Las mamás

El camión llega a la parada, hace el ruido que a los hermanitos les hace sentir como si fuera la primera vez que lo oyen. Todo vuelve a empezar.

—Ella —dice el niño.

—Sí, ya la vi —responde la hermana mayor.

Una mujer alta y corpulenta baja del camión, trae una mochila pesada sobre su espalda, el cabello despeinado y las marcas en su rostro como huella de que el sueño la alcanzó en el camino.

Una vez más los hermanitos escogen a quien más les recuerde a su mamá, le piden que si los puede acompañar porque algo ha sucedido donde duermen. 

De alguna manera se acercan a las mujeres y las convencen de acompañarlos. Nadie ve raro ese gesto, la gente del pueblo solo sabe que su madre los dejó, y creen que necesitan compañía. Todas aceptan siempre, ninguna les ha dicho que no.

Ya dentro de su cuartito, la invitan a sentarse y le dan un té. Un té de esas yerbas que su madre les daba para relajarlos y dormirlos antes de salir a tomar. La mujer se queda dormida.

Los niños la peinan, la besan. Toman perfume que le han quitado a las otras y se lo rocían, la abrazan, la miran, la dejan como a la mami que extrañan y que nunca tuvieron.

—Esta si parece mamá —dice el pequeño.

Le hablan como a las otras, le cuentan su día y juegan a que ella les responde, imaginan cómo sería la voz de esa mujer como madre. Repiten la misma rutina como con las que han estado allí. Hay besos, miradas largas, lágrimas silenciosas. Es casi un ritual. Una ceremonia que repiten con cada nueva madre.

Entrada la noche “la mamá” despierta desconcertada, no recuerda haber llegado a ese lugar, pero los hermanitos le dicen que se ha quedado dormida

—Estabas muy cansada —suelta la hermana con una sonrisa que la asusta—. No quisimos despertarte.

La mujer sigue adormilada y los niños parados frente a ella la observan con ojos grandes y estáticos, los dos le sonríen. A la mujer la invade el miedo, quiere salir corriendo de ahí.

—Ya, ya debo irme niños —soltó temblando. Olía a perfume.

Los niños la dejaron ir, siempre las dejan ir, ninguna se queda. 

—Esta si me gustó —dijo el pequeño.

—Sí, pero ninguna nos quiere. Mañana vemos a otra, ya vamos a dormir.


Eunice Sánchez. Estudio Pedagogía por parte de la Universidad Pedagógica Nacional. Es acompañante escolar y maestra particular. Madre feminista, pro lactancia y defensora de la crianza respetuosa. Ha colaborado en sitios electrónicos como Enpoli y Jamlet Inculto. Actualmente se dedica a la escritura de manera más constante y a la maternidad sin descanso. Amante del canto, de la lectura y de la comida chatarra. El feminismo le cambió la vida.

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