Las plumas de Giselle Ruiz: lectura sobre Falsa muda

Giselle Ruiz

Falsa muda

Los libros del perro

México, 2021

68 pp.

I

Fábulas e historias de estrategas, de Renato Tinajero, ganó el Premio de Poesía Aguascalientes 2017. En el marco del festejo, las jornadas de lectura de poesía reunieron a varios poetas para que leyeran su obra en la tierra que hospeda el certamen. Una de ellas, Minerva Margarita Villarreal, ganadora del mismo premio el año anterior, había sido jurado y también fue invitada a leer. Recuerdo que Villarreal llegó el mismo día en que estaba agendada su lectura. Por suerte, me tocó coincidir con ella en el Patio de las Jacarandas, en el centro de la ciudad, afuera de su hotel. A los segundos de que Claudia Quezada nos introdujera, empezamos una extensa conversación. Dónde está Enrique Guzmán, quisiera visitarlo, me dijo. Guzmán es uno de mis artistas predilectos, por lo que, emocionado, me ofrecí de Virgilio.

         En el trayecto hablamos sobre Víctor Sandoval, sobre Alfonso Reyes y sobre el premio concedido ese año a Tinajero. O sea, todo el tiempo estuvimos hablando de poesía. Llegamos al Museo de Arte Contemporáneo Número 8, hogar de una parte de la obra de Guzmán, y la plática viró su orientación. Mientras uno ve las pinturas de este artista, parece que no hay espacio para conversar, sino para compartir incógnitas: uno habla con signos de interrogación, y las respuestas, si las hay, están próximas a lo inefable. Un tanto saturados, nos despedimos del pintor y nos fuimos de librerías. Abandonado el arte, regresamos a la literatura. Cuáles son los mejores poetas de Aguascalientes, me preguntó, antes de llegar a la Librería de los Escritores. Le contesté, pero no quiero repetir mi respuesta, públicamente, pues prefiero el misterio a la discordia. En cualquier caso, eso no fue lo importante, sino lo que después dijo la poeta. Hay una chica, Giselle Ruiz, me dijo. Y agregó: me dio esta pluma en nuestro último encuentro, con ella he escrito varios poemas. No dijo más, pero no hizo falta, pues no habló de una pluma, sino de dos: el obsequio de Ruiz y la poesía de Ruiz. 

         Continuamos con nuestra inercia y después de algunas compras, la acompañé a su hotel. Intercambiamos nuestros libros y quedamos en vernos más tarde, en su lectura. La vi y escuché en esa ocasión, y en algunas, pocas, veces más, pero no volvimos a conversar sobre nuestras impresiones literarias, tan sosegadamente, como en aquel día. La poeta falleció en 2019. 

         Cuando pienso en el privilegio que tuve de caminar junto a ella, vienen a mi recuerdo el arte de Guzmán, la charla sobre poesía y las plumas de Giselle Ruiz. Villarreal podía ser muy cruel en sus críticas orales, me consta, por eso le doy más peso a la anécdota que he compartido. Quiero suponer que, a su manera del agua, me estaba diciendo que me fijara en la poesía de Giselle Ruiz, la cual, hasta ese momento, no había leído. 

II

La pluma de Ruiz es comprobable en dos obras individuales. Digo individuales, porque Amor 2.0, que apareció en 2016, fue escrito al alimón con José Luis Justes. Dos años más tarde apareció Crónica de fracasos, su primer libro individual. El siguiente, Falsa muda (2021), motivo de nuestra conversación, es un poemario en el que se siente a una artista más madura. Que basten tres detalles para ilustrar a qué me refiero: primero, la frase “falsa muda” tiene una riqueza conceptual que no tienen Amor 2.0 y Crónica de fracasos, pues aquella admite distintas interpretaciones: en cuanto a tema, pienso en falsa muda como enfermedad, como engaño, como ilusión; en cuanto a personajes, en una mujer lastimada o en un animal herido; en cuanto a ambiente, en una jaula o en el mundo. En segundo lugar, el umbral del libro está a cargo de dos poetas: Alejandra Pizarnik (“No sé si pájaro o jaula/ o amazona jadeando en la gran garganta oscura/ mano asesina/ o joven muerte entre cirios/ o silenciosa/ pero tal vez oral como una fuente/ tal vez juglar/ o princesa en la torre más alta”) y Wislawa Szymborska (“[…] Una vez encontró en los arbustos una jaula de palomas./ Se la llevó/ y para eso la tiene/ para que siga vacía.”). No sólo los versos de ambas están bien elegidos, puesto que hablan de jaulas y de prisiones, sino que sus obras son dos de los polos por donde se mueve Giselle Ruiz. La poesía de Pizarnik es un tanto oscura, pero su canto es brillante; la de Szymborska tiene un canto jovial, pero con bases dramáticas. Creo que el canto de Ruiz está en algún punto medio entre ambas. Por último, el poemario está dividido en dos partes simétricas, cada una de 11 poemas. La primera no tiene nombre; la segunda se intitula “Premonición”. Es un libro, conceptualmente, muy pensado. 

