Epílogo

La tarde por fin se había terminado. Lorenzo acabó de llenar la maleta, encendió la lámpara del estudio y empezó a ordenar los papeles del escritorio, apenas tocándolos para no hacer ruido. 

—Papá, ¿no vas a escribir? —preguntó su hijo ante la puerta. 

Sobresaltado, Lorenzo dejó caer las hojas y volteó a verlo. El niño vestía un pijama con estampas de gatitos y estaba descalzo.

—¿Qué haces despierto? —murmuró y lo tomó de los hombros para que entrara.

—Tengo miedo —bostezó frotándose los ojos con los nudillos.

Lorenzo arrastró la maleta hasta el rincón más oscuro y lo regañó con suavidad. 

—¡Tienes que escribir! —se defendió el niño.

—Y tú tienes que irte a la cama. 

El niño lo miró enmarcando hacia abajo la boca.

—¡Escucha! —y se arrodilló a su lado—. Yo también a tu edad tenía miedo… demasiado.

—¿Y qué hacías? —se tiró en el piso y lo miró con la boca abierta.

—Cerraba los ojos con mucha fuerza —respondió y apretó los párpados.

—Pero yo no soy tan fuerte como tú.

Lorenzo se levantó con el rostro serio. A su espalda, el gran ojo de la lámpara lo recortó de perfil, haciéndolo parecer un gigante. 

—Tú eres mucho más fuerte que yo. 

—¿Y si los cierro con mucha fuerza y luego ya no puedo abrirlos? 

—Eso no pasará. 

—¿Y lo otro sí? 

—¿Qué?

—El miedo.

—Sí —pero le evadió la mirada. 

—Bueno… —y dejó caer los brazos sobre las piernas. 

—¿No me crees?

—Sí. 

—¿Seguro?

El niño dijo que sí con la cabeza.

—¿Por qué?

—Porque eres mi papá —y comenzó a hacer círculos con el dedo sobre la alfombra. 

—¿Y entonces? 

—No quiero despertarla… —murmuró sin dejar de mover la mano. 

—Entiendo… pero, ¿y si te dijera que no la vas a despertar?

El niño cesó de moverse, ancló en la maleta los ojos y le preguntó cómo era que lo sabía. 

—Porque soy tu papá —respondió siguiendo la mirada de su hijo.

—¿Y tú lo sabes todo? —dijo parpadeando. 

—¿Tú qué crees? 

El niño se encogió de hombros y tras un instante, continuó:

—¿Puedes quedarte hasta que me duerma??

—¿Y si me duermo antes que tú?

—No puedes hacer eso —y agachó la cabeza—: tienes que escribir. 

Durante unos segundos ninguno habló. La lámpara arrojaba un ruido crepitante. 

—Papá, ¿si viajo en avión podré ver a todos los muertos que están en el cielo?

—Esa es una muy buena pregunta. 

—¿Nunca te lo habían preguntado? —dijo orgulloso, poniéndose de pie.

Lorenzo entrecerró los ojos, rascándose la barbilla, como si buscara entre sus recuerdos, y negó con la cabeza. El niño parpadeó por segunda vez y su padre hizo lo mismo.

—¿Ni tú?

—¿Yo qué?

—¿Nunca se lo preguntaste a tu papá?

—Yo… yo no tuve padre. Ya lo sabías —respondió sorprendido de su respuesta, como si la extrañeza de sus palabras lo hubiera vaciado.

—Todos somos hijos de alguien, ¿no? 

El rumor de la lámpara crujió como un lamento atrapado.

—Sí, pero el mío se fue muy pronto y hubo muchas cosas que no le pude preguntar.

El niño lo examinó a fondo. Volvió a parpadear y esta vez le pareció a Lorenzo un gesto que nadie más en el mundo podría hacer de nuevo.                                    

—¿Y qué le preguntarías? Imagina que yo soy tu papá.

Lorenzo se encogió de hombros, con los ojos puestos en la lámpara. Su hijo cruzó los brazos, como una pequeña fortaleza sobre el pecho.

—Dime… —insistió—. ¿Qué le preguntarías?

Lorenzo ladeó la cabeza y suspiró. El niño cerró los ojos, formó una cuenca con su mano sobre el oído y se inclinó hacia adelante, esperando la respuesta.

—Le habría preguntado por qué los hijos son tan preguntones —dijo en tono burlón y se le acercó para hacerle cosquillas en el pecho. Pero el niño ni siquiera se movió.

—Dime, papá: ¿qué le preguntarías?

Ambos se miraron con seriedad. 

—Le habría preguntado por qué no me puso su nombre si a él su padre le puso el suyo.

—Pero tú me pusiste el de él.

—¡Suficiente! Vamos a la cama.

—Pero tienes que escribir. Y yo tengo miedo, ya te dije —dijo cansado de repetir las palabras y miró la maleta—. ¿Puedo acompañarte?

—¿A dónde? —preguntó esta vez sin atreverse a ver hacia el rincón. 

—Adonde vayas. Todavía hay muchas preguntas que quiero preguntarte.

La lámpara parpadeó con fuerza antes de apagarse. El niño alzó los brazos y Lorenzo lo cargó, presionando el rostro contra el pecho frágil de su hijo. Subieron las escaleras, entraron al cuarto y Lorenzo lo recostó en la cama. 

—¿Puedes irte despacio para que no me dé miedo? —y parpadeó por última vez.

—Parece un buen trato —le dio un beso en la frente, lo cobijó y estuvo mirando por la ventana varios minutos, pensando en el nombre de su padre, en lo distinto que era del suyo, hasta que oyó la respiración pausada de su hijo. 

Cuando el niño abrió los ojos, se descubrió solo sobre la cama. Fue al estudio donde la lámpara había vuelto a encenderse, ahora silenciosa. La maleta en el mismo sitio, pero no los papeles en el escritorio, un escritorio en el que nadie había escrito nada en las últimas horas.


Antonio Toledo.

Editorial

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