Las estrellas pardas de Marosa di Giorgio y el lenguaje vegetal

Marosa di Giorgio

La liebre de Marzo

Calicanto, Arca Editoria

Montevideo, 1982

87 pp.

De todos los libros que llegan a tus manos, existen algunos que llegan de forma inesperada, como regalos de un ser que te está escribiendo en su cuaderno de notas: aguardan vivencias o presentimientos que has buscado en el tiempo. Entonces pasan a ser tesoros que te complementan y, en el mejor de los casos, te ayudan a formar el esqueleto o mapa de las próximas aventuras por vivir. Por ejemplo, La vida de las plantas, de Emanuele Coccia, es un libro que conoce algunas aventuras que desde hace tiempo yo ansiaba explorar. Pero tal exploración despertó y fue posible en mí gracias a la poeta Marosa di Giorgio.

 Reformulo: existen libros que son parteaguas de la vida, se convierten en maestros, o hasta en cimientos de nuestros hogares mentales. Cuando los leemos, muchas veces parecen contar el poema-vida que acontece en nosotros; nos enseñan los colores que visitamos y los caminos que, quizá sin conciencia plena, recorremos o hemos recorrido. Con un poco de paciencia uno logra reescribir, al leer, cómo se adentra en ese mundo, y las continuaciones de esa exploración que uno ansía hacer, y que hace, se presentan en libros, en regalos de un ser que nos escribe en su cuaderno de notas y nos permite reafirmar ese descubrimiento que, de inmediato, es ya un parteaguas. El libro del que hablo es La liebre de Marzo de Marosa di Giorgio, y es la enredadera de un abundante jardín que, con algo de suerte, puede convertirse en bosque interior.

   Las plantas son una maravilla y tienen un papel relevante en nuestras vidas. Ellas, que actúan sin actuar, modifican el mundo entero sin apenas moverse. Las plantas permiten concebir una vegetalización o revegetalización del lenguaje: hacen del cuerpo del idioma un cuerpo vegetal. Lo que podría ser a la vista humana un cuerpo frágil y quebradizo que aquí germina, en la otra orilla, en el allá, crece y da vida a todo un mundo. Esta vegetalización es autoreferencial como autótrofa: los poemas no denotan nada, son microsistemas orgánicos sin alegorías ni metáforas. Los poemas que Marosa di Giorgio ha creado se convierten en productores primarios de materia orgánica que circulan sin connotaciones ni denotaciones. El poema se presenta como energía de baja dinámica, más orgánica que organizada.

   Así es como puedo describir La liebre de marzo: un mundo más orgánico que organizado. En un primer instante, y para mejor exposición del libro, podríamos jugar a hacer un inventario de los seres que lo habitan. Podríamos, incluso, separarlos por color, por tono, por aparición y evocación. Por ejemplo, una lista de algunos seres que aparecen:

Huevos                       

Ángeles           Tono azul. Aparecen cuando no existe turbación. Hay claridad y armonía

Liebre

Murciélagos

Muñecas                     Detonan colores pardos, violetas u oscuros. Hay turbación o angustia; a veces sólo es incertidumbre.

Vírgenes

Dalias

Amapolas       Aparecen como el color del misterio.

Higos

Pero esto nos llevaría a clasificaciones que conciben a Marosa como una niña exploradora que, en un disfraz hecho de mantones robados a su madre, encuentra la forma perfecta de hacerse amiga de los espíritus, animales y plantas que la rodean. Esa lectura, aunque posible y sensata, negaría el poder creador que Marosa tiene para generar mundos, mundos que poco a poco muestran su organicidad; además deja de lado el aire macabro que rodea buena parte de sus poemas, y que algunos críticos han señalado como erotismo. Ellos ven la obra de Marosa como dentro del Jardín de las delicias del Bosco. Yo apelo, por otro lado, a la inmersión que la poeta desarrolla al crear su mundo: a través de la inmersión conduce al lector y lo invita a ser parte de ese espacio lleno de vida gestándose.

   Coccia dice: “Las plantas son la herida siempre abierta del esnobismo metafísico que define nuestra cultura.”[1]  Al ignorarlas o abordarlas como decoraciones del árbol de la vida, en vez de concebirlas como dadoras de vida hemos invisibilizado su poder y, por lo tanto, poco sabemos de su lenguaje, de las palabras para nombrar sus manos, sus ojos, sus bocas, sus olores. No sabemos nombrar casi nada de ellas. Hablar de sus hojas, de sus propiedades y su composición, parecería un asunto de herbolaria o una tarea exclusiva de los biólogos, y he aquí una de las razones por las cuales la poesía de Marosa resalta: mirar las plantas es mirar en lo cotidiano lo extraordinario. Marosa emplea estas palabras:

El gladiolo se enfermó

Desde sus pavorosos cabellos rosados enviaba chispas a mi habitación. En todas sus bocas abiertas tenía lágrimas, rosas, y, también huesos, y peines. Aterrada clamé a la Virgen: “Llévalo”, pero la virgen no se separaba de la estampa. Y él ardía como un brasero, una diadema.

Adentro de los pétalos se le formaban cosas.

Cuando quise ayudarlo, ya, era inútil. 

Y cerca del alba falleció.[2]   

La capacidad de ver poesía en los procesos biológicos, es una de las virtudes que Marosa sabe desarrollar a lo largo de su obra. La poesía es la vida misma y la inmersión en ella nos lleva a ser parte de su unidad. Marosa reconoce que no hay fronteras estables, que el mundo no se puede reducir a un hogar o casa propia, al resguardo de una identidad inmutable. Pero ¿cómo se logra tener los ojos correctos para ver lo que Marosa ve? Una respuesta, quizá, es haciendo uso de la inmersión, concepto que Emanuele Coccia explica e identifica como una propiedad en las plantas. Para ellas, estar significa hacer mundo, y a la inversa, hacer mundo significa estar. ¿Cómo es esto posible? A través de la fotosíntesis, por ejemplo, que muestra otros fenómenos como la simbiosis, la simbiogénesis, la transformación del aire, el soplo del mundo.

Estar inmersos no se reduce a encontrarse en cualquier cosa que nos rodea y que nos penetra. La inmersión como lo hemos visto, es desde el inicio una acción de compenetración recíproca entre sujeto y entorno, cuerpo y espacio, vida y medio; una imposibilidad de distinguirnos físicamente y espacialmente: para que haya inmersión, sujeto y entorno deben penetrarse uno y otro. [3]

De tal forma la inmersión pasa a ser una relación más profunda que la acción y la conciencia, es tan profunda como, o quizá más, que la praxis y el pensamiento. Es el estado que mapea un lugar casi metafísico, o quizá más bien liminal, donde la identidad es radical por estar y hacer. Al construir el mundo que existe en La liebre de Marzo, Marosa no tenía intenciones de física, biología o herbolaria, y tampoco creo que quisiera presentar un postulado de ecología o que quisiera adentrarnos a una filosofía que parte de la planta como Coccia lo hace. Pero lo que sí busca es que nos adentremos en el florecimiento, que veamos la semilla, el pétalo, las raíces en las alas de las hadas. Que la vegetalización del lenguaje sea posible. Y que habitemos aquellos mundos que su escritura atraviesa. En algún momento Marosa declaró que su poesía retrataba los momentos más plenos que vivió en su infancia, cuando habitaba cerca de los huertos y zonas rurales de Uruguay, donde junto a sus abuelos y padres observó la maduración de los frutos —fresas, uvas, estrellas—; seguramente aprendió a escuchar los colores de los tréboles, de los alhelís, de las mariposas, y así fue como surgió la poesía en ella. Porque lo que Marosa ofrece es una fuente de abundancia que tiene sus propios ritmos y movimientos. En su obra el lenguaje se amplía y fluye con la naturaleza, baila y gana los ojos para ver lagunas y cerros huir, estrellas que bajan y aterran a los animales.

Aparecía una planta mala en los jardines. Sus hojas eran negras con estrías; su flor roja, errante, la recorría en varios sitios. Era como si usase antifaz, cortaplumas. Todos temieron tenerla en sus jardines pero, ella sólo se mostró de tanto en tanto. Y al atardecer, a la media noche. La lamparilla roja andando. Duró toda mi larga infancia, y miró a todos, y a mí más que a ninguno. Como si quisiera enseñarme un secreto muy antiguo y una cosa abominable.[4]

Como dije, hay libros que son parteaguas. Las palabras de La liebre de Marzo crecen cual enredaderas abundantes de un jardín que, con algo de suerte, puede convertirse en bosque; hilvanan un cosmos de formas indecibles, te permiten compartir un mismo soplo.

BIBLIOGRAFÍA

COCCIA, E. (2017). La vida de las plantas. Una metafísica de la mixtura. Miño y Dávila.

GIORGIO, M. di (2015). Las Dalias de Satán. Niño Down.


[1] Emanuele Coccia, La vida de las plantas. Una metafísica de la mixtura, p. 17.

[2] Marosa di Giorgio, Las Dalias de Satán, p. 9.

[3] E. Coccia, op. cit., p. 47.

[4]   M. di Giorgio, op. cit., p. 28.

Yetzel Becerra Navarro. Tercer lugar en el Premio Nacional al Estudiante Universitario 2021 de Poesía “José Emilio Pacheco”. Estudió Creación Literaria en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Primer premio del concurso de Dramaturgia escrita por mujeres de la compañía “Contigo América” con la obra Pueblo negro. Tallerista independiente de “Poesía escrita por mujeres”. Docente de Creación Literaria y Literatura en la Escuela de escritores de Lenguas Indígenas. Cuentacuentos. Coeditora de la revista electrónica Femfutura.

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