Del trabajo a casa

Rimbaud nos advirtió que la verdadera vida estaba en otra parte, pero a mí me gustaría añadir, a riesgo de salir con una perogrullada, que lo importante no es tanto saber donde está la vida, sino tener la voluntad de salir a su encuentro. Pero es aquí, a las primeras de cambio, que la insistencia a salir de nuestra zona de confort como un imperativo categórico para alcanzar el éxito o ser feliz se me antoja más como un mantra propio de los que recomiendan “vibrar alto” o pueden permitirse el lujo del turismo espacial: ¿salir del manto protector que me ofrecen las cobijas, las chanclas o la piyama en la tranquilidad de mi casa? ¡De ninguna manera si me dan a elegir! ¿Por qué o para qué?

Es un hecho que (casi) nadie niega que el mundo como lo conocíamos cambió, pero ninguno de nosotros estaba preparado para ello… y si bien algunos de nosotros recordamos el 18 de marzo de 2020 como la fecha exacta en que inició el confinamiento por la Covid-19, resulta mucho más difícil efectuar un diagnóstico diferenciado, apelando exclusivamente a la memoria, y decir qué fue lo que cambió y en qué momento se produjo el cambio. Fuimos ―¡claro!, como suele ocurrir, ha ocurrido y seguramente volverá a suceder tantísimas veces a lo largo de la Historia― ingenuamente optimistas o decididamente ignorantes de la gravedad de la situación. “En dos semanas estaremos de vuelta” prometían algunos; otros pensaban que en junio todo estaría bajo control. Los más pesimistas auguraban que el fin de la emergencia sanitaria coincidiría con el inicio del nuevo ciclo escolar, y pocas, muy pocas personas creyeron en serio que la Navidad o el Año Nuevo se festejaría de manera remota o que la situación continuaría hasta bien entrado el 2021.

Pero la realidad es que fueron los más pesimistas quienes tuvieron razón. El resto de nosotros, en mayor o menor medida, sucumbimos a la inercia de nuestros estilos de vida y descubrimos que la “normalidad” ―con todo lo irreal que debería parecernos un término semejante, porque si algo aprendemos con el paso de los años es que nada es “normal” en esta vida― no era algo inmutable que estaría aguardando ansiosa nuestro regreso. Al contrario, muchísimos aspectos de la cotidianidad más mundana desaparecieron, otros se modificaron hasta quedar irreconocibles, y no pocos se nos revelaron propios de la ironía que conlleva decirse: “¿por qué no se nos había ocurrido esto antes?”. Y es justamente en esta última categoría donde entran la advertencia de Rimbaud sobre la vida y mi perogrullada sobre la voluntad de salir a su encuentro, si bien las propias palabras “salir” y “encuentro” ya no gocen de la misma reputación semántica de antes.

Piénsese como ejemplo de lo anterior en lo que conocemos por “trabajo”. Hasta antes de la pandemia todos habríamos convenido que, sin importar de qué se tratara, este debía desarrollarse en un ámbito esencialmente diferente al del hogar. Escribo “esencialmente”, porque aunque se trate de tienditas, cenadurías, talleres mecánicos o consultorios médicos que forman parte del terreno o construcción donde vivimos, estos establecimientos cuentan con un horario de servicio, una puerta que nos permite cerrarlos y no se diga regular la entrada de prospectivos clientes y trabajadores durante la jornada. Nuestros hogares, por el contrario, no necesitan, o al menos no necesitaban, de semejantes formalismos para llevar a cabo la no menos ardua tarea de vivir en ellos.

Sin embargo muchos empleados fuimos testigos de cómo la distancia existente entre estos dos espacios se esfumó a causa de la pandemia. De la noche a la mañana el mercado de las plataformas digitales experimentó un crecimiento solo comparable al de la industria de los cubrebocas, seduciéndonos con las bondades del trabajo a distancia, la supervisión en línea, y las actividades autoevaluables que podían dejarse a clientes y alumnos. Descubrimos también, claro está, que en estos mismos lugares (fábricas, escuelas, oficinas, mercados, etc.) la convivencia con otras personas le agregaba valor a nuestra experiencia del mundo, pero que dicho valor podía separarse perfectamente de los motivos originales por los que habíamos llegado a tal sitio. Menciono, por poner un ejemplo de lo anterior, al estudiante de secundaria que me dijo con voz indolente hace poco: “Profe, ya quiero irme a la escuela pero no quiero ir a estudiar”.

