La poética big bang: entrevista a Aldo Vicencio so pretexto de leer Pulsar

Cada libro, igual que cada persona, llega a nuestras manos de tan distintas maneras que pueden contarse a través de incontables historias, a pesar que todas comiencen –por decir algo– con un lugar tan clásico: una cafetería, una ida al parque, una lectura en vivo, un anuncio por redes sociales, una presentación; el propio Big Bang sigue poniendo el universo en la palma de nuestras manos. Lo que quiero decir es que se puede llegar más lejos de lo imaginable sin siquiera coincidir en el mismo lugar, a la misma hora, pero algo ocurre y explota, tal y como comenzó la vida. Tal y como sigue ocurriendo.

Instagram es tan mágico y misterioso –me gusta pensarlo así en lugar del panóptico de Zukemberg– al desencadenar indistintas maneras de descubrir cualquier cosa o cualquier persona, como sucedió entonces, que a partir de las actividades de Nido de poesía, iniciativa de la editorial LibroObjeto dirigida por Diana Ramírez, que al dar cabida a todas las aves con su ávida inclinación por cantar poemas a través de una transmisión en vivo, fue que conocí a Aldo Vicencio. Desde entonces comenzamos a seguirnos e interactuar, especialmente a través de las historias; una de las cuales propició que le comprara una copia de sus poemarios, obviamente dedicado, ¿qué sería de comprarle a un autor su libro sin aprovechar pedirle una dedicatoria aparte de su firma? Pensándolo bien, en todo lo que compramos ¿dónde está la firma del vendedor?, ¿cómo podría firmarse una cebolla? Es mejor no proyectarse.

Me interesé en leer Pulsar (2019, Ediciones Camelot América) por el antojo de romper la dieta que venía leyendo hasta el momento, probar algo más fresco. Generalmente la poesía asombra, pero en este caso me causó esa sensación posterior al vértigo de estar frente a frente con el vacío. No podría describirlo, por consiguiente, más allá de hacer un análisis exhaustivo sobre el texto, opté por entrevistar directamente, de una manera no-lineal al autor sobre su obra, donde la inmediatez distante pudiera dar otra textura, tanto a las preguntas como a las propias respuestas; un toma y daca más próximo a la lectura en texto que a una entrevista propiamente dicha cara a cara. En consecuencia, la presente conversación está tomada íntegramente con permiso de los participantes de su chat directo en Instagram.

F: Justo quería preguntar algunas cosas de Púlsar. Porque en una primera lectura, la introducción que le hicieron me quedó un poco incompleta. Hay más.

A: Dime amigo 🙂

F: ¿Pero es bastante hermético. Qué sentías por armarlo?

A: ¿El libro?

F: Sí, ya como libro

A: Bueno, en sí, ese libro salió de un tirón en una semana. Creo que en ese momento estaba pensando en, precisamente, en una estrella púlsar, en este palpitar cósmico de una estrella muerta, es decir, la reconvención del sentido de lo que existe. Eso lo extrapole a la forma del lenguaje en lo poemático. Es decir, cada apartado es la pulsación de lo que compone a lo poemático, a la atomización y extrañamiento del lenguaje en él

F: ¿Sentiste que habitabas cada una de esas pulsaciones? Porque hay momentos donde se siente muy próxima esa sensación de «morir lejos», el apagarse, la desarticulación

A: Si, de hecho sí. El sentido del desfallecer fue muy fuerte en todo el texto, y hay partes donde me aproxime lo más pude a la muerte. Tenía mucho la sensación de ser un proceso alterno u opuesto al del éxtasis místico. Yo no me vaciaba para rebozar del todo, yo me vaciaba para rebozar precisamente del vacío. Una amiga comentaba y reseñó que se trataba de una mística incompleta, yo tía diría de una mística-que no es. *yo me atrevería a decir.

F: En la dialéctica siempre cabe la indivisibilidad de las yuxtaposiciones; se necesita una de otra. Necesitabas encontrar el vacío, vaciarte. ¿Qué encontraste? O más bien, ¿Lo encontraste?

A: Perdona, el auto corrector

F: Jaja no te preocupes

A: Creo que encontré la forma, esa indeterminación que no es rotación, ni linealidad, ni alteridad. Es indeterminación, «blooming chaos» me viene a la cabeza inmediatamente. No es oscuridad, ni luz, es ese horizonte que parece extenderse si dirección, armonía o simetría.

F: Como el tetramorfo

A: Ándale. O un poco la teoría plotiniana, el árbol sefirético, o el fractal.

F: O la escena de Odisea 2000 cuando el astronauta viaja a la dimensión donde se encuentra de viejo.

A: Si, me parece una escena que ilustra de forma muy próxima esa experiencia

F: ¿Es una huida o el límite seductor?

