Manya Loría escribe una pieza híbrida entre poesía y escena. Ni una palabra sigue a Ana, veinte años, y a Bety, doce. Ambas aparecen en un patio escolar durante la noche. Hay arena de mar, brisa, una banca verde y una luz blanca activada por movimiento. Un prendedor con piedra verde marca el límite entre sueño y vigilia. La obra abre con humor y desconcierto, y sostiene un ritmo de diálogo, acotación y verso.
Ana toma pastillas para dormir. Vive parálisis del sueño, sonambulismo y recuerdos partidos. El prendedor desaparece y Bety lo oculta. La búsqueda abre una reconstrucción por medio de dibujos. Vacaciones en la playa, chocolates, un gatito llamado Edgar, un camino de estrellas recortadas. El trayecto conduce a una casa ajena y a un hecho violento. Bety guía la salida y fija una regla para sobrevivir, ni una palabra.
Ni una palabra trabaja trauma, memoria corporal y cuidado entre dos edades. La escritura evita el relato lineal y prefiere repetición, variación y salto de escena. El mar y una canción recurrente sostienen el ambiente. El texto admite lectura en voz alta y una puesta en escena con recursos mínimos. Un libro para lectoras y lectores de poesía narrativa y dramaturgia contemporánea.