III

Desprendida de la ornitología, la expresión “falsa muda” tiene un sentido patológico, puesto que es una enfermedad de algunas aves que están, fundamentalmente, en cautiverio. La mudanza del pelaje ocurre de manera natural cuando el ave se adapta a las condiciones climáticas de la naturaleza, pero esto se pervierte cuando está imposibilitado de distinguir el frío del calor, el día de la noche, por estar enjaulado. Una de las consecuencias es que se picotea y hiere su cuerpo. La metáfora que hace Ruiz es evidente: el daño que uno se inflige, por no tener claridad sobre lo que le ocurre, es un símil de esta enfermedad. La comparación con el suicidio también es admisible, de modo que estamos ante dulces cantos oscuros, donde se alcanza a escuchar un grito o las últimas sílabas de alguien. 

         En Falsa muda no hay un padecimiento, sino varios, ya que son diversas las voces de mujeres alrededor suyo, quienes fueron entrevistadas por la poeta para la composición del libro. El común denominador entre ellas es que le compartieron “sus experiencias y sentimientos con respecto a los juicios de valor que han marcado sus vidas.” Si hacemos caso al prólogo que escribió la poeta, diríamos que hay 15 voces de igual número de mujeres. Ora por modestia, ora por olvido, lo que dice Ruiz es parcialmente cierto: no hay 15, sino 16 voces, pues ella ha convertido el testimonio en poesía: “necesito escribir/ pasar de grito a cuento,/ bordear el canto”, escribió en el primer poema. 

         Sean 15 o 16, en estas páginas leemos una coalición de voces que comparten alambres, metales, pero también dolores y angustias. O no. También puede ser un libro que aglutinó las palabras de 15 mujeres, con la tentativa de mudarlas hacia la intimidad de la poeta, apropiarse de ellas, y emitir un canto de cantos. Las dos situaciones son válidas. En cualquier caso, leo Falsa muda de la misma forma en que escucho y veo a los animales en un zoológico pidiendo libertad, a ratos en silencio, a ratos con furia. 

         De los múltiples cantos que escucho, me parece percibir cierta insistencia en uno de ellos: un yo lírico, que entiendo que es femenino, en tensión con otros personajes femeninos (asunto que ha interesado, por ejemplo, a Anne Carson, Olga Orozco y Patricia Ortiz). Con un claro dejo de La guerra no tiene rostro de mujer, de Svetlana Alexiévich, en “Prematura”, dice la poeta:

         La guerra tiene sombra de mujer y cae
         en el patio de recreo
          […]
         En los descansos escolares
         un hilo de sangre besa mis piernas
         el miedo toma rostro de niña
         clavado a la altura del jardín…

Desde luego, hay más sombras de mujeres, más guerras en este poemario, pero sus características, conforme avanza el libro, se alejan de un tratamiento general y se acercan a las particularidades. Me refiero a que, en los primeros versos del poema, la mujer es entendida en relación con la guerra: no es una mujer ni una guerra, sino la mujer y la guerra. Sí, en versos posteriores hay un yo que se manifiesta, como hemos leído, pero está enmarcado en una idea totalizadora. 

         “Probar el fruto” es el título de un poema donde la generalidad se difumina y la poeta atiende espacios íntimos, como los sanitarios o la familia. Ruiz ha escrito:

         Entro al tocador de damas
         Así le dicen al espacio
         Que otras
         Usan de pretexto
         Para tener mi fruto
         Bajo sus pies 
         […]
         Leo cientos de labios maltrechos
         Diciendo bájenle la falda a la muy puta. 
         […]
         El tocador de damas es un agujero negro 
         Que lame el resquemor.

En otro poema, el yo lírico canta acerca de la combustión de su hermana:

         Mi hermana yace en el pastizal
         -Colchón de sequía bordado-
         Que cóncavo la sostiene
         enraizando sus cabellos
         antes de incendiarse.

Podríamos seguir enumerando encuentros y desencuentros entre mujeres, pero me quisiera detener en el más constante e iracundo de ellos: el que vive un yo con su madre. Escuchemos a qué me refiero. En “Caídas”, dice Ruiz:

         Mi madre dijo que el valle de mis años
         Se abrirá tres veces
         Hasta devorarme lento: 
         Nacer, lanzarme a la ventisca, nutrir la ausencia.
         […]
         He consentido estas visiones
         En la puerta de mi infancia
         Cuando todo en mí es nombrado
         Por sus labios petulantes. 
         […] 
         Madre: no temo a la inmovilidad de mis manos, 
         Temo a los muros que levanta tu desprecio.

