Unidos y Cuba en 40 días. Verificador para la Agence France Press (AFP) en pandemia. Egresado del programa Prensa y Democracia (Prende) en la Ibero y alumni del programa Edward R. Murrow de periodismo del Departamento de Estado de EEUU. Cursa el Diplomado de Periodismo Narrativo Latinoamericano en Universidad Portátil y ha tomado talleres en el Centro Knight, Casa Tomada, revista Anfibia, entre otros. Miembro de la 5 Generación de la RedLATAM Distitnas Latitudes. Cofundador del Festival Periodismo del Caribe. Le apasiona el periodismo narrativo: crónica, perfiles, viajes. A primera vista parece serio, pero es ocurrente.

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