Manazuru, una historia de amor

Hiromi Kawakami

Manazuru, una historia de amor

Acantilado

Barcelona, 2013

216 pp.

There’s a little bit of me inside you
gathering what you’ve lost.
 “Me in you”, 
Kings of Convenience.

 La desaprensión y conjunción de espacios como historia de amor

A veces olvidamos que, más que cualquier cosa, ocupamos un espacio en el universo. Las nociones de cuerpo y mente sugieren un entramado de declaraciones infinitas a consideración de entretejerlas y mostrarlas como una unión indisoluble. No obstante, la realidad es que después del cuerpo es bastante difícil repensarnos/sabernos como presencias. Los espacios que somos, encarnamos y ocupamos nos acreditan, nos anclan a otros. Su importancia varia de acuerdo a nuestra ideología, sin embargo, las relaciones de nuestra corporeidad con otros espacios —entiéndanse: cuerpos, recámaras, ciudades…— recrean y condicionan nuestro entendimiento del mundo. 

         Manazuru, una historia de amor es una novela escrita por Hiromi Kawakami. En ella se pueden apreciar los espacios reales —las ciudades— y metafóricos —los cuerpos— con bordes definidos, lo que permite delimitarlos, contrastarlos y conectarlos, además de lo que surge de ello, siendo esto el conocimiento del (des)apego. Resultando por un lado, en una unión infinita, y por otro, en el duelo de soltar el vínculo con otro cuerpo (presente y ausente —también refiriendo a lo vivo y lo muerto—). 

         En la actualidad, estamos en un constante cambio de posicionamiento, ello nos lleva a comprender y aprender la espacialidad de una forma muy inestable y mutante, que se actualiza. Además, en otro nivel enfrentamos sus consecuencias: lo que significa para nuestras relaciones. No obstante, siempre habrá un espacio embrionario, nuestro cuerpo y otro un poco más amplio, nuestra ciudad/ pueblo, el lugar donde suceden cosas que nos encarnan, escenarios significantes. La novela nos muestra una conjunción de espacios y su desaprensión, ambos procesos nos llevan al conocimiento y amor propios, ubicándonos en la realidad y el presente de este mundo. 

I. El viaje: espacios reales y sobrenaturales 

Kei, la protagonista de Manazuru, una historia de amor, escribe como freelancer, tiene una hija: Momo. Ambas viven en Tokio con su madre. Rei —el marido de Kei y padre de Momo— desapareció hace 12 años. La historia comienza con un viaje a Manazuru, por medio del cual comenzamos a armar un escenario emergente de rebotes entre Manazuru y Tokio; con las respectivas acotaciones de lo que ambos lugares significan para Kei. Por ser lugares reales se someten a funcionamientos rígidos, no obstante, existe un punto de no retorno donde la realidad se llena de neblina. La primera vez que llegó a Manazuru, Kei no sabía si acaso buscaba algo, lo que sí sabía era que no podía avanzar, en consecuencia, sus pasos naturalmente intentaron llegar al principio de su estancamiento. Si lo pensamos detenidamente, el viaje era algo inevitable. 

         Ella se desplaza de Tokio a Manazuru, pero da una ligera ilusión de viajar en el tiempo; (re) encuentra espacios que le parecen vacíos, los rellena o nota que están repletos. No cabe duda de que la protagonista hace diferentes tipos de viajes, cada uno de ellos le ayuda a avanzar y a retomar su camino. No obstante, dentro del viaje se plantea un nuevo viaje, una realidad sobrepuesta, mística y espiritual: hallamos otro Manazuru. La protagonista habla con una mujer que no existe aquí sólo Kei puede verla—, juntas viajan a un lugar que no es de este mundo: el de los vivos, pero que está/es Manazuru.

         Lentamente, en lo que simula una especie de peregrinaje, se nos presenta el recuerdo. Parece que recordar es la única manera en la que será capaz de olvidar; su memoria, es una del cuerpo que al ser expuesto, logra vislumbrar la realidad. Kei es consciente de lo que la rodea y del lugar que ocupa en el universo. Habita las formas, las retuerce, las muda, y las reconoce en la oscuridad. Llega hasta su propio cuerpo y sus extensiones, eso es lo que la libera, el discernir y comprender los espacios de su propia carne y de otros. Encuentra la memoria de su cuerpo y a aquello que aún la ancla a los demás, así descubre qué y cómo soltar para (sobre)vivir. 

         Kei será consciente de qué contiene Manazuru y qué contiene Tokio. Además, poco a poco, se desvelará qué supone el descubrimiento del otro Manazuru que le da la bienvenida. Ningún lugar es ingenuo, cada uno funciona en la totalidad de un mapa  de fronteras imprescindibles. 

II. El amor: espacios corporales

Debido a la visita a Manazuru, Kei logra reconocer lenta y trabajosamente a su marido, al pasado y a repensar y aterrizar su conocimiento de él, de su cuerpo y de su relación —desde el primer día hasta el último—. En consecuencia, también meditará acerca de su relación con Seiji, su amante, de quién percibe un cuerpo distinto, pero también amado. A partir de ellos, comienza a posicionarse una primera dualidad —de las varias destacables en la novela—; es bonito pensar cómo es que uno puede amar intensamente y de formas distintas. El amor se presenta varias veces a lo largo de nuestra vida y siempre es único. Kawakami se cerciora de recordárnoslo.

         A todo esto, así es como los espacios corporales se erigen como contenedores cuyas fronteras pueden ser flexibles o concretas. Y bajo esta perspectiva, la protagonista logra orientarse, posicionarse y percibirse en el mundo. Kei ama a Rei y a Seiji, sin embargo, tiene que despedirse de ambos, por medio de un desprendimiento corporal y emocional. Para ello, deberá reconocer cómo es que se relacionaba y concebía sus cuerpos. 

         Por un lado, el cuerpo de Rei no es palpable desde hace 12 años, y por otro, debe soltar a Seiji, el cuerpo que sí había tenido permitido tocar. Los dos son duelos amorosos, pese a ello, son muy distintos, nada sencillos. Sin embargo, Kei será capaz de resarcirse, gradual pero profundamente.             

         Añadido a todo esto, para ella se levanta otra corporalidad entrañable: Momo, quien no es parte de ella pero de alguna forma inconsciente y muy humana, en cierto grado, lo es. Su formación —en todos los ámbitos— ha estado a su cargo, y Kei se ha esmerado. Ha seguido todos sus cambios y recuerda cada uno de sus pasos, casi puede prever los futuros. Sin embargo, Momo crece y cada día se vuelve más independiente y diferente. Kei ama a Momo, que seguirá siendo parte y extensión de su cuerpo. Así como ella lo es de su madre, quién a su vez emerge como reflejo, uno real, seguro y doliente. Ahora que ambas son madres, la protagonista es capaz de empatizar, de reconocer los cuerpos matizados y el amor que se construye a través de ellos. 

         Las dualidades son claras y también las cadenas generacionales. Ambos aspectos destacables en la literatura japonesa, Kawakami los desarrolla sagazmente. 

         De esta forma, cada corporalidad es presentada, descrita y vinculada a Kei, que aprende a apreciar los bordes de delimitación y a revisar sus niveles de contención, fronteras y flexibilidad para la coexistencia en todos los casos. Kei debe aceptar la ausencia —de Rei—, el no retorno —de Seiji—, el rechazo ocasional e independencia —de Momo— y la inevitable pérdida definitiva —de su madre—. A los primeros dos, los soltará y avanzará; con el par último, de unión indisoluble, se arrellanará. 

         Esta novela se encuentra repleta de dualidades como espacios que contienen o son contenidos que, atravesadas por un eje temporal respondiendo a la noción de duelo, dan pie a una infinidad de concepciones de lo que significan, representan y rescatan o desechan para la vida de Kei.   

III. La historia de amor contemporánea

Somos capaces de ver la constelación de espacios y duelos que Kei debe enfrentar, después de evitarlo por mucho tiempo. Esto nos refleja nuestra propia orientación en el mundo, nuestras relaciones con los demás y con nosotros mismos. De esta manera, logramos sentirnos en esta noción de las perdidas y las ausencias que nunca deja de ser un desafío inevitable y natural. Comprender la importancia de los espacios y el movimiento en ello, sin duda no sólo es poético, sino confortable y solidario. Vernos a nosotros mismos como espacios es una idea palpable que conlleva matices políticos, económicos, de la materialidad y de su caducidad o desecho.  

         La actualidad lleva la valiente bandera del amor propio y del conocimiento de uno mismo y claro, de la vigencia amable de los vínculos. Aprender a soportar las perdidas románticas que ya no conllevan un para siempre, es la idea contemporánea que seguimos aprendiendo y sufriendo, Hiromi Kawakami lucha para demostrar que siempre podemos avanzar.   

         Su narrativa siempre parece clara y es profunda. Esta historia de amor se arrastra por el piso, hasta agarrarte completamente los tobillos con fuerza, pero cuando volteas hacia abajo, la impresión no es tan sombría como pensabas, más bien, es como si hubieras olvidado que estás en el mar —porque viste mucho tiempo el cielo— y la presión que sientes, es el agua cristalina, pesada y fresca. Das algunos pasos y recuerdas que, por más transparente que parezca el agua, lleva corriente y puede ser profunda, ¿qué hay debajo y con cuánta fuerza se mueve? Es algo que quizá no debemos olvidar completamente, pero tampoco puede impedirnos disfrutar las sensaciones inmediatas. Partimos de un lugar sombrío, pero alcanzamos un paisaje nítido. La claridad otorgada, nos prepara para afrontar el por venir.


Yosbeli Delgado González. Medievalista, japonista y feminista. Licenciada en Lingüística y Literatura Hispánica, BUAP. Autora de Percepciones del espacio: una mirada a la otredad en El Libro del Conocimiento  (siglo XIV)” (Fides Ediciones, 2022). Columnista en Tríada Primate. Editó en Ellipsis II (British Council, Hay Festival, Querétaro 2019). Traductora en Círculo de Poesía en línea. Estudia la otredad y la espacialidad en la literatura

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