Sin perder la tesitura con la que el yo lírico se refiere a la figura materna, Ruiz dice, en “Dios es la cometa…”:

         Dios es la cometa que mi madre vio caer de entre mis ojos
         Hasta la concha que cubre nuestra lengua mutilada.
         […]
         Mi madre no tiene lengua ni conoce el río.

Parece como si este yo renunciara a toda posibilidad de hablar con su madre, ya que tanto una como otra carecen de lengua, o sea, no tienen forma de comunicarse y, en consecuencia, no pueden entenderse. Esto puede ser una respuesta o, si se prefiere, una venganza, contra el universo creado en el poema más sibilino y triste, que no tiene nombre: 

         Madre:
         Cada vez
         Que hablas
         Un cenzontle
         Que pudo cantar
         Muere en mi pecho.

Aparte del yo, dos son los protagonistas del poema: una mujer, la madre, y un animal, el cenzontle, aunque igualmente podríamos hablar de la vida, encarnada en la madre, y la poesía o el arte, encarnada en el ave. Hay algo oscuro en la figura materna que elimina cualquier manifestación lírica de su hija. Tengamos en cuenta la musical etimología de Cenzontle: viene del náhuatl centzuntli: “que tiene cuatrocientas voces.” En el poema de Ruiz, estas voces se encuentran en un ciclo punitivo: pudieron entonar 400 cantos, pero la palabra de la madre, cuando cobra relieve, mata el menor indicio de poesía que emane del corazón de su hija. El cenzontle, entonces, mientras haya silencio, renace, y muere cuando la madre se pronuncia. En líneas anteriores dije que “Dios es la cometa…”, podía leerse como un poema vengativo, sí, pero esta lectura es posible sólo si leemos el poemario como una voz de quince notas, y no como quince o dieciséis voces alternándose entre poemas, cuya idea me atrae menos. 

IV

Eva Castañeda ha dicho que los poemas de Falsa muda traen “al presente algunas de las narrativas que hoy más que nunca signan el momento histórico: la casa, el cuerpo, la familia, el paso del tiempo, la otredad y la reflexión en torno a sí mismas y al mundo que habitamos.” En síntesis: narra historias contemporáneas de las mujeres. Agregaría otro tema: en la actualidad es bastante común oír las críticas de mujeres hacia hombres, pero creo que se está discutiendo muy poco acerca de lo que pasa cuando el enfrentamiento, por las razones que sean, es entre mujer y mujer, mano a mano. En este sentido, Falsa muda enriquece la comprensión del desdichado panorama. 

         Dice Ruiz, en la primera página: “Esta falsa muda se muestra como evidencia y recordatorio de que las jaulas no son el hogar de nada que posea alas, lengua y voluntad.” No encuentro exagerado decir que esto es una declaración de principios de la poeta, puesto que se asume decidida, por la voluntad, comunicativa y lírica, por la lengua y, no menos importante, libre, por el vuelo. Cuán similar es la versión de Platón, quien decía que el poeta era aquella cosa sagrada, liviana y alada, como si de un pájaro místico se tratara.

V

Hay una poeta, me dio esta pluma, me dijo Villarreal. Con su propia pluma, Ruiz ha dado un libro para escuchar cómo las aves vuelan hacia la cúpula de su jaula o caen hacia la maloliente superficie de deshechos y alpiste. Creo que a Villarreal le gustaría leer este picoteo que hace a su plumaje el yo lírico de Falsa muda

         A pesar de las innovaciones tecnológicas, seguimos usando la expresión “buena pluma” o “tiene buena pluma”, para referir a alguien que bien escribe. El libro la tiene, porque, a ver, las avezadas aves saben, y si no, antes de avejentarse, lo averiguan, a veces a besos, a veces a bestias, mas siempre en el abecedario y a versos, cuándo se avecina la aventura de aventar o aventarse.

Jorge Terrones. Escritor (ensayista, crítico y dramaturgo). Doctor en Arte y Cultura. Investigador de arte y literatura del Centro de Investigación y Estudios Literarios de Aguascalientes (CIELA-Fraguas). Profesor de la Benemérita Universidad Autónoma de Aguascalientes (BUAA). Curador de la Cátedra Víctor Sandoval en Crítica de la Cultura, del Instituto Cultural de Aguascalientes. Miembro de la Asociación Internacional de Críticos de Arte (AICA, sección México). Miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI). Premio Desiderio Macías Silva (2007). Premio Nacional de Ensayo Joven Octavio Paz (2014). Autor de los libros Tres sardinas en un plato e ideas nómadas: Arte contemporáneo y Octavio Paz (2016); Juan disparó a un buitre que caminaba con pintura azul: un relato sobre arte en Aguascalientes (2021); 1952: año cero. Rescate hemerográfico de la revista de la Asociación Cultural Aguascalentense (2021); de la obra de teatro El vuelo de Thelma (2021) y del libro de ensayos/memorias Recuerdo (2022).

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