Este libro mira al tiempo sin relojes: lo piensa, lo tantea y lo trae de regreso al presente. Las tres leyes del tiempo no son una fórmula, sino una puerta: al cruzarla, la voz conversa con el sol y la ciencia, con los sesgos que nos engañan y las pequeñas certezas que sostienen el día.
De ahí el mapa se vuelve íntimo: el sueño que descansa la norma, el cuerpo que recuerda, el rescoldo que no se apaga, una trenza que escribe durazno y acomoda la memoria.
Con poemas que respiran e iluminan, Las tres leyes del tiempo propone una fe mínima en lo cotidiano: habitar el ahora con curiosidad, ternura y lucidez. No viene a medir la noche, sino a encender una lámpara pequeña para leer mejor lo que somos.