La situación de miles de afectados no es diferente. Sí, sé que escribo desde el privilegio de no tener que vender mi fuerza laboral a destajo o vivir al día bajo la normalización del subempleo y el comercio informal, pero probablemente todas las personas que estén leyendo este texto puedan reconocerse a sí mismas en esta situación y, al hacerlo, tal vez estén observando el árbol que les impide ver el bosque. No, no estoy examinando el privilegio de unos sobre otros ni emitiendo juicios de valor al respecto: estoy diciendo que nuestra manera misma de apreciar la realidad cambió y ni cuenta nos dimos del genio maligno que se coló por la puerta diciéndonos que el mundo, simplemente, ya no era como antes.

Ahora tenemos la oportunidad de reinventar ciertos espacios ―completamente anquilosados desde antes del advenimiento de vacunas y antibióticos― consagrados a esa dupla que conforman la productividad y el desarrollo, pero susceptibles de seguirse realizando en línea y separándolos de los sitios, tanto públicos como privados, destinados a fomentar la convivencia y la interacción humana de calidad, sin ningún otro fin .

Los gurús de las políticas públicas y los defensores gubernamentales de esa criatura llamada “el tejido social” harían bien en aprovechar la coyuntura para mejorar las condiciones de vida de sus conciudadanos, apelando a esta innovación que apareció casi por sí sola. El trabajo en casa nos da la oportunidad a introvertidos y antisociales de ser más útiles sin tener que atravesar los rituales del caos en que hemos convertido los centros urbanos. No, tampoco me hago de la vista gorda con los otros problemas que se desprenden de esta situación: el teletrabajo se presta a una larga serie de abusos en todos los países donde la explotación es sistemática y la precarización algo institucionalizado pero, de nueva cuenta, los empleos sin contrato, ni prestaciones laborales de ley o pago de horas extras evidencian que estas prácticas se deben más a la corrupción e impunidad (exaltadas casi como valores nacionales) que al concepto de “trabajo” en sí. La violencia intrafamiliar también podría esgrimirse como objeción por el aumento significativo en el número de casos reportados mientras todos (o casi todos) estuvimos en casa, pero esto se explica también ―sin ningún afán por minimizarlo― gracias al machismo estructural en el que estamos sumidos. En ambos casos la culpa no la tiene el home office, la tiene nuestra declarada incapacidad para ser jefes, supervisores, padres o parejas responsables afectivamente y solidarios.

Sí, como decía Rimbaud, la verdadera vida está en otra parte, pero todo parece apuntar a que muchos tomadores de decisiones se aferran a un modelo de trabajo que, ahora, a muchos nos parece no solo anticuado, sino inaceptable. ¿Tenemos la voluntad de salir a su encuentro, aunque esto signifique ―paradójicamente― permanecer en casa y reservar otros ámbitos para la socialización? ¿Por qué nadie se toma la molestia de cuestionar estas inercias estructurales que moldean a nuestra sociedad? Tal vez la culpa tampoco sea de la sociedad en sí, sino se deba a los propios mecanismos que tan celosamente cuidan (o cuidamos) muchos de sus beneficiarios. Baste con recordar cuándo fue la última vez que vio al dueño del colegio o al primer ejecutivo de cualquier transnacional anticipando con gusto la llegada de conserjes, maestros, almacenistas u operarios al lado de la entrada de personal, sirviendo café y galletas mientras daba palmaditas en la espalda a los más puntuales. Podría apostarles que esto no es algo que suceda en nuestro país a menudo. Si interrogamos a cualquiera de los aludidos jefes o propietarios seguramente nos dirían algo similar a lo que profetizó Rimbaud, pero a la pregunta natural de en qué parte está la verdadera vida dudo que alguno de ellos nos dijera: “aquí, en el lugar de trabajo”.


Francisco Barrios. Cursó estudios de filosofía y matemáticas antes de dedicarse de lleno a la edición, la docencia y a la escritura. Como editor trabajó en el F.C.E. bajo la tutela de Alí Chumacero, y en la Dirección General de Publicaciones de la UNAM tuvo por tutor a Tomás Segovia. En su labor como poeta formó parte del grupo «Flor de polvo» alrededor de Porfirio García Trejo, y como cronista fue colaborador de la sección cultural de El Universal bajo la dirección de Paco Ignacio Taibo I. Su trabajo autoral ha aparecido en diversas antologías, así como varias publicaciones físicas y electrónicas de México y el extranjero. Le gustan los perros, la novela negra y las sopas instantáneas.

Editorial

Un comentario sobre “Del trabajo a casa

  1. Hay ideas que me dejan pensando bastante, me gustó la figura del introvertido puesto que yo me siento identificado. En las redes siempre he visto la frase de los nombrados «whitexicans», diciendo hay que vibrar alto tomándose una foto en algún paraje turístico, pero le dan poco valor a la interacción con personas y con los animales. Siempre con el elemento individualista. Me llevo muchas reflexiones, gracias Frank.

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