A: Diría que más bien, la radicalidad del extravío, un no-centro, un siempre-estar

F: ¿Cómo empiezas a pensar en estrellas muertas?

A: Con el insomnio, el insomnio del vértigo en el estómago, de pensar lo que es el espacio: nada, ingravidez, no cardinalidad, solo una apertura que no deja de abrir su boca.

F: En la cosmovisión náhuatl las fundaciones de sitios ceremoniales debía cumplir con el precepto del chicomostoc un espacio, una cueva que vincula otras 7 cuevas

A: Así mismo en lo maya con los cenotes

F: Y tal vez algo muy próximo sería en lo renacentista con las grutas de los jardines

A: El vacío ha estado ahí presente

F: ¿Fue una sirena a la que accediste a la invitación en sus brazos? ¿Cuál sería para ti el valor o el sentido del vacío en la actualidad?

A: Perdona amigo, estaba cenando

F: No te preocupes jaja provecho 🙂 Para retomar, ¿cuál sería para ti el valor o el sentido del vacío en la actualidad?

A: El de la posibilidad. Es decir, encuentro en la palabra del vacío algunas consideraciones además del horizonte del nihilismo posmoderno en el que se le suele situar. Considero que el vacío es una apertura o una fractura del sentido de realidad o mundo que muestra no solo el entorno de indeterminación en el que sucede de forma inevitable la existencia sintiente. Esta apertura hacia lo que no está, no es, es decir, lo informe, nos muestra la necesidad de considerar este no acontecer como la expresión más abstracta de la posibilidad, su radicalidad, o brutalidad, si se quiere. Lo que no es, y por tanto, no está determinado, puede ser. Su contingencia lo moviliza hacia diversos rumbos. Es la fatalidad de lo que transita. La inercia de lo inevitable, y por lo tanto, la inercia de lo consciente y lo inconsciente. Más allá de la linealidad o lo cíclico, está ese movimiento sin rumbo, que se precipita sobre las condiciones que lo van posibilitando. Retornamos al «Amor fati» nietzscheano.

F: ¿De qué manera se dio tu encuentro con el vacío?

A: Creo que siempre ha estado vinculado a mi de forma cotidiana. Desde las primeras decepciones y heridas de la infancia, pasando por el dolor y el sufrimiento en la juventud, hasta ahora. Es la incertidumbre de lo real, de las circunstancias políticas, sociales, históricas y materiales de nuestra época. Es la vulnerabilidad con la que lidio; son mis afectos violentados, o invisibilizados. Es mi cuerpo cuando se enferma, y siento que mi alma se reduce a una sombra que se va desbaratando con el viento. Es difícil nombrar para mi un momento donde tuve consciencia del vacío. Conceptualizarlo, fue hasta los dieciocho, diecinueve años Pero su conciencia, creo que fue con la muerte de mi tío materno Jorge, la muerte de mi abuela materna Mamaíta, y la muerte de mi abuela paterna, Esperanza. Son los primeros momentos que alcanzo a recodar donde haya tenido la sensación de un agujero absorbiendo mis sentimientos, y dejándome solo el llanto

F: ¿Y al volver del vacío, qué te quedó en mente?

A: Más que en mente, en mis emociones, la afectación. Apenas es digerible la gravedad de un entorno que solo es, sin mayor razón. En todo caso, hubo impresiones, intuiciones. La no centralidad, la no moral, la no linealidad. El no-significado. Un prado de flores sin oler ni nombrar. Las direcciones desconocidas. El dolor, pero también, el gozo al salir del dolor.

Todo terminó ahí. Desde entonces, la entrevista quedó inerte, una enana blanca con justa medida. Cada vez que regreso a ella no puedo evitar pensar que no pudo terminar de mejor manera tal y como empezó, pero al igual que el Big Bang, el capricho de que todo diera inicio es materia que todavía se desconoce, solo hay un gran halo negro que todo lo cubre antes de que duela la cabeza, pero así son las cosas, hay veces donde no queda de otra más que solo disfrutar el espectáculo decir: Bien, ya cumplí mi misión aquí. Se preguntarán sobre qué misión si nada ocurrió, una risa fugaz atravesará el viento: ¿Ah, no?


Francisco José Casado Pérez. Arquitecto y restaurador de edificios históricos. Director en Escrúpulos Editorial. Colaborador en distintas revistas literarias digitales de México, Argentina y Perú. Miembro de la 4ª generación de Nido de Poesía, Editorial LibroObjeto. Mención Honorífica del I Premio Internacional de Poesía Bruno Corona Petit 2020, Venezuela; Ganador del I Concurso Literario Eiruku Ediciones, 2021, Argentina. Aparece en Pandemials. Una antología viral (2021) de Sangre ediciones. Recientemente fue editado Para mirar los pasos, su primer poemario y próximamente formará parte del tercer volumen Ant[røp]ología del Fuegode Ediciones Palindromus.

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