Será en agosto

Las miradas en búsqueda de almas rastrearon tu aroma: sueños, esperanza, metas. Una meta más, sonríe mientras puedas. 

Será en agosto. La desesperación y la precariedad habrán tocado tu punto de quiebre. Y ahí, en lo más bajo de tus emociones, amarrada tu alma con un hilo a tu mano izquierda, te levantarás de tu cama de entre platos sucios, servilletas usadas, bolsas vacías y morusas de comidas pasadas, de cuando la vida te pintaba de otros colores. La notificación de un recordatorio te regresará a la vida: será la de aquella llamada de unos días atrás, la de la entrevista, aquella que, sin que lo sepas, terminará por destrozarte. 

Te vestirás de prisa, encontrando ropa decente de entre una montaña de basura y ropa sin doblar. Despegarás las cobijas de tu piel. La ropa te quedará más ajustada: no al vestido negro, no al blanco, no a la camisa rosa; te conformarás con un pantalón de mezclilla y la camisa negra de botones, la que te regaló tu hermana. Sin desayunar, sin cepillarte los dientes y apenas pasándote el cepillo por el cabello, saldrás corriendo de tu casa.  

El camino será estresante: el retraso de diez minutos del tren te volverá loca, golpearás con la llama de los dedos tu pierna derecha, con insistencia, como tocando el piano; nada de eso hará que el tren avance más rápido. Llegarás a la estación correcta, la del parque, y saldrás corriendo, empujando a quien esté en tu camino hacia la luz, aquella que llevarás meses buscando y que perderás definitivamente una mañana de enero, después de dejar tu trabajo en el call center y con un título de licenciada que de nada parecerá servirte. Saldrás de la estación y te dirigirás de prisa hacia el lugar de la entrevista. 

El camino se volverá claro y el sentimiento de esperanza va a aparecer de nuevo. Lo reconocerás: será el mismo sentimiento que tuviste cuando te graduaste, cuando tu primo, al que arrestarán por fraude, te había prometido un trabajo en su despacho. El viento soplará en tu rostro y eso confirmará más el sentimiento. 

En el camino no notarás los ojos que te observarán a través de las ventanas, las puertas que se irán cerrando ante tu paso. Caminarás, después de tantos meses, con seguridad. 

El edificio gris se presentará frente a ti con el número que buscabas: 356B. Pero, por fuera, será todo lo que te advirtieron que no entraras: un edificio con ventanas negras, con la pintura cayéndose, con partes de ladrillo de fuera, con tantos anuncios viejos que en algunas partes formarán una clase de nuevo muro. Tus ganas de cambiar tu vida serán tantas que nada te importará; te atreverás a tocar el timbre. 

La voz del hombre a través del transmisor te dará confianza, le comentarás que vienes a entrevista y él te indicará a dónde ir: escaleras grises, tercer piso. La puerta gris, eléctrica, rechinará, como si no se abriera tan seguido. El interior del edificio te sorprenderá: plantas muy verdes y puertas de madera cerradas por todos lados. En el centro de aquello estarán las escaleras, de una especie de mármol que dejarán saber tu presencia por el sonido que se producirá con tus pies subiendo. Caminarás con confianza. Tampoco notarás los ojos que te mirarán a través de las puertas.

El segundo piso será igual que el primero, pero no te preocupará, tendrás la confianza de pensar que habrá vida en el tercer piso, que ahí están los abogados y abogadas con los que trabajarás y que te ayudarán a regresar a la vida. El tercer piso será igual que los otros, pero una de las puertas estará abierta: ahí dentro habrá muebles rotos, como los de una casa abandonada, y una joven, de unos diez y ocho años que, sin preguntarte nada, te meterá en una de las puertas de madera y cerrará la puerta. Te preguntarás dónde está el hombre del transmisor y la gente en general, pero la emoción será tanta que olvidarás el tema pronto. No lo notarás, pero el alma que llevabas en la mano izquierda, amarrada a un hilo, quedará por fuera de la puerta de madera y no te darás cuenta cuando el hilo sea cortado y tomen, después de meses de acoso, tu alma. 

Será en agosto cuando, después de media hora sin oír ruidos, con el cuerpo rendido, decidas abrir la puerta de madera para preguntarle a la joven si sabe algo o qué es lo que está pasando. Pero afuera no habrá nadie, ni siquiera estarán los muebles: el cuarto estará vacío. Será en agosto cuando busques en un edificio abandonado un rastro de vida, cuando abras tantas puertas y ninguna de ellas te lleve a algún lado. Será en agosto cuando pierdas el alma en la búsqueda de tu vida. Saldrás del edificio gris arrastrando lo único que te queda: el cuerpo.

Pero, por ahora, disfruta, sonríe para las fotos, ignora los ojos que te observan entre las rendijas, entre los huecos: te olieron, están cazándote alma y son pacientes, te llevarán al límite. Sonríe mientras abrazas a tu primo, quien crees que tiene tu vida solucionada. Sonríe, lo peor está por venir.  


Carmen Arely Cadena Pérez. Estudiante de Letras Hispánicas en la Universidad de Guadalajara. En el 2019 recibió la tercera mención honorífica en el Primer Concurso Nacional de Cuento Fantástico “El Axolote”. Ha publicado cuentos en varios medios digitales como en la página del colectivo literario feminista Las Sin Sostén, la revista cultural en línea El Humanista, la Revista Raíces, la revista la Federación y la página Especulativas. Ha sido ponente en congresos como el Coloquio Universitario de Crítica Literaria y el XIX Congreso Nacional de Estudiantes de Lingüística y Literatura.

Editorial

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