Libros que no necesito

Desde chica he tenido una obsesión con tener libros. Nada se siente igual que tomar un libro entre tus manos y que huela a papel al abrirlo, que su lomo cruja la primera vez que pasas tus dedos entre las páginas y averiguas si son suaves o algo más rasposas. 

            Mi papá siempre fomentó mi obsesión. Íbamos a la Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo y yo llenaba una canasta con libros. Veía cómo las personas que trabajaban ahí se me acercaban para darme su tarjeta y preguntarme si necesitaba ayuda. Los demás clientes, que hojeaban libros, me observaban desde el rabillo del ojo como si estuvieran en presencia de alguien comiendo una hamburguesa enorme avorazadamente en un McDonald’s. 

            Después de un tiempo probablemente justificado pero que a mí me parecía poco, mi hermano se empezaba a quejar con mi mamá de que llevábamos mucho tiempo en el lugar y mi papá me decía que le contara de los libros que había escogido para seleccionar los que más me emocionaran. Me los compraba, fingiendo voltear los ojos pero sonriendo. A la fecha, siempre me dice, no sé por qué sigues comprando libros si tienes una pila entera que todavía no has leído, pero seguido me regala algunos que sabe que deseo sin aviso, como signo de complicidad y cariño.

            Esa pila de libros que no necesito se acumula en mi cuarto. Me encanta leer, pero tal vez me gusta más coleccionar libros, aunque todavía no haya terminado (o siquiera empezado) los que tengo. No siento particular culpa cuando me invade la gula por querer tener más de los que he leído; cuando siento cómo se amplía mi biblioteca, mi hambre por más libros crece, crece, crece. Los ordeno de formas distintas, les paso la mano por encima y siento sus portadas, me susurran al oído con voces misteriosas cosas que no puedo distinguir, como sirenas cantándole a un marinero para que los abra y caiga dentro del mar de páginas para ahogarse en ellas. Leo unas frases e imagino la biblioteca que quiero tener, cómo acomodaría los tomos en los libreros, la madera de la que serían, el sillón donde me acurrucaría con un café y una cobija, aunque sea un cliché. Mi hambre por ese sueño crece; mis ansias por él, también. 

            Entrar a una librería es una amenaza para mi bolsillo, como ir a un restaurante caro con un menú del cual es imposible escoger porque todo se te antoja. Siempre me siento completamente encantada cuando entro a una y veo los volúmenes acomodados; los quiero todos, todos, ya. Paso mis dedos por ellos, los admiro y me cuestiono si resulta un poco hipócrita o incoherente de mi parte que prefiera la experiencia de enamorar un libro desnudo sobre el estante porque le puedo dar una probadita, pero me lleve los protegidos por el retractilado para que estén en perfecto estado antes de llegar a mi biblioteca personal, como bollos recién salidos del horno. Lo que sé es que cuando salgo sin alguno siento un leve vacío en la panza porque me quedé con hambre y con nostalgia de lo que todavía no es mío. Los amo desde lejos, y eso me duele un poco.

            Siempre que llega un libro nuevo para la colección, casi salivando de la emoción escribo mi nombre en la contraportada con pluma de gel negra que se escucha cuando raspa el papel. Luego casi lo saboreo cuando estampo con el sello de ex libris que se siente frío cuando lo aprieto y que también fue un regalo de mi papá, pero en mi cumpleaños dieciséis o diecisiete. Mi mamá siempre dice que ese probablemente haya sido el regalo con el que más se me ha iluminado la cara.

            Marcar mis libros me hace sentir justo eso, que son míos, y me encanta. Con pocas cosas siento tanto deseo de posesión como con mis libros. No me gusta leer en digital, y tampoco que me los presten, porque yo los subrayo y los anoto y los sello y los marco y los atesoro como si fueran joyas preciosas. No puedo leer sin un lapicero en la mano. Tal vez hay quienes considerarían que tratar así a mis libros no es tratarlos como si fueran objetos invaluables, pero yo creo que eso es lo que los vuelve míos y que así demuestro mi cariño. Dice Isabel Zapata que hay diferentes formas de amar los libros, que son variaciones del amor. Esta es la mía: coleccionándolos y haciéndolos míos aunque no los vaya a leer inmediatamente, seguir comprando más aunque la pila se acumule, marcarlos ya que mis ojos leen sus hermosas palabras, prestarlos a gente que quiero mucho. 

            Hay quienes no los prestan porque dicen que no se los regresan, pero, aunque tengo cuidado a quien le doy semejante honor, prestar libros es algo que disfruto y me emociona. Hay que aclarar que jamás se los prestaría a alguien que creo que sería indiferente, que los maltrataría o se los quedaría; solo una vez cometí ese error. Además, prestar esas joyas para mí es algo muy íntimo, porque estoy prestando algo que hice profundamente mío. De cierta forma, un libro que presto resulta un poco como un camino en código a mi cerebro y a mi alma, a mi vulnerabilidad. Por ello prestar también exige confiar. Inclusive si regalo uno, no puedo hacerlo sin una dedicatoria escrita a mano, sin dejar un poco de mí. Cuando a las personas a la que se los presto me dicen que aprecian las cosas que subrayé o anoté, me genera un extraño orgullo; no solo disfrutaron el libro, disfrutaron mi libro. Una de las cosas que más me ha estrujado el corazón fue que, cuando le presté un libro a mi abuelo y me lo regresó con manos frías, me dijo que le gustaron las palabras que mis lapiceros subrayaron. En el momento en el que lo hice, no se me ocurrió que esa sería otra forma de conocernos, u otra manera en la que hoy lo recordaría.

            De igual manera, disfruto los libros que me regalan mucho más cuando ya le pertenecieron a otro que lo volvió suyo, cuando alguien dejó su marca en ellos para que yo la descubra. El mejor regalo que me pudo haber dado mi abuela fue dejarme escoger de su biblioteca personal todos los tomos que me apetecieran cuando se mudó a un lugar más pequeño. Siempre que veo los tesoros adquiridos ese día, paso mis dedos por las hendiduras que dejó atrás su pluma en el papel al escribir sus iniciales, buscando marcas que indiquen qué pasajes son los que más la atraparon o en donde casi se separan las páginas amarillentas cosidas al lomo. En todo eso quedó ella; casi puedo oler su perfume, saborear los cubos de azúcar que nos daba con complicidad y dedos largos de piel suave. Es imposible no ver sus uñas brillantes con barniz rojo tocando su collar de perlas cuando abro sus dos copias de Cien Años de Soledad.

            En realidad, cuando se trata de libros, siempre pienso que uno solo le termina perteneciendo a miles. Cada quien puede volverlo suyo y luego compartirlo, entonces termina por multiplicarse y así deja de ser algo que en alguna ocasión simplemente era una unidad. Al final, un libro se vuelve muchos, le pertenece a muchos, es comido como una enorme hamburguesa y resguardado como una piedra de la corona.


Paulina Riveroll. Nació y creció en la Ciudad de México y estudió Relaciones Internacionales. Ha colaborado con blogs de la Revista Nexos y Telokwento, y trabajó como creadora de contenido en Foreign Affairs Latinoamérica. También ha colaborado con revistas digitales como Bastardilla, Errr Magazine y Revista Purgante. Me interesan los temas de política internacional, derechos humanos y literatura. 

Editorial

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