Ansiedad de ficción

Back to school

Cuando mi estabilidad emocional se encuentra en peligro, siento como si quisiera correr hacia donde la angustia no me alcance. Imagino miles de cosas: escenarios catastróficos que me llevarán al abismo del desastre, mi vulnerabilidad saldrá al desnudo y no podré disimular con un cubre bocas, la mirada esquiva o incontinencia verbal.   

Mientras la crisis pasa como un monstruo esculpiéndose entre las sombras del pensamiento, todo frente a mis ojos resulta una amenaza. Lo conocido me genera agitación. Un ejemplo, volver al trabajo en un salón de clases después de casi dos años de laborar en modalidad home office. Al imaginarlo mi corazón se agita. Mi mente crea una película en la que me veo nerviosa frente a mis compañeros y no sé qué hacer. Siento como si un gran hermano a la George Orwell vigilará mis aciertos y errores, lo que agudiza mi temor a ser juzgada y observada por sentencias de ficción que yo misma invento. 

Ni siquiera sé cómo reordenaré mi vida después del letargo mundial del COVID-19. Será como regresar de un frente de batalla a la ciudad de origen con heridas, cicatrices y testimonios de que algo pasó más allá de andar encerrado una considerable cantidad de tiempo. Sin dejar de lado, la insoportable idea de verme sometida a seguir una rutina que me enfrentaría día a día con adolescentes y adultos que fungirían en mi vida en la delgada línea incomoda entre desconocidos y cercanos. 

Charles Bukowski cuestionaba el cómo era posible que un ser humano disfrutara de levantarse por órdenes de un despertador para pasar de la cama a disponerse al baño, arreglarse y someterse al tráfico para llegar a hacer montañas de dinero pertenecientes a alguien más, y encima mostrarse agradecido por la oportunidad de hacer eso. Si recuerdo esto todos los días, la ansiedad se incrementaría y perdería las ganas de ir a trabajar. 

No tengo idea como llegaré a ser maestra de tiempo completo otra vez dividida entre múltiples tareas que me he sumado gracias a la “tregua de la pandemia” de poder ser omnisciente. No me disgusta, al contrario, me agrada el reto de ser creativa en poco tiempo, pero el problema era que ante mucha gente me estaba agotando. Necesitaba tiempo para escucharme y con la pausa mundial llamada pandemia, había cedido a la oportunidad de ser la mujer que está en fase de descubrirse en otras facetas como: tallerista, humana y escritora con recaídas y triunfos personales. 

Como expresa el verso de Alejandra Pizarnik me siento cansada de sostener las mismas vísceras, así respiro esta ansiedad de ficción que, al primer aviso de posible reincorporación al trabajo presencial, dejo que la angustia corra mis pensamientos a mil por hora, lo que provoca la visita de una taquicardia que viene a decirme: a ver como sales de esta y como le haces. Puedes enfermarte, contagiar a tu familia, equivocarte en clase, no imponer disciplina y tener malos ratos. Te vas a encontrar con gente incomoda y te sentirás sola.

Ante el encuentro con la zozobra de contemplar diversos escenarios, mi primera reacción es dejar que la taquicardia acelere hasta bajar su ritmo y detener ese charco de sudor que resbala de mis axilas hacia el pecho. Es inevitable, reacciono al encuentro con mis pensamientos que me producen algún impulso del que después podre arrepentirme, pero servirá como depuración emocional mientras corren por mis neuronas ideas irracionales: 

¿Podré mirar a los ojos a mis alumnos, o daré clases a la pared? ¿Me equivocaré al explicar un tema? ¿Olvidare pasar lista? ¿Necesitare de diapositivas o con el pizarrón, libros y plumones bastara? ¿Podré soportar la incomodidad de compartir espacio y tiempo con extraños cercanos entre cubículos, pasillos y salones de clases? Aplican restricciones. ¿Podré andar a prisa cada cincuenta minutos para ir a firmar a prefectura? ¿Alcanzare a comer?¿Podré mirar a M con indiferencia sin que me devore alguna distorsión cognitiva?

Sí, siempre y cuando aplique uno de los trucos que recomienda la psicología cuando de miedo se trata, reconocer el alter ego y sacarlo a pasear. ¿Como? A través de la mimesis aristotélica como recurso de supervivencia a través del arte, imitar las acciones en este caso de personajes que hayan sido maestros o incluso profesores que tuve en la escuela.

El primero que se me viene a la mente es el personaje Merlí, profesor de filosofía que utiliza métodos poco ortodoxos para enganchar a sus alumnos al camino del pensamiento filosófico. En algún capitulo lleva a sus estudiantes a pensar y debatir sobre un tema caminando hacia la cafetería de la escuela para vivan en carne propia la experiencia de los peripatéticos.

En algún momento, Merlí comentó sobre la manía de que las cosas que hacemos tienen que ser aceptadas por otros porque a corto o largo plazo provoca que muchas personas escondan facetas suyas. ¿Cuantas veces ocultamos puntos de vista con tal de encajar con alguien, o bien llenar los huecos de la pirámide de Maslow: identidad y sentido de pertenencia?

También pienso en que sería una combinación de Lorelai Gilmore y su hija Rory un dueto amoroso, bromista e intelectual lleno de referencias vintage y pop que hablan tan rápido como sus pensamientos corren. En el fondo sería más Lorelai por la cuestión alcahueta y rebelde solo en circunstancias que realmente valgan la pena. 

Apenas puedo imaginar cómo será cuándo regrese a la escuela y quedarme más tiempo. Las pocas veces que he ido durante la pandemia para realizar diligencias, llego agitada y sudando. Saludo a quien se me aparece y me dejo llevar por la verborrea que me dicen mis adentros pregunta o di cualquier cosa, todo es más soportable que un silencio incómodo. Observo la soledad de los pasillos, imagino que estoy es julio o enero cuando se aplican los exámenes extraordinarios. Por lo general vienen pocos alumnos.

Al pisar mi segunda casa y avanzar hacia los salones me pregunto si escribiré en el pizarrón a la par de que imparta la clase, pues ya me había acostumbrado al confort de trabajar en mi casa en el rincón mil usos que lo mismo hacía de biblioteca, salón de clases y lugar de descanso: mi habitación. La pantalla me protegía. La mayoría de las ocasiones durante las videollamadas encendía mi cámara y el pizarrón lo sustituí por diapositivas con extractos de Julio Cortázar, la conferencia de Ted Talks de Chimamanda Ngozi Adichie, entre otros materiales para ampliar el criterio de pupilos jóvenes que trataron de educarse en la era virtual. 

Ahora entre dimes y diretes de las autoridades, el sindicato, padres de familia y estudiantes sobre el retorno presencial, por recursos, tiempos y contagios, mi cabeza se parte en dos: la de la libertad del tiempo y la de los minutos contados. Cada instante será limitado y eso me genera angustia, verme obligada a reorganizar mi vida de otra manera, otros horarios, como si se extendiera el sol de medianoche en mi existencia y tuviera que hacer espacio para dormir, mientras la luz solar domina en el paisaje, en este caso el trabajo. 

Se me ocurre para entrar en calor y confianza, releer algunos fragmentos de Cara de liebre de Liliana Blum en el que la protagonista Irlanda es profesora de literatura en bachillerato al mismo tiempo que enfrenta una gran dificultad y en alguna de sus digresiones considera lo siguiente:

La literatura sirve para vivir otras vidas más allá de la vida patética que nos tocó vivir. La literatura sirve para escarmentar en cabeza ajena, la literatura es catártica, medicinal y terapéutica.

Mientras tanto me pregunto ¿Podrán los adolescentes mantenerse al margen del protocolo? Probablemente. Pocos participan en video llamada ¿Estas generaciones serán las mismas luego del encierro o llevar educación hibrida? No, seguramente la pensaran dos veces antes de faltar a clases presenciales y ni se diga de los padecimientos mentales. ¿Lograrán los aprendizajes esperados? Les llevará más tiempo.

Imagino lo que en cosa de semanas o meses vendrá. Pocos alumnos sentados en sus pupitres y yo frente a ellos. El pizarrón como mudo testigo de un reencuentro más emocional que intelectual en el podrán apropiarse de un espacio y rol que les pertenece: la escuela como refugio, punto de fuga hacia los sueños, deseos de intercambiar ideas y salir adelante. 

Alguien tiene que romper el hielo, por desgracia soy yo. Repaso mis múltiples técnicas de presentación. Mi instinto dice que me vaya por el lado más simple, tras haber trabajado en mi interior una cuarentena extendida a dos años, reparo en que todo requiere sencillez, ir de menos a más. 

Sospecho que lo primero que haré será entrar al salón, saludar a todos y comenzar a escribir en la pizarra unos versos de Cristina Peri Rossi, del poema Las palabras son espectros:

El futuro es la sombra del pasado

en los rojos rescoldos de un fuego

venido de lejos

No se sabe de dónde. 

En lo que hago el ejercicio de visualización, la sombra del pasado me persigue. Un desorden emocional cada cierto tiempo viene a irrumpir una calma semejante a un paseo en bote en el rio o caminar en el bosque por la mañana. Tengo taquicardia, siento que quiero correr y evadir esa circunstancia. Cada vez pasa con más frecuencia y tengo menos miedo, luego de unos minutos pasa a ser curiosidad, de cómo serán las clases post pandemia.  

Un ligero entusiasmo me calma, luego pasar a ser preocupación. Nada será lo mismo, ahora tocará remar a contra corriente de mi angustia imaginaria, al suponer que seré una diletante de la escritura, titiritera del conocimiento que en lenguaje coloquial le dicen profe y una treintadolescente que está en vías de seguirse encontrando a sí misma. 

¿ Y si al entrar se dan cuenta de ese maremagnun emocional  que protesta mi ego? 

Cuando mi estabilidad emocional se encuentra en peligro, siento como si quisiera correr hacia donde la angustia no me alcance.


Alicia González Castro. Alias la Taciturna feliz. Diletante de las letras en los géneros de cuento y ensayo creativo a los que no renuncia. Titiritera del conocimiento en preparatoria. Observadora, distraída que siempre busca de que escribir. Ha colaborado en medios culturales locales, nacionales e internacionales. Actualmente es profesora en nivel medio superior, tallerista literaria en la Casa de la Cultura de Playas de Tijuana y se encuentra en la edición de libros por publicarse. 

loslibrosdelperro

2 comentarios sobre “Ansiedad de ficción

  1. Gracias. Un tema muy interesante además de necesario para entender lo que estamos viviendo con el contagio y secuelas físicas y psíquicas, amén de las tribulaciones por tener escuela en casa con los nietos y mis estudios, ahora virtuales y en aprendizaje constante de las nuevas tecnologías

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