A estas alturas del año todxs compartimos… el sentimiento enorme del cansancio

Hace menos de una semana, al filo de una tienda de abarrotes escuché a un hombre de unos sesenta y pico años que llamaba por teléfono arriba de su auto: ¿Qué necesito para eso? —preguntaba acariciando con la mano su calvicie—¿Cómo que qué? ¡Para eso de jubilarme! Su conversación siguió, mientras dos o tres perdidos adentro de la tienda nos cimbrábamos. Todos éramos —relativamente— jóvenes, todos nos movimos atraídos por una palabra que temblaba, avanzaba vaporosa por los labios de aquel hombre cansino. ¿Jubilarse? Pero si ese vocablo ya debería de estar desnaturalizado por los diccionarios-ladrillo, a cambio nos han soltado los lobos en forma de una nueva: “emprender, que no es verbo sino colmillo, que no es vocablo sino herida” —creo que pensábamos. Lucha de gigantes, convierte el aire en gas natural. Un duelo salvaje advierte. Lo cerca que ando de entrar. En un mundo descomunal. Aquella conversación fragmentada me la llevé huroneamente a casa. Me resonó mucho más cuando una amiga colgó, días posteriores, una consulta popular en su muro de Facebook: “¿Ustedes también se sienten rete cansadxs en este fin de semestre?, ¿o son mis nervios?” Mi respuesta era predecible, como la de muchxs otrxs. Por un momento quería ponerme en la calva de aquel hombre y hacerle una llamada anoséquién para que me explicase los procesos de la jubilación. Dime que es mentira todo, un sueño tonto y no más. Me da miedo la enormidad, donde nadie oye mi voz.

Al modo de Byung-Chul Han, creo que todxs somos Prometeos cansados todo el tiempo, en una duración que nos sobrepasa y nos sobrepesa muy a menudo en nuestra consciencia, la diferencia está en que a estas alturas del año podemos (más nos vale sobrellevarlo así) autonombrarnos Prometos cansadxs, y hasta logramos atisbar que el águila calva, ese animal que nos acecha día con día y con el cual estamos en guerra, tiene forma de alter ego (o gráficos estadísticos, según como mida o le midan a usted el rendimiento laboral y/o escolar). Esa dialéctica Prometeo-águila es el famoso vínculo del amo y el esclavo hegeliano, una autoexplotación que nosotrxs logramos reconocer cada vez que atisbamos algo que no se siente tan bien; cada vez que nos pedimos (o nos piden, no tenemos de otra) dar quince zancadas más; quedarse otros diez minutos en la oficina (minutos que terminan siendo casi una hora); tomar otra sesión extra de zoom frente al escritorio; un correo más fuera de horario laboral; terminar de corregir el texto que era para hace tres semanas pero nunca fue contemplado en los proyectos anuales. Deja de engañar, no quieras ocultar que has pasado sin tropezar. ¿Dónde está la consciencia del cuerpo? ¿Acaso no era esx mismx Prometeo que hacía notar el paso de los días por su propio hígado? 

“La precariedad es el cuerpo que lo puede todo aunque esté a punto de venirse abajo. Es la disponibilidad total, la capacidad para surfear entre distintas tareas y responder a todos los mensajes de WhatsApp, sin derecho a una vida distinta a la que permite el tiempo de producción” escribía hace unos meses Vivian Abenshushan para el dossier Trabajo, de la Revista de la Universidad. Sus palabras están fresquísimas, y casi no quisiera decirlo (me pesa) porque duele saber que estas ideas son un blanco yeso que (nos) reconoce las ojeras en la falta de horas de sueño; la marca del brazo torcido (su perversidad y abuso) en el trabajo temporal y mal pagado.

Es verdad que a estas alturas del año todxs podemos sentir con claridad el cuerpo en el cansancio. Acaso sea porque nos movemos por periodos y nos regimos por tiempos de línea (como el trabajo mismo): uso-desecho-uso-desecho-uso-desecho. Pero esas marcas, esas ojeras han estado ahí en todas las temporadas anuales. El asunto acaso radica en ver que el águila nos puede más que nunca al término del año porque el cansancio es “la apoteosis del consumismo” y en occidente vivimos de tradiciones y costumbres decembrinas que exploran las acepciones del consumir, de ese tomar entero y conjuntamente todo; un atomizante donde todo debe ser consumible: los regalos: el celular que será el regalo con el que se trabajará: la mente pensando en recibir dinero para poder pagar: las manos (los dedos) trabando full time: el cuerpo detrás de la pantalla carcelaria, ¡bingo! Nos han diagnosticado con síndrome del túnel carpiano …siento mi fragilidad. Vaya pesadilla. Corriendo, con una bestia detrás. El cansancio es una violencia sistémica en la inmanencia de un “adulto funcional”, y es a la vez una violencia inmanente dentro del Sistema: denominación del perfil empresarial del régimen capitalista. 

Ubicar el sometimiento a la fatiga es un paso necesario; decir dónde se encuentra el magnetismo oscuro (siquiera un punto: dónde nace o dónde muere) es necesario. Jean-Lois Chrétien rastrea la usanza de occidente en tres topografías fundamentales: el cansancio griego y su distancia irremediable ante los dioses que todo lo pueden; el cansancio judeocristiano (porque cansarnos es otra forma de ser débiles y la gracia divina tiene la potencia de liberar al cansancio de su condición pecaminosa: la redención para salvarnos); y el cansancio nihilista: el bostezo del spleen o del ennui que nos hunde —dentro del desinterés y el fastidio— en un enjuiciamiento de miradas donde jugamos el papel de pecadores o víctimas: comemos de “la manzana envenenada de la falta de estímulos o de los demasiados estímulos”, donde la pregunta Ahora qué hacemos nos golpetea la cabeza. En el principio era el tedio y el tedio es aquello de lo que debe huirse, de lo que no debe ser —decía Pascal. Tres lugares, tres fisuras. ¿Dónde estamos? 

Hoy, los gimnasios, los edificios, las oficinas, las escuelas, los aviones, los centros comerciales gigantes ya no nos son suficientes. El cansancio está también en las formas ordenadas que hemos aprendido a convencionar como extensión de las palabras “agenda” o “calendario”, por ejemplo. El Bullet journal es hoy otra forma de adiestrar —lindamente— los pensamientos (porque deben estar siempre en orden, já). Está todo el tiempo, en todos los lugares, hasta en las nubes, donde la expresión “estar en las nubes” se encuentra ya barrida; carcomida y despojada de su ocio: 

                                                                      El cansancio. De nuevo, el
                                                                      cansancio. El esfuerzo por 
                                                                      sobrevivir, Reiterando. 

                                                                      Observar las nubes.
                                                                      Dentro.
                                                                     Barrer.
                                                                     Dentro. 

                                                                     Elegir quedar. 
                                                                                                               Toda nube
                                                                     lleva una trayectoria. Asumir
                                                                     la trayectoria. Imposible
                                                                     barrer todo siempre. Está el 
                                                                     cansancio. 

Identificamos la herida corpórea. La diferencia está en que a estas alturas del año parece que la vemos mucho más, ya no de soslayo, sino casi por supervivencia de la mente. A estas alturas, donde parece que algo empieza y algo termina, nos ponemos a nombrar hábitos y representaciones: A mí no me dolía aquí / La espalda se empeña en su doblez / Los ojos clavados en el suelo / Las dioptrías aumentan, cuando se tiene el privilegio de medir los ojos. / Esto no se vuelve a enderezar ni con pilates. No solo a estas alturas del año necesitamos sumarnos en un blog universal como una caricia donde cada día demos cuenta y escribamos del sistema Angustia de la ausencia, Inestabilidad, Obsesión por la frase p u l i d a, la jornada respetuosa y aceptable. Porque nunca es suficiente hablar del cansancio si el cansancio es una bestia-águila perennemente omnipresente (vaya construcción, hasta es complicada pronunciarla). Abramos más de tres fisuras, dibujemos y remarquemos. Monstruo de papel, no sé contra quién voy. ¿O es qué acaso hay alguien más aquí? El gran peligro de ocio es que es fecundo.


Mariana del Vergel. Escritora. Fundadora del Encuentro Nacional de Revistas Literarias (ENAREL) “Fernando Benítez” y coordinadora del primer Encuentro Nacional de Mujeres Poetas Jóvenes. Ha publicado sus poemas y ensayos en diversas revistas literarias como Punto de Partida, Circulo de poesía, Revista Feminismo/s Liberoamerica; así como en las antologías Novísimas. Vol. II (Los libros del perro, 2021), Crisis (Página Salmón, 2021) y Raíces a una voz (Silla Vacía, 2021).  Obtuvo la beca para el Curso de Creación Literaria para Jóvenes de la Fundación para las Letras Mexicanas en 2021 y la mención honorífica en el Concurso de Crítica Literaria “Elvira López Aparicio” 2021. Actualmente es becaria PECDA 2021 y directora editorial de la revista de creación y crítica literaria Los Demonios y los Días (www.losdemoniosylosdias.com). 

Editorial

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