Luis Olaf del Lago toma la Ciudad de México y la vuelve del revés. En Narra la piedra, los edificios de departamentos, los consultorios dentales, las torres corporativas y las calles de colonias como Coyoacán, la Narvarte o Santa María la Ribera se revelan como territorios donde lo extraño siempre estuvo ahí, esperando. Trece relatos que parten de lo cotidiano —una mudanza, una visita al dentista, una fiesta de cumpleaños, un recibo de luz— y cruzan hacia un lugar donde los espacios devoran a quienes los habitan, donde los objetos cobran voluntad propia y donde la ciudad misma parece respirar con intenciones oscuras.
Los cuentos avanzan entre el horror y lo poético: una mujer tapiza su departamento con paletas de dulce hasta que llegan dos niños alemanes con hambre de venganza; un gato fantasma aparece solo en los espejos del edificio; una piñata en forma de león sangra sobre el asfalto de Avenida Universidad; demonios diminutos inflan recibos de luz y enloquecen vecindarios enteros; una peregrina carga a la Virgen de Guadalupe hasta convertirse en alfombra de la muchedumbre. Del Lago entreteje el folklore mexicano con ecos de los hermanos Grimm, de Cortázar, de Maupassant, construyendo un bestiario urbano donde cada esquina esconde una amenaza y cada muro guarda un secreto.
Escrito con una prosa que oscila entre lo lírico y lo siniestro, Narra la piedra es un libro que obliga a mirar la ciudad con otros ojos, a desconfiar de las sombras en los pasillos, de los reflejos en los cristales, de los crujidos en la madera. Del Lago no busca el susto fácil sino la inquietud que permanece, el eco que sigue sonando después de cerrar la última página. Una colección para quienes saben que el verdadero horror no está en los monstruos inventados, sino en los espacios que habitamos todos los días sin saber qué habita en ellos.





