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cuando mordisqueas mi brazo mientras vemos la tele, 

sé que lo haces con intenciones inocentes y amorosas. 

nunca lo haces muy fuerte, nunca dejas una marca, 

nunca das más de siete mordiscos. 

y en ese momento, durante el gesto que encapsula solamente ternura, 

sé que yo no podría hacer lo mismo. no podría  (espontáneamente)  tomar tu brazo,

acercarlo a mi boca y darle entre cinco y siete mordidas chiquitas (chiquititas) 

y superficiales.

me temo que sería demasiada tentación y te comería. 

en un poema marie howe dice que (simone weil dice que) cuando realmente amas a alguien 

eres capaz de aguantarte las ganas de comértelo 

aunque quieras hacerlo. 

y esto no es para decir que no te ame 

con la [realitud] de la que weil y howe hablan: 

te amo tanto tanto tanto que mi única opción es comerte, 

bocado a bocado, todo. 

lo que weil dice en verdad es algo más como 

“el verdadero sufrir de la vida humana es saber que mirar y comer son dos cosas diferentes. 

sólo del otro lado del cielo, donde dios vive, son la misma cosa”. 

tal vez estamos en ese lado del cielo. 

pero (weil continúa diciendo que) 

quizá todos los vicios y crímenes vienen de querer comerse la belleza. 

como devorarse una manzana tan frenéticamente que te comes las semillas sin pensar 

en las repercusiones: 

el exilio del edén, el cianuro entrando al cuerpo en pequeñas dosis. 

la solución restante es comerte, a ti y a tu belleza, porque 

mirar y comer son dos cosas diferentes 

y la primera por sí sola no es suficiente. 

tengo que devorarte y descubrir si te puedo digerir, 

si mi cuerpo te puede soportar adentro de él.

[devour me if you really think that you can stomach me]             estomagarte.

quiero difuminar nuestros límites corporales: 

que mis dientes se claven en tu piel, que tu sangre esté en mi boca, 

que mi necesidad de estar (tan)cerca de ti sobrepase un contacto 

simple, sútil, cariñoso     (nuestras manos entrelazadas, dos narices rozándose,

un mordisco en tu oreja).

en los cinco segundos que duran tus siete mordiscos

(el cosquilleo en mi brazo, en mi pierna, en mis manos, 

las ganas de que tus dientes también me perforen a mí, que me voltees a ver y estés 

lleno de sangre)

tengo que respirar profundo para que cuando me mires te pregunte con una sonrisa 

qué quieres cenar

y te bese sin morder.


Alejandra Cuevas. Es licenciada en letras inglesas por la UNAM. Tiene 15 tatuajes y una cicatriz en la rodilla. Le gusta escuchar música “indie”, caminar por la ciudad y hacer reír a sus seres queridxs.

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