Nestor Pinacho escribe una novela de obsesión y memoria. En Horizontes, un narrador recién divorciado queda varado en un pueblo y convierte la espera en rutina. Cada mañana mira la calle, espera un paso, un rostro, una señal. La historia abre una ruta hacia San Bernardino, un hospital psiquiátrico de muros de piedra, patios secos y reglas que imponen control. El pasado regresa como impulso y como rencor, no como recuerdo estable.
Fátima se vuelve el centro de esa ruta. La visita, el permiso, la oficina, el portón, el patio, los gritos, el silencio, cada trámite marca un costo. Afuera quedan el periódico, la noche del Centro, los bares, las caminatas, las amistades tensas. Adentro quedan el encierro, la abstinencia, el castigo, la vigilancia. La relación avanza entre silencios y estallidos, con un tercer nombre rondando la escena, Adán, como sombra que escribe y vigila.
El libro se organiza con prólogo, una sección titulada El incendio y un epílogo llamado Los rescoldos. La escritura mezcla escenas largas con fragmentos y sostiene una tensión constante entre lo vivido y lo narrado. Horizontes insiste en una pregunta frontal, quién cuenta la historia y quién la controla. Una novela áspera, íntima y marcada por el fuego.





