Soledad volcánica

Traigo las venas de fuera, mancilladas por la violencia de tus actos, vejadas por la intolerancia de tu amor desmitificado y martirizadas por tus lágrimas cínicas, que caen por tus mejillas como lluvia ácida y queman todos los recuerdos de nuestro pasado identitario.

No soy de nadie, de ningún lado, no tengo color alguno que pueda identificarse ante la sociedad ambigua y tampoco una voz sensible que permita transmitir mis vertiginosos sentires y cantares despechados. No busco palabras para nombrarte, querida mía, pero sí canciones para llorarte, porque tengo pegado a los labios el sabor de tus ayeres malditos.

¿Será justo volar con las alas rotas? ¿Será posible hacerlo? Ufana, disparaste centenares de flechas hacia mi cuerpo animal y te acercaste a admirar tu obra caníbal como el cazador que, triunfante, golpea con la bota el cráneo del ciervo al que acaba de aniquilar. 

Tu sonrisa impoluta ha comenzado a desdibujarse con el inicio del despliegue de la aurora boreal de mis esperanzas, tus armas se oxidan con el fortalecimiento de mi voluntad, la columna jónica que atravesaste por todo el largo de mi pecho se quiebra, como yeso en las manos del artesano descuidado que ha olvidado la técnica de forma espontánea.

Prefiero darte por perdida y dejar de agobiarme por entregar flores a la tumba de nuestras quinientas noches; prefiero guardarme las magulladuras de los accidentes para el cuarto de baño que me juzga con sus azulejos blancos y su perfecta organización mojigata. 

Qué difícil es abrir la llave del agua a altas horas de la madrugada y esperar, bienaventurado en el excusado, mientras el rocío prematinal se calienta y prepara para arropar mis extremidades desbordadas por los excesos del nerviosismo. 

Y esto es aún más complicado, cuando traigo puestas las botas militares que me regalaste, esas que no salen más que a tirones y que tanto me recuerdan a mi prisión anímica y a mi penar, profundo y aciago, que me hace pensar en ti aún cuando mi humanidad se reduce a una divertida reunión casual de factores, a lo mucho, interesantes.

Somos lo prohibido, mi amor, somos días de censura, tardes de negación, noches de reconciliación, pecados carnales infames e ilusiones irrisorias que se presentan como realidades tangibles ante los ojos de nosotros los incautos enamorados. Aunque terminamos en carnicería indigna, en lo profundo de mis negativas, sigues sentada en el pedestal de mis más grandes y bohemios anhelos.

Eres como la copla, que sale de la garganta atestada de aguardiente del trovador, como la danza erótica en la pista de baile de algún cabaret metropolitano, como el cigarro infinito del borracho incoherente, como la pluma inacabable del poeta inentendible, como los tacones color esmeralda de la rumbera indecente, como la vida misma desde las botellas, que se ve cada vez más lejana, más innecesaria.

Sabemos bien que esta no es la última noche, que este no es un reencuentro de despedida y que tus brazos, llamando al fuego ardiente de mi alma, no es el último recurso que hemos de utilizar para volver a sentirnos. Eres la única santa en el devocionario cotidiano de mi parroquia personal y eso explica la repetición de nuestros impíos encuentros extramuros, de nuestras trastadas mutuas ante el cristo de fierro que se ha cansado de escuchar mis plegarias y berreos.

A estas alturas, es peor dormir, amor, porque te sueño perfecta y caigo, despojado de cualquier implemento mesiánico, hasta el suelo que pisas y me siento desnudo, frente a tus ojos inmensos, que reflejan el carácter vetusto de nuestro amor y la incredulidad estupefacta de mis creencias. Así te imagino y recuerdo que en realidad nunca exististe, que eres un espejismo, un oasis a la mitad de la ronda nocturna.

Es, entonces, mi dolor, producto de mi dañina actitud proclive a la ensoñación crónica y quijotesca. Aléjame, soñada mía, de los clavos inquietos de mi pensamiento y reza una plegaria para este infante que solo quiere dormir en paz, dentro de las paredes de este psiquiátrico sobrio que me hacen creer en barcos mulatos que me puedan sacar de la realidad gris y dosmilera.

Eso sí soy, un loco hipnótico que solloza, en la soledad de un cuarto obscuro y penitente, alejado de cualquier sensación verdadera que no sean aquellas que son provocadas por la insuficiencia de dinamismo mental. Lo siento ¿por quién siento, a quién siento? es cierto, a la nada abismal.


César Cárdenas. Estudiante de periodismo en la Escuela Carlos Septién García. Lee poesía y ciencia ficción, no es partidario de las reglas irrevocables a la hora de escribir y, cree, siempre de tener la necesidad de sentir escalofríos mientras lee lo que redacta para saber que lo hizo de la mejor manera posible.

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