Western

Nunca más nos robarán lonches, ni pelotas de fútbol, dice Laura después de estirar los pliegues de su falda a tironcitos. El resto de niños, con las manos cerradas en los tirantes de las mochilas, asienten con la cabeza y presta atención a cada gesto y palabra de su jefa de grupo. Alguien dice que ya viene el maestro y todos huyen a sus lugares.   

            Una torre de cuadernos sobre el escritorio. El maestro raya tachas y palomas sobre sumas y restas. Al levantar la mirada, calma inusual: con las manos sobre los pupitres y la vista hacia el frente, cada alumno espera a ser nombrado para levantarse e ir por su tarea. Las indicaciones de Laura son pensadas: conseguir armamento, no temer a pesar de la diferencia de peso y altura, todo justo después de escuchar el timbre para salir al descanso. Esa será la señal. El maestro se rasca la nuca, suelta un suspiro y continua con su labor.  

La señal se activa.

Con una artillería hecha de piedras y palos, la mirada centrada hacia sus enemigos, a un paso militar, redoblado, Laura y su pequeño ejército marcha hasta el campo de escaso zacate y porterías carcomidas por el óxido. El grupo de cuarto grado, frente a ellos, juega al “mete gol porterea” con la pelota que un día antes arrebataron de las manos de Rogelio. Dejan de jugar, se cruzan de brazos y sonríen en señal de amenaza.   

¿Qué harán? pregunta el que sostiene la pelota contra su cadera. 

Una brisa entre ambos grupos levanta un pequeño remolino de polvo. Narices se arrugan, quijadas se tensan, corazones bombean con mayor rapidez.

Laura llena sus pulmones de aire y los vacía con un grito que indica el momento de abrir fuego. La lluvia de piedras resulta tan inútil como fugaz. El grupo de segundo grado es perseguido y masacrado en un ambiente que se torna irrespirable; carreras y revolcadas levantan nubes de tierra roja: Rogelio sostiene la boca de su estómago, frente a quien lo golpeó y que ahora tuerce el brazo a otro de sus compañeros. El rostro de Manuel se aporrea contra el suelo al ser derribado de un puñetazo en la nuca. Marcela y Luis alcanzan a treparse hasta el travesaño de la portería, pero Orlando es rodeado; no tiene escapatoria, pronto recibirá golpes y patadas por cuatro de sus rivales. Ángel recibe un rodillazo en la cadera. Luna es arrastrada de los cabellos. Lucía es derribada a patadas en los tobillos. Y Laura, trepada en la espalda del enemigo, con los brazos enroscados en su garganta y mordiéndole uno de los hombros, gruñe y patalea segundos antes de que la guerra llegue a su fin. La directora, el maestro de educación física y el intendente aparecen en medio de la escena, abriéndose paso con manoteos, entre la nube de polvo.

¿Qué chingado pasa aquí? pregunta el maestro de educación física. 

 Por unos segundos, es como si todos se congelaran; en cámara lenta ambos grupos voltean hacia los adultos y a pacitos, con las manos en la espalda, se separan entre sí.

Ellos comenzaron, contesta uno de los chicos de cuarto grado.

Con una mano en la frente y la vista al cielo, la directora susurra para sí maldiciones sobre la escuela, luego amenaza al grupo de cuarto, dice que ya están grandes para medirse de esa manera con los de segundo. Todos recibirán un citatorio para sus padres, grita la directora. Todos, repite mirando a Laura, incluyéndolos a ustedes.  

Por una de las ventanas, de pie sobre la recuperada pelota de futbol, Laura se asoma a la enfermería para ver a sus compañeros con gasas y curitas en brazos y frentes: heridos y heridas que se voltean a ver con la respiración resquebrajada, débil, que se da al terminar un llanto, pero con una sonrisa sutil, incluso en el momento de secarse las lágrimas en sus rostros palpitantes, manchados de sudor y tierra. Laura también sonríe.   


Jorge Orlando Correa. Textos suyos aparecen publicados en medios como Punto de partida, Cinosargo, Pez Banana, entre otros. Autor del libro de cuentos Ya no hay fechas importantes (Pinos Alados Ediciones, 2020).

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