Las Imposibilidades y los Limites del Lenguaje

Esta semana no he leído.

La semana pasada leí dos libros que no se pueden leer.
Los editores de Gris Tormenta me regalaron Ilegible de Pablo Duarte y al día siguiente compré Trizas de Laura Ramos Zamorano.
Me gustó más el que menos pude leer.
Vivimos en una esfera de mensajes unidireccionales, modelado por las redes sociales, donde cada quién dice o muestra lo que quiere. Una sinfonía de monólogos sincronizados y al mismo tiempo asincrónicos (basta abrir Twitter y encontrar extrañas coincidencias de tweets que no están relacionados, pero que hacen sentido en conjunto) donde cada uno de nosotras puede expresar con la certeza de no ser escuchado.
Hemos llegado a comprender y aceptar esa imposibilidad de comunicación de la que hablaba Nietzsche, la torre de Babel de la que tuiteaba el otro día Odette Alonso, la metafísica del lenguaje a partir del pensamiento accidental que pregona Faesler.
Y es que nos entendemos en el silencio.
O la reverberación de reproducciones de ideas efímeras que en algún momento hicieron sentido y que de alguna manera aparentan seguir haciéndolo.
Crecimos (al menos los de mi generación) escuchando que existía una realidad concreta y hemos descubierto (los así lo hemos aceptado) que toda realidad es perspectiva, es construcción.
Vuelvo al asunto de los libros.
Conozco, por una mera coincidencia, a Pablo Duarte una reunión a la que yo mismo me invité (el Bar Felina nos recuerda tiempos mejores) y un día después recibo de regalo su libro Ilegible.
Ilegible intenta, desde su concepción y hacia el interior, explorar y expandir los límites de lo escrito. ¿quién se atreve, desde la perspectiva editorial a hacer un libro que rumie sobre las posibilidades de la imposibilidad de un texto?
¿Quién—y sobre todo con qué finalidad— se busca expandir una pregunta cuya respuesta conocemos nula, absurda o vacía, hacia sus máximas consecuencias, hasta la posibilidad de agotamiento?
La vanidad salva, decía Ofelia Álvarez, que llegó a los 103 con la energía de sus convicciones. De igual manera, Pablo, apuesta por toda esa energía para derrocharse, con la única intención del primer impulso. Del espacio que él afirma que existe entre la concepción y la grafía.
Porque precisamente, en el límite del lenguaje, está la salvación.
Y sé que al decir salvación, estoy automáticamente remitiendo a una perspectiva redentora (y no pido disculpas) pero hacia allá apunta mi apunte. No tenemos que tener sentido para seguir (¿avanzando?). No tenemos que salvarnos de nada, pero queremos.
Luego encuentro, ahí sí, por acto de magia, de intuición o del electromagnetismo de mis pulseras, un libro que no tiene portada, un libro que no tiene páginas, ni palabras.
El mejor libro que he leído hasta ahora.
Conseguí (las maravillas de la tecnología cuando funciona) el contacto de Laura y le escribí. Le pedí que si podíamos platicar acerca de su libro. Y me dijo que no. Prácticamente me contestó con lo que el doctor Anders Österling leyó en 1954 a nombre de Hemingway: lo que quise decir es lo que dije. Lo que quise escribir es lo que escribí. Palabras más palabras menos. Ambos lo expresaron más bonito que yo, pero ese es el punto. A los escritores hay que leernos.
Trizas, es un libro más ilegible que Ilegible. Y no estoy tratando de marcar una competencia. Todes sabemos lo perjudicial que resultan las comparaciones. Pero si Ilegible me había hecho volver a leer (durante toda la pandemia el único libro que pude terminar fue Temporada de Huracanes), Trizas me hizo recobrar mi fe por la literatura.
Ilegible explora (muy desde el plano racional) las posibilidades de la creación, de la edición, y de la lectura. Nos expone al miedo fundamental del error, del acontecimiento, del vaso lleno de ojos que nos juzgan no solo desde el cómodo silencio de lo que no existe, sino que nos llega incluso a impedir toda posible creación.
Pero Trizas lo explota todo.
Trizas es un libro hecho a partir de recortes semitransparentes de una libreta de apuntes. Tal vez un diario. Trizas nos hace trizas.
El lector desaparece (inserte el emoji de payasito) al descubrir que no existe en absoluto un indicio, ni una clave interpretativa.
No, Laura cortó todo lo que había dicho.
Nos comparte fragmentos, pedacitos, a veces, en una página no es posible distinguir ni siquiera una palabra.
¡Qué belleza!
¿No es eso a lo que nos enfrentamos a diario?
¿No vivimos todo el tiempo inmersos en un flujo de mensajes incomprensibles, indescifrables, fragmentados, extremadamente personales, íntimos, absolutos y al mismo tiempo intransferibles?
¿No es el lenguaje la saliva? ¿Las salidas improbables de un laberinto de constantes improbabilidades de sentido?
Por eso estos libros me traen loco.
No solo por su aspecto absurdo, existencial, aparentemente vacío y deliberadamente incomprensible, sino—y sobre todo—por su capacidad para conectar con la infinidad de sentido que se le puede encontrar desde la capacidad interpretativa del lector.
Denme un libro que no pueda leer, para que entonces yo pueda compartir lo que realmente pienso. Se puede decir todo.
Tanto Pablo como Laura nos están regalando la oportunidad de entender lo que queramos, a partir de las claves amorfas de lo que ellos interpretan como realidad literaria.
Yo sé que mucha gente cree en la existencia de una realidad objetiva y concreta. Yo no. Y me alegra que Laura, Pablo y muches otres tampoco. No es que vayamos a correr a estamparnos contra la pared, tampoco. Pero creemos en el lenguaje más como éter y menos como territorio. Me enorgullece leer a dos mexicanes que se atrevan a aceptar la incertidumbre como el espacio de movimiento hacia dimensiones que nos expanden no solo de la realidad, a través del lenguaje, sino de las posibilidades—y aquí sí me la voy a volar—del ser. Es decir, de la identidad, pues.
Solo en una dimension que está constantemente cuestionando y transformando los límites de su propio lenguaje es que nosotres podemos encontrar nuestro potencial.
Leamos y escribamos sin sentido. Es la única manera. Amén.


Carlos José Pérez Sámano. Es un narrador y poeta nacido en México.Tiene Maestría en Bellas Artes en Escritura Creativa y Maestría en Artes Editoriales por la universidad de Rosemont College. Es autor de los libros Corazón Fresco, Africa Sueño de Sombras Largas, Cuentos desde Aquí y Ella decía ser mi esposa. Su trabajo ha aparecido en antologías en Argentina, España, Italia, Estados Unidos e India. En 2021 recibió el reconocimiento Everyday Genius por parte de I Belong Philly y el Da Vinci Arts Alliance por ser un migrante ejemplar para la comunidad de Philadelphia. Y está nominado al Premio Solas 2022. Es el primer Artista en Residencia por parte del Museo de la Universidad de Pennsylvania con un proyecto que enseña poesía a los migrantes latinoamericanos. Actualmente escribe un libreto para la Orquesta Ópera Nacional de Montpellier, en Francia acerca de descolonización y la presencia femenina en la historia. 

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