Ricardo Guerra de la Peña escribe desde el filo. En El santo del crack, diez crónicas atraviesan la adicción, el duelo, la enfermedad mental y los lazos que se rompen o se sostienen contra toda lógica. Las corbatas de un padre muerto que aún guardan su olor. Un vagabundo que en una clínica de rehabilitación de lujo regala ropa y barquitos de papel. Una mujer ahogada en el fondo de una alberca de Acapulco. Un amigo que cumple su promesa de suicidarse. Cada texto parte de la memoria personal y avanza sin red de seguridad hacia territorios donde la escritura se vuelve el único modo de sobrevivir.
Guerra de la Peña no busca redención ni lástima. Escribe con una honestidad que desarma, capaz de encontrar humor en una feria yucateca donde casi lo descoyunta un huesero, ternura en un estreno de Avengers donde él y su novia llevan playeras de DC para provocar, y devastación en la certeza de que algunos adictos nacen incapaces de salvarse a sí mismos pero dotados de una extraña capacidad para cuidar a otros. El libro oscila entre la crónica periodística, el ensayo íntimo y la confesión, sin que ninguna etiqueta logre contenerlo.
Escrito con una prosa que avanza como quien camina por el borde de un edificio —consciente del vacío, pero sin detenerse—, El santo del crack es un libro sobre lo que significa seguir vivo cuando todo indica que no deberías estarlo. Guerra de la Peña no predica ni moraliza; simplemente cuenta, con la lucidez de quien ha visto el fondo y regresó a contarlo. Un debut que duele, que incomoda, que no se olvida